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COLUMNA

Españoles, la merienda os hace superiores

El músico y escritor reflexiona sobre los horarios y lo feliz que se encuentra en España gracias, entre otras cosas, a ideas como la merienda cena

El músico James Rhodes en el Teatro Pavón de Madrid.rn
El músico James Rhodes en el Teatro Pavón de Madrid.

Llevo ya nueve meses en España y no es la primera vez que me siento como un niño de cuatro años un poco tontín. Porque está claro que todavía me queda muchísimo que aprender. Por ejemplo, hablemos de la comida. No; de algo todavía más simple: del acto básico de comer y de sus horarios. Durante casi toda mi vida, estos apenas han variado: desayunar por la mañana, comer sobre las doce y media o la una y cenar a eso de las siete y media. Chupado.

Siempre ha sido así.

Hasta que llegué a España y una y otra vez me preguntaba por qué coño todos los restaurantes a los que iba a cenar estaban cerrados, llenos de americanos o totalmente vacíos. Y la semana pasada por fin supe la razón.

Una vez más, habéis demostrado ser mucho más inteligentes que nosotros, los británicos. Por fin he descubierto el concepto de merienda. Sí, vale, en el Reino Unido a veces tomamos el té de las cinco pero, por lo general, eso solo lo haces si estás forrado o no trabajas (y hasta yo soy capaz de darme cuenta de que pegarle cuatro sorbos a un té y tomarte una galleta María en la sala de descanso del curro no cuenta como merienda).

Descubriendo el mundo por Twitter

Lo que me molestó un poco bastante es que nadie me hubiera dicho nada hasta hace un par de semanas, cuando lo descubrí por Twitter. Estaba solo en casa, eran las siete de la tarde y —qué vergüenza— ya había empezado a cenar. Pues sí. Porque tenía hambre. Un hambre que te cagas. No había comido nada desde las doce y media de la mañana, llevaba toda la tarde tocando el piano y mi nivel de glucosa era tan bajo que habría sido capaz de partirle la cara a alguien. Así que pregunté en Twitter, tímidamente, cómo cojones sois capaces de aguantar hasta las nueve y media para cenar y —¡tachán!— me llegó un maravilloso aluvión de respuestas bonitas, animadas, iluminadoras y espectaculares sobre la merienda, la merienda-cena (¿en serio?), las tapas, los tentempiés… Un nuevo mundo de consejos que salvan vidas, relaciones y te hacen conservar la cordura. Tan cabreado estaba por haber tardado nueve meses en descubrir todo esto que por lo visto inventé un nuevo insulto: doble coño. Porque, de verdad os lo digo, haberme pasado nueve meses aquí muerto de hambre bien se merece una nueva expresión de indignación (estoy esperando a que la RAE le dé el visto bueno). Pero es que, además, no se trata de comida basura. No la patrocina Nestlé ni está pensada para que desarrolles diabetes. Hablamos de fruta fresca, hidratos de carbono sanos, bonito, olivas, energía natural…

En el Reino Unido a veces tomamos el té de las cinco pero, por lo general, eso solo lo haces si estás forrado o no trabajas

De repente, empecé a entenderlo todo. Me despertaba y desayunaba como siempre. Pero, antes, me habría pasado tres o cuatro horas al piano hasta que, casi desmayado por el hambre, habría atacado la nevera sobre las doce y media para zamparme lo que pillara. Pero ya no.

Porque ahora sé que existe (atención, primera genialidad) la merienda de la mañana. A eso de las once u once y media, llega la hora de tomar un tentempié: un pinchotortilla de patata (sin cebolla, por supuesto) y un zumo de naranja. Gracias a él no enloquezco y tengo la energía que necesito hasta las dos, cuando llega la hora de la comida. La de verdad, con su primer plato, su segundo plato y su postre.

Más de una merienda

Me pongo a trabajar otra vez y (segunda genialidad) luego llega la merienda de la tarde (como si de una fuente inagotable de alegrías se tratara, resulta que hay más de una). Esto pasa sobre las cinco y media o seis (pero cuidado, antes no puede ser: al día siguiente de mi descubrimiento pregunté, emocionado, si se podía merendar ya a las cuatro y media de la tarde y se me hizo saber que comer antes de las cinco y media de la tarde era propio de glotones). Así pues, ahora ya puedo ir sobre las seis de la tarde al estupendo café de la esquina a tomarme un bocadillo y un café con leche (y no hay que subestimar los beneficios de la cafeína a esa hora). 

Lo que resulta todavía más increíble es que sobre las siete y media puedo picar algunas tapas a modo de precena que me dan la felicidad

Lo que resulta todavía más increíble es que sobre las siete y media puedo picar algunas tapas a modo de precena que me dan la felicidad y la concentración que necesito hasta que llega la cena, lo que significa que puedo ir al teatro o a un concierto a las ocho y no pasarme los noventa minutos que dura sintiéndome infeliz y desdichado porque quiero comerme un bistec. Puedo disfrutar del espectáculo, emocionarme un poco pensando que podré volver a comer pronto y relajarme sabiendo que, cuando salga, será la hora de la cena (ya sé que en España cenar a las nueve y media sigue siendo pronto; paciencia, todavía voy pasito a pasito…).

El alimento de la cultura

Pero es que la cosa todavía se pone mejor. Ahora llega (redoble de tambor y tercera genialidad)… La RECENA. Otra puta comida más. Porque sobre la medianoche o la una de la madrugada, después de ver una peli, salir con amigos, charlar y pasear por Madrid, vuelvo a tener hambre, y al parecer está permitido —hay quien diría que incluso se fomenta— tomar un último y delicioso bocado antes de meterse en la cama.

Todo esto me hace tan feliz… Saber que, a pesar de ser adultos, no pasa nada por ser un poco como los niños que hacen cola en el colegio para que les den su vasito de leche a la hora del desayuno (quizá esto solo es típico en el Reino Unido), y comer seis veces al día en vez de tres solo puede ser beneficioso para todo el mundo. Otra cosa que me encanta es que me he puesto por norma no mirar el teléfono durante las comidas. Así que, cuanto más como, más corto con este mundo permanentemente ultraconectado en el que vivimos. Y eso tiene que ser bueno seguro.

Me he puesto por norma no mirar el teléfono durante las comidas. Así que, cuanto más como, más corto con este mundo permanentemente ultraconectado en el que vivimos

La cultura se suele entender como una contribución a la literatura o a la música o al arte, como algo creativo que mejora el tejido de una sociedad durante generaciones. Pero igual de importante es lo que alimenta a esa cultura. Porque y una mierda Falla habría compuesto Noches en los jardines de España sin merendar algo a media tarde. Y ni de broma Las Meninas se habrían pintado sin tomar un tentempié por la mañana. ¿Y qué me decís de escribir el Quijote con el estómago vacío? Seguro que habría sido la mitad de largo (aunque quizá así lo habría leído más gente).

La respuesta y los comentarios que he recibido después de la publicación de mi carta de amor a España han sido absolutamente maravillosos. Pero hay quien se ha molestado. Alguien (curiosamente, un periodista del mismo diario) ha llegado a decir que tendrían que deportarme por haberla escrito. Pero no al Reino Unido, sino a Gibraltar (como si fuera algo muy malo, me gustaría que me explicara el porqué). Lo siento mucho si alguien se ha sentido ofendido por mi declaración de amor a España. De verdad. No es mi intención molestar a nadie: no soy así. Pero dejadme que os pregunte algo: imaginad que acabáis viviendo en un lugar donde sois más felices que nunca. Un lugar donde hace un tiempo maravilloso (casi siempre), la gente es hospitalaria; el arte y el teatro, deslumbrantes, y la arquitectura, fantástica. Donde la palabra wifi tiene una pronunciación tan mona como «güi-fi». Y donde además descubres que puedes comer el doble de veces que antes, lo que te hace ser más productivo (y encima sin engordar). ¿De verdad que no os entrarían ganas de dar brincos de la alegría y de decir «y una mierda me voy a ir de aquí»? Porque eso es exactamente lo que estoy haciendo yo ahora. He venido para quedarme (por lo menos hasta que me exilie a Gibraltar). 

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Traducción de Laura Ibáñez