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Se puede traicionar a Shakespeare, pero no a Ian McEwan

El prestigioso director teatral británico Dominic Cooke salta al cine con la adaptación de la novela 'En la playa de Chesil'

Saoirse Ronan y Billy Howle, en 'En la playa de Chesil'.
Saoirse Ronan y Billy Howle, en 'En la playa de Chesil'.

Pocos currículos teatrales pueden verse hoy en día como el de Dominic Cooke (Wimbledon, 1966), que ha ejercido como director o director asistente en las prestigiosas compañías Royal Court Theatre, Royal Shakespeare Company y Royal National Theatre. Pero, al contrario que otros compañeros de la dramaturgia británica como Stephen Daldry o Sam Mendes a Cooke le ha costado llegar al audiovisual. ¿Por qué? "Sí, tengo 52 años. ¿Qué decir? He estado muy ocupado en el teatro. De verdad, yo necesito un compromiso férreo con el material con el que trabajo, y eso implica tiempo". Hasta hace dos años, Cooke no había dirigido en televisión, y lo hizo a lo grande, con la serie de la BBC The Hollow Crown, que se basaba en las obras de Shakespeare Ricardo II y en las dos primeras entregas de Enrique IV. En el cine también ha aterrizado por la puerta grande, con En la playa de Chesil, en la que adapta la novela homónima de Ian McEwan, y que se estrenó en España el pasado viernes. "He tenido una extraña relación con el audiovisual porque mi padre era montador de cine", recuerda. "Y es cierto que en Reino Unido tenemos una larga tradición de directores teatrales que han pasado a dirigir cine. Sobre todo en los últimos veinte años, con Sam Mendes, Danny Boyle o Stephen Daldry. Esto ha ocurrido porque cuando se levanta la financiación de una película lo importante son los actores. Y los actores prefieren que les dirijan directores que les ayuden y sepan sacar lo mejor de ellos: ahí entramos los directores teatrales. Sobre todo cuando, como puede ocurrir, solo tienes tres días de ensayos previos. No digo que un realizador de cine no sepa trabajar con actores, pero sí que los dramaturgos y los intérpretes nos comunicamos con el mismo lenguaje. Por cierto, yo heredé este proyecto de Mendes, que prefirió rodar otro bond".

Los retos en el audiovisual encarados por Cooke han sido mayúsculos. "Cuando empecé con The Hollow Crown reconozco que estaba nervioso con la cámara. Porque tenía que filmar el equivalente a tres largometrajes en 16 semanas y eso incluía seis batallas. A cambio el audiovisual te aporta algo único como creador y es la precisión. Si trabajas con un buen decorador y un buen director de fotografía puedes definir claramente la idea central visual, el motor de toda narración fílmica". Que en En la playa de Chesil es... "Dos personas que se cruzan en el sitio equivocado en el momento equivocado [encarnados por Saoirse Ronan y Billy Howle]. Nosotros por ejemplo lo mostramos con un montón de interiores donde no existe el color verde. Son habitaciones, casas, lugares creados por la generación que les precede, las de sus padres, y en cambio la naturaleza, en las tomas exteriores, es libre, casi salvaje. Con ese apoyo ya puedes tomar decisiones de cámara", cuenta Cooke, que prosigue con sus largas respuestas. "En el teatro pasa algo similar. Cuando defines la metáfora central, puedes desarrollar el músculo interpretativo de cada obra".

Dominic Cooke, con Saoirse Ronan en el rodaje. ampliar foto
Dominic Cooke, con Saoirse Ronan en el rodaje.

En la novela de Ewan cada ambiente está meticulosamente descrito. Todo lo contrario a lo que ocurre habitualmente con las obras de Shakespeare. ¿Eso es una dificultad? "Bueno, hay que encontrar esas atmósferas. Y en realidad esa escritura aporta algo positivo: el escritor ya ha realizado por ti toda la investigación. Solo tienes que escucharla. Mc Ewan y su esposa me llevaron en un largo paseo por los lugares en que transcurre la acción. Algunos no pudimos usarlos, otros sí, como la playa, que es estupenda porque funciona perfectamente como metáfora. Es una lengua larguísima, así que solo puedes ir hacia un lado o hacia el otro, y si son dos personas o caminan juntas en el mismo sentido o se alejan. No hay más posibilidades. Eso es poético".

Cada respuesta de Cooke deviene en una lección. Como cuando reflexiona sobre la atemporalidad de lo intrincado de las relaciones humanas, epicentro de la novela En la playa de Chesil, la gloria y destrucción de una pareja en su noche de bodas, más allá de la época en la que desarrolle la trama. O sobre su trabajo con la omnipresente voz en off que preside la novela, y que sí aparecía en la primera versión del guion. "Incluso en posproducción lo intentamos, pero ¿a quién pertenecía esa narración? Confundía más que explicaba. Al final hay que dejar atrás aciertos del libro".

La última tanda de preguntas se refiere a la consabida traición a la hora de cambiar de formato una novela. "[Risas]. Cierto, Shakespeare está muerto. Está tirado traicionarle. McEwan estaba presente constantemente, porque hasta el guion es suyo. Sin embargo, lleva años viendo sus novelas en pantalla, adaptadas por él o por otros. Y es muy pragmático. Por otro lado, no le importa responderte a ninguna duda sobre el material". Expiación, El intruso o El placer de los extraños son algunas de las novelas de McEwan llevadas al cine. Él mismo ha escrito para la gran pantalla filmes como El buen hijo o La comida del labrador. "Para bien o para mal, a Shakespeare no le puedes consultar".

Finalmente, Cooke, que ha sido un director de teatro que ha apoyado siempre a jóvenes autores, ¿por qué ha saltado a la pantalla con dos grandes como McEwan o Shakespeare? "Porque en el audiovisual actual el poder lo poseen los ejecutivos. En el teatro soy libre. Aquí no tuve ni el derecho al montaje final. Siento que eso es destructivo para el arte. Demasiadas voces interfieren en el proceso creativo. Hollywood y la televisión de la primera edad de oro se basaron en cadenas de mando claras y directas. Hoy el director tiene que bregar demasiado por levantar su visión. Todo está relacionado con el dinero, es el triunfo del control de las corporaciones".