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memorias

Las ilustradas anónimas

'Memorias del miedo y el pan', de Antonio Rodríguez Almodóvar, es la genealogía de una familia “mestiza” en la que confluyen las mal llamadas dos Españas

Dos mujeres cocinan en el frente republicano en 1936.
Dos mujeres cocinan en el frente republicano en 1936.

Estas memorias del célebre estudioso del folclore español Antonio Rodríguez Almodóvar (Alcalá de Guadaíra, 1941) lo son en tanto que compendio de retratos familiares; pero, sin duda, lo son de una manera más profunda como recreación de “un problema social que tiene mi edad”, por decirlo con la acertada expresión de Hermann Broch. Memorias del miedo y el pan es la genealogía de una familia “mestiza” en la que confluyen el abolengo y el proletariado, la historia de las mal llamadas dos Españas (nunca simétricas en número ni insidia). El autor comienza en el siglo XIX con un improbable virrey de Filipinas y termina en la inmediata posguerra, en la infancia de los que quedaron “irremediablemente incapacitados para comprender lo que de verdad había sucedido”. Por el camino de este desclasamiento, la perpetua amenaza de “bajar de nuevo en la escala (…) hasta el lugar de los excluidos”.

Las ilustradas anónimas

No es azaroso que el arco de acción comience tanto tiempo atrás ni que se detenga en la infancia del narrador. El siglo XIX, con su galimatías político, se convierte en la antesala de las guerras del siglo XX, en la preparación de un mundo “bruscamente vaciado de sentido” y en el que la gente “se dedicaba a rellenar con ficciones de toda índole el inmenso cráter mental que habían abierto las malditas guerras”. Porque esta es la otra clave de este libro importante: el poder de los relatos como fuerza compensatoria de una realidad hostil, a veces como suplantación y escapismo, pero también como subversión de la vida enjaulada. En este sentido, Rodríguez Almodóvar dedica las mejores páginas de Memorias del miedo y el pan a desentrañar el malentendido de la “cultura”, con sus odiosos epítetos enfrentados: alta y baja. Puede sorprender que nuestro más conocido compilador de cuentos populares naciera en una familia “sin un solo libro en casa”, pero no lo es si uno reconoce la “centralidad femenina” de la cultura dentro del patriarcado andaluz en las “largas sesiones de mecedora y brasero”. Después del lúcido análisis del autor no queda lugar a dudas: contrariamente a lo que dicen los manuales, la supervivencia del proyecto ilustrado español, republicano y democrático (el “reparto de lo sensible”, que diría un filósofo) recae directamente en la mujer popular como contadora de historias. Por eso estas Memorias son también una reivindicación de estas atípicas y anónimas ilustradas.

Son muchos los saberes que Rodríguez Almodóvar entrelaza con un gozoso “cálculo narrativo”: antropológicos, políticos y hasta culinarios… Y también son numerosos los nexos de estas historias de un pasado no tan remoto con una época, la nuestra, en que “la mayoría social ha perdido su propia cultura”. Para el autor somos hijos, invariablemente, de unos premeditados ejercicios de desmemoria que los poderes manejan a su antojo. Sirva como guinda este fragmento de la infancia del narrador. A los niños educados en la inmediata posguerra se los obligaba a asistir todos los domingos al pase de una película de “insípidos contenidos piadosos”; algunas pocas veces, de aventuras. Los castigados de la semana, en una sutil tortura, tenían que ver la película de espaldas a la pantalla. “Muchas veces, los de la primera fila les contaban, como podían, qué era lo que estaba ocurriendo en la película, que ellos sólo podían oír. De ese modo, medio se enteraban. Así era, aunque resulte increíble”.

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Autor: Antonio Rodríguez Almodóvar.

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