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Carta de amor a Francisco Ayala con forma de ensayo

Carolyn Richmond, viuda del escritor granadino, presenta un libro que desmenuza ‘El jardín de las delicias’, obra clave del autor

Francisco Ayala y Carolyn Richmond, en El Escorial, en 1992.
Francisco Ayala y Carolyn Richmond, en El Escorial, en 1992.

Carolyn Richmond avisa: "Este es un libro sui géneris". La escritora y crítica literaria se refiere al ensayo por el que ha obtenido el Premio Manuel Alvar de Estudios Humanísticos 2018, titulado Días felices. Aproximaciones a 'El jardín de las delicias'. En la presentación del libro, el pasado jueves, 24 de mayo, en Madrid, Richmond alertó a la prensa que para entender bien su texto es necesario haber leído antes la obra a la que se ha aproximado y que su marido, Francisco Ayala (Granada, 1906-Madrid, 2009), publicó en 1971, aunque la había comenzado 30 años antes, ya en el exilio tras la Guerra Civil. El jardín de las delicias es un collage de fragmentos biográficos, recortes de noticias de periódico inventadas y evocaciones culturales, acompañados de fotografías y reproducciones de obras de arte que su viuda, catedrática emérita de Literatura Española de la City University de Nueva York, ha desmenuzado.

Richmond (1938) explicó que Aproximaciones iba a ser, en principio, una edición crítica a El jardín de las delicias, y que Ayala quería que lo terminase antes de que él no estuviera. "Se sentaba a mi lado y miraba lo que yo escribía", recordó Richmond, "y yo le decía, ‘no sé adónde voy". Sin embargo, la autora viró su trabajó hasta transformarlo en un ensayo, reconocido con el galardón que otorgaron la Fundación Cajasol y la Fundación José Manuel Lara el pasado marzo. Un ensayo que, como escribió entonces el poeta Luis García Montero, es también "una carta de amor", asintió Richmond. Esta recordó las cosas que le decía Ayala: "Cuando yo me muera, tú serás libre", una libertad no solo vital, sino intelectual. Sin embargo, cuando Ayala falleció, Richmond interrumpió su tarea. "No podía seguir…", hasta que, pasado el duelo, pudo retomarla. Han sido 15 años "encerrada" hasta poner el punto final tras 272 páginas, siendo consciente, además, de que "la crítica literaria no es un género muy popular entre los lectores".

En esta exhaustiva exégesis sobre el proceso creativo de Ayala, en la que dialoga con este sobre literatura, arte, el tiempo,  amor o la crueldad, Richmond ha seguido varias líneas maestras que Ayala le enseñó: búsqueda, diálogo y divagación. También ha habido muchas emociones: "Es un libro que me ha costado risas y lágrimas". Ella reconoce que una lectura de El jardín de las delicias a primera vista puede hacer que uno se pregunte "¿y qué?". No es un texto sencillo, son los "trozos de un espejo roto", como lo describió su creador.

De recordar el pasado con Ayala, su viuda pasó a pensar en el futuro próximo, porque en 2019 se conmemorará el décimo aniversario del fallecimiento de un autor que ganó el Premio Cervantes en 1991 y el Príncipe de Asturias en 1998. "Cuando celebró su centenario, en 2009, vivía con ironía la fama porque no le leían. Pero es que Ayala no está bien entendido, y en las universidades es patético porque no interesa nada", criticó. En aquel 2009 "se celebró más al hombre, porque había llegado a los 100 años lúcido, como se decía", lamentó Richmond. "Por eso, en 2019 quiero que se recuerde más al escritor, con una relectura de su obra”.

En la extensa obra de Ayala destacó también sus artículos en la prensa, por ejemplo en EL PAÍS, que echa de menos por sus análisis de la actualidad. ¿Qué pensaría de los Estados Unidos de Trump, país en el que fue profesor? ¿Qué pensaría de la clase política española? “Estaría espantado, ¿dónde están ahora las buenas cabezas y la gente tan preparada que había en la Transición? Me alegro de que no vea lo que está pasando”, añadió. Por continuar con comparaciones, la presidenta de honor de la Fundación Francisco Ayala, con sede en Granada, recordó que durante la Guerra Civil el autor de Muertes de perro "se podía haber quedado en Argentina, donde estaba dando unas conferencias, pero regresó a España para ponerse al servicio de la República". Ni tampoco "lloriqueó, pese a que en el otoño del 36 los sublevados encarcelaron y mataron a su padre y a un hermano", dijo quien no deja dudas de que ha dedicado su vida y buena parte de su obra a Francisco Ayala.