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Silenciados en castellano durante ocho décadas, el rescate de libros de autores de habla inglesa arroja nuevos testimonios sobre la vida y la muerte durante la Guerra Civil

Cartel de Juan Antonio Morales de 1936.
Cartel de Juan Antonio Morales de 1936.

Hace casi 80 años, el canadiense que acompañaba a Gerda Taro el penúltimo día de su vida relató lo ocurrido en un libro publicado en Nueva York. Ted Allan y la fotógrafa compartían el estribo derecho de un coche que transportaba hacia El Escorial a heridos durante los estertores de la batalla de Brunete en julio de 1937. Eufórica, Taro aseguró a su amigo que había hecho las mejores fotos de su vida. Depositó las cámaras en un asiento. Un tanque que se movía al tuntún se abalanzó hacia ellos. El coche volcó. Allan cayó a la cuneta, herido en las piernas, y contempló por última vez con vida a la mujer que pronto se convertiría en uno de los iconos de la Guerra Civil: “Entonces vi su cara. Solo su cara. El resto del cuerpo había quedado atrapado debajo del tanque. Estaba gritando. Había gente a su alrededor intentando ayudarla. Sus ojos me miraron pidiendo socorro, pero no podía ayudarla. No me podía mover. El tanque se había detenido. Había creado el caos, pero ya se había detenido”.

El pasaje pertenece a la novela que Ted Allan publicó en 1939, This Time a Better Earth, que Hemingway se negó a prologar (“Jamás pondré mi nombre en semejante basura”) acaso por razones extraliterarias (Allan y la periodista Martha Gellhorn, segunda esposa de Hemingway, se habían divertido demasiado en un viaje entre Valencia y Madrid). Un libro testimonial —no tan alejado de ¿Por quién doblan las campanas?— donde el periodista canadiense deposita, ficcionadas, sus vivencias bélicas entre enero y agosto de 1937. Una de las 2.000 obras sobre la contienda impresas en todo el mundo entre 1936 y 1975 por autores de 30 nacionalidades, según la hispanista canadiense Maryse Bertrand de Muñoz. También un perfecto desconocido en España hasta 2017, cuando se publicó como Otro mundo es posible, traducido y contextualizado en una edición crítica por el filólogo de la Universidad de Alcalá Juan Manuel Camacho: “Hemos rescatado del olvido histórico un texto muy valioso, con una gran carga de testimonio. En algunas ocasiones se nos antoja como un documento social y político; en otras, como un instrumento de denuncia muy efectivo”.

El apagón informativo de la dictadura explica el desconocimiento de textos de extranjeros llegados para luchar o contar

Hasta que el catedrático de la Universidad de Salamanca Antonio R. Celada y su grupo de investigación comenzaron a rastrear en 2010 la huella silenciada de la guerra en la literatura y el periodismo en habla inglesa, apenas nada se sabía en España de Ted Allan. Ni de Esmond Romilly, el sobrino de Winston Churchill, que viene con 18 años a pelearse contra el fascismo y que muere a los 23 haciendo lo mismo en su país de origen. Romilly escribió Boadilla, publicado en Londres en 1937 e inédito en español hasta 2011. Fue el primer título de la colección Armas y Letras, que dirige Celada y que está sacando a la luz títulos como la de Katherine Atholl, la duquesa roja que formó parte de la delegación parlamentaria británica que visitó España en abril de 1937. Una excavación tan valiosa por los testimonios del pasado como por las aportaciones actuales de los filólogos, que incorporan biografías, cronologías, fotos y estudios de contexto, que neutralizan los errores, sean involuntarios o propagandísticos.

Cartel del Comité Anglo-Americano de la Oficina Internacional de la Infancia. ampliar foto
Cartel del Comité Anglo-Americano de la Oficina Internacional de la Infancia.

Ted Allan (Montreal, 1916-Toronto, 1995) llegó a Barcelona para alistarse en las Brigadas Internacionales, impulsadas por la Komintern: “Demasiado jóvenes para saber qué era la vida y demasiado jóvenes para creer que podríamos morir”. En su libro recrea el hastío en el cuartel general en Albacete o la higiene de un burdel que parece “un club de debate”. Herido rápidamente, Allan se reconvirtió en la voz inglesa de la emisora republicana EAQ en Madrid, donde se hace amigo de Robert Capa y se enamora de Gerda Taro.

En Madrid se podía ir a la guerra en metro y ver Tiempos modernos en el cine. Había colas enormes para conseguir pan o leña. La gente normaliza tanto los bombardeos que se limita a cambiar de acera. Se reencuentra con su amigo Norman Bethune, el cirujano canadiense que inventa un servicio portátil de transfusiones de sangre. Conoce a Hemingway y Gellhorn. Acompaña a Gerda Taro a Brunete, donde los alemanes estrenan sus cazas Messer­schmitt. Ella siempre pegada al frente. Taro, la reportera que antes de un mes será enterrada con honores en París bajo una escultura de Giacometti, está feliz. Ha hecho las mejores fotos de su vida. Aunque nunca llegarán a verse.

Durante tres años, España fue el corazón del mundo. Les dolía a todos, por razones antagónicas. Miles de voluntarios, procedentes de 53 países diferentes, se desplazaron para luchar. No siempre por idealismo. Algunos buscaban experiencias para su versión de Guerra y paz. En Las armas y las letras, el escritor Andrés Trapiello ironiza sobre Hemingway y “aquellos frívolos intelectuales que vinieron a la guerra española como a un safari”.

Cartel anónimo del bando franquista. ampliar foto
Cartel anónimo del bando franquista.

Por razones espurias o elevadas, fue el conflicto que más extranjeros atrajo y que más literatura (buena o mala) alimentó hasta la Segunda Guerra Mundial. “Todas las guerras civiles son muy emocionales, pero muy pocas han despertado tanta lírica poética y tanta leyenda como la Guerra Civil española”, sostiene Celada en La trinchera nostálgica (Renacimiento), donde se repasa la relación de escritores británicos con la contienda. “Se veía a España como un ensayo de lo que luego sería la Segunda Guerra Mundial. Los conflictos izquierda-derecha o fascismo-comunismo eran internacionales y es en España donde surge la chispa”, reflexiona Alberto Lázaro, catedrático de la Universidad de Alcalá e investigador principal de otro proyecto sobre textos olvidados sobre la guerra en la literatura anglosajona.

Como Viaje por España, el retrato balsámico de la vida bajo los rebeldes de Eleonora Tennant (Sídney, 1893-Tasmania, 1963), una entusiasta de Franco que recorre 2.400 kilómetros con el brío de una pionera. Ni faltaban las tabernas con menú ni las gasolineras con combustible. Lo más agresivo que Tennant afrontó fue una cama con sábanas usadas. Sus 10 días de octubre de 1936 comienzan en Huelva después de inspeccionar las minas de Tharsis que pertenecían al emporio industrial de su marido, Ernest W. D. Tennant, invitado a la cena que da Hitler como canciller en 1934. Tennant reproduce testimonios sobre desmanes rojos con humor británico: “Un día a las tres de la madrugada, unos violentos golpes contra la puerta despertaron al director [de una mina en Huelva]. Al abrir se encontró con un grupo de comunistas, todos ellos armados, una situación muy poco agradable para afrontar en pijama”.

Cartel anónimo de 1937 del Ministerio de Propaganda de la República.
Cartel anónimo de 1937 del Ministerio de Propaganda de la República.

Emocionada con lo que ve, afirma que “en la España nacional uno siente como si estuviese asistiendo al nacimiento de una nación, a pesar de los miles de muertos” y que a Franco “se le ama universalmente”. La publicación de la obra no es un acto inocente, según Jonathan P. A. Sell, responsable de la traducción y del estudio crítico. Sell recuerda que la guerra española “es de las primeras de la historia en las que la propaganda tuvo un papel igual o más importante que la propia lucha armada”. Entre 1936 y 1939 se publicaron en Reino Unido 221 libros y panfletos sobre ella. “Conseguir que Londres”, observa, “mantuviese la neutralidad a pesar de la abrumadora mayoría de la población que simpatizaba con los republicanos representa una victoria de dimensiones incalculables”. El libro reforzó el mensaje de la No Intervención, que tanto recrimina Claud Cockburn (Pekín, 1904-Cork, 1981) en Corresponsal en España, publicado en octubre de 1936 en Londres.

Escorado hacia el comunismo, Cockburn dejó The Times tras contar el crash de 1929 desde Nueva York. Recala en Barcelona el día “del Sarajevo español”: el 12 de julio de 1936, fecha del asesinato en Madrid del teniente de la guardia de asalto José del Castillo. Comienza de corresponsal del Daily Worker y acaba alistándose en el Quinto Regimiento de las Milicias Populares. En el actual colegio San Juan Bautista, en Cuatro Caminos, recibió la formación militar: “Un adiestramiento de más de 12 horas se consideraba de larga duración”. En Guadarrama constata el efecto práctico de la neutralidad de Francia y Reino Unido: aviones alemanes Junkers contra fusiles anticuados. También aquel asamblearismo de los primeros días, cuando los civiles se movilizan contra los militares sublevados. Los cabos se eligen por votación y al mando se le discute. Cockburn abandona el regimiento al poco tiempo y regresa a Londres, donde escribe la obra con el seudónimo de Frank Pitcairn. Se traduce rápidamente al danés, sueco, alemán, checo y ruso, mientras que no pudo leerse en español hasta 2012.

El apagón informativo de la dictadura explica el desconocimiento de obras de extranjeros que llegaron a España para luchar, contar o las dos cosas a la vez. Incluso de aquellos que vivían aquí y tomaron partido como Florence Farmborough (Buckinghamshire, 1887-Liverpool, 1977), que se ofreció voluntaria en 1937 en la recién creada Radio Nacional. Su libro se publicó en Londres un año después y acaba de ser traducido al español. A menudo se obvia su militancia en el franquismo y se incide en su épica como enfermera durante la Primera Guerra Mundial, pero el volumen con sus charlas radiofónicas corrobora su devoción: “Valiente y decidido, el gran capitán no se ha desviado nunca de su alto propósito y, luchando en tremenda desventaja, ha ganado a las Hordas Rojas la mayor parte del territorio que habían conseguido a traición”.

Más allá de Orwell o Hemingway, a la altura de 1975, cuando Franco murió, pocos conocían decenas de memorias, diarios, novelas o poemarios escritos por quienes le habían combatido o admirado. En el exilio, Max Aub reflexionó sobre el frenesí literario asociado a la guerra española: “En ella se jugó algo más que la vida. El petróleo, las colonias, el oro no fueron motores ni razones determinantes. La furia ética, la justicia y hasta el derecho se jugaron la existencia y, por lo menos temporalmente, la perdieron. Un suceso de esta importancia sólo podría acontecer en un país tan fuera de la realidad como España. La perdimos, cada quien a su modo, y salimos a buscarla, como profetizó César Vallejo”.

Memorias en caliente

  • La mirada femenina. Edición de Daniel Pastor y Manuel González de la Aleja. Amarú, 2018. 216 páginas. 12 euros. Selección de artículos escritos por británicas durante la Guerra Civil.
  • La vida y la gente de la España nacional. Florence Farmborough. Edición y traducción de Jonathan P. A. Sell. Renacimiento, 2017. 388 páginas. 19,90 euros. La voz inglesa de Radio Nacional, devota franquista, considerada una heroína de la Primera Guerra Mundial.
  • Viaje por España. Eleonora Tennant. Edición y traducción de Jonathan P. A. Sell. Renacimiento, 2017. 180 páginas. 14,90 euros. Diez días de 1936 de la mano de una australiana excéntrica, resolutiva y admiradora de Franco.
  • Otro mundo es posible. Ted Allan. Edición y traducción de Juan Manuel Camacho Ramos. Amarú, 2017. 288 páginas. 14 euros.Herido durante el primer bombardeo que sufrió, el periodista acompañaba a Gerda Taro cuando la aplastó un tanque en Brunete.
  • Con los reflectores sobre una España en guerra. Katharine Atholl. Edición y traducción de Fernando Galván. Amarú, 2016. 396 páginas. 14 euros. En abril de 1937, la duquesa de Atholl formó parte de una delegación parlamentaria británica.
  • Corresponsal en España. Frank Pitcairn (Claud Cockburn). Edición y traducción de Alberto Lázaro. Amarú, 2012. 170 páginas. 12 euros. Relato de los primeros momentos de la guerra del periodista de Daily Worker que acabó en el Quinto Regimiento.