Santander expone ocho pinturas de maestros del siglo XX cedidas por Jaime Botín

El banquero cede al Centro Botín el núcleo de su colección: retratos de Bacon, Matisse, Vázquez Díaz, Gris…

'Self Portrait with injured eye', de Francis Bacon.
'Self Portrait with injured eye', de Francis Bacon.EFE

El centro Botín de Santander ha presentado esta mañana ocho cuadros cedidos por Jaime Botín, ocho joyas del siglo XX, retratos todos que el banquero tenía en su casa de Madrid, en su entorno más cercano y que ahora celebran el primer aniversario de la enorme nave que sirve de centro de arte y que el arquitecto Renzo Piano asentó en la bahía de la capital cántabra. Los ha cedido por cinco años con vocación de quedarse para siempre y se acompañan de un millón de euros anuales para su mantenimiento, que también dona el banquero. Bacon, Matisse, Solana, Vázquez Díaz, Sorolla, Nonell, Gris y Cossío. Todos singulares.

Por el lado pictórico faltaba Cabeza de mujer joven, un óleo de Picasso, también propiedad de Botín, pero que permanece guardado en el Reina Sofía hasta que los juzgados sentencien. Fue requisado del barco privado del banquero porque no podía sacarlo de España y el caso está en los tribunales. Su ausencia hoy en la presentación de la nueva sala con los retratos se ha hecho notar. “Él siempre es un ausente, no le conocemos casi, es su personalidad”, ha disculpado la conservadora de Reina Sofía María José Salazar, encargada de estos cuadros desde el domicilio familiar donde estaban hasta colgarlos en el Centro Botín. Salazar explicó que Botín es un “gran humanista que ha estado muy pendiente de cada detalle del proceso”. “Me ha asombrado su sensibilidad por el arte, su gusto exquisito. Compró estos cuadros porque todos ellos tienen expresión, cercanía con el espectador”, dice Salazar. Es en ese entorno en el que Jaime Botín leía sus libros y admiraba la paleta de sus favoritos. Y lo que se podrá ver ahora, a partir de este sábado, con ventanas al mar.

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Efectivamente, todos los lienzos tienen en común cierta melancolía en la expresión, intimismo en la mirada. Comparten también los artistas su paso por París y varios experimentaron el rechazo de su obra, una característica que también es común al arte cuando es pionero. El más antiguo es un Isidre Nonell de 1907, con brochazos vanguardistas, que presenta a una mujer de medio cuerpo y mirada caída, que recuerda a sus maestros Degas y Toulouse Lautrec. Al pobre pintor “le pusieron verde”, demasiado moderno para su tiempo.

El cuadro más valioso de la pequeña sala de planta desigual es un bacon de 35,8 por 30,8 centímetros y tiene una triste historia. Lo pintó el británico en 1972, unos meses después de exponer su obra en el Grand Palais de París. Aquel día, el pintor tuvo éxito y se rodeó de gente, pero cuando llegó a su casa, su amante de entonces, George Dyer, se había suicidado. Se conocieron porque Dyer había entrado a robar en el domicilio del pintor tiempo atrás. El golpe fue terrible para Bacon. La pequeña pintura es un autorretrato con la cara deformada como si hubiera acabado un combate de boxeo: el ojo herido, la mandíbula desplazada, la carne hinchada y rojiza. Bacon en todo su dolor.

María José Salazar no ahorra anécdotas. El matisse, Mujer española, es fruto de un viaje de dos meses por Andalucía que devolvió color y luz a la paleta del francés y muestra una mujer con mantilla. Botín no quiso prestarlo al MoMA para una exposición porque jamás se desprendía de sus cuadros. Por esa razón, la nieta de Vázquez Díaz se ha llevado una sorpresa mayúscula al enterarse de que uno de los cuadros favoritos de su abuelo, Mujer de rojo, lo tenía el banquero en su colección. El onubense Vázquez Díaz también pensaba que se comería el mundo cuando llegó de París con un arte nuevo, pero más bien fue el mundo el que se le comió a él, dice Salazar. Lo mismo le pasó a Juan Gris, “que se murió de hambre”. En esta exposición el pintor madrileño figura con un arlequín cubista, interesante porque es su último cuadro de este estilo, por tanto revela ya la inflexión hacia otra modalidad. También el cuadro de Solana, El constructor de caretas, es una obra de madurez, con toda la riqueza de sus colores empastados. Y el sorolla, de gran formato, son tres figuras, quizá sus hijos, caminando por la playa, todos con la mirada en la arena.

Merece, quizá, una dedicación especial el retrato de la madre de Pancho Cossío, porque los coqueteos del pintor con la Falange, sugiere Salazar, apartaron al olvido a un hombre de gran talento. Este óleo oscuro, de formas curvas y gran expresión significó su vuelta a la pintura en 1942 después de una década dedicado a la política. Fue fundador del Racing de Santander, porque aunque nació en Cuba en 1894 siempre estuvo muy vinculado a esta ciudad.

Presentando estas joyas del salón de Jaime Botín han estado también Paloma Botín, Íñigo Sáenz de Miera (presidente de la Fundación Botín, que ha organizado el viaje), Bejamin Weil; director artístico del Centro Botín, que acaba de reformular su colección de arte contemporáneo. Faltaba el banquero, de quien Sáenz de Miera alabó su “enorme generosidad para desprenderse de estas obras a las que tienen tanto cariño” y dijo que ha sido un hombre que ha “generado una enorme riqueza para este país”. “Esta de coleccionista es quizá su faceta menos conocida”, dijo. En efecto, se le conoce más estos días por lo que cuentan los medios de comunicación: que está en problemas con la justicia por su presunto intento de sacar de España el picasso en su barco. El fiscal pide cuatro años de cárcel y una multa de 100 millones de euros. Y por la supuesta elusión de impuestos tras la compra de un avión privado. Nadie sabe aún dónde acabará la Cabeza de mujer joven, de Picasso, pero mientras tanto, los visitantes pueden encontrar disfrute en estas ocho joyas que al banquero le pueden proporcionar alguna redención.

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