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BLOGS Coordinado por JUAN CARLOS GALINDO

“La maldad y la cerrilidad existen. Hay gente que disfruta siendo mala”

Con su primera novela, 'Los Caín', Enrique Llamas ofrece un intenso relato sobre la brutalidad rural y el choque de dos Españas

Enrique Llamas, este lunes en Madrid.
Enrique Llamas, este lunes en Madrid.

En el discurso tradicional de las dos Españas se ha dejado un poco de lado la división a veces profunda y siempre compleja que se da entre la realidad urbana y la rural, entre la ciudad y el campo. En EE UU y otros países, la novela negra, tan atenta al entorno del que se alimenta, lleva tiempo retratando estas tensiones, una corriente que en España ha tardado en calar pero que tiene en Enrique Llamas (Zamora, 1989) y su primera novela Los Caín (ADN) uno de sus mejores exponentes.

Somino es un pueblo en mitad de Castilla en la década de los setenta, un sitio algo dejado de la mano de Dios en el que una mitad, los de El Teso, odian a la otra mitad, los de El Llano, y así llevan desde que los más viejos recuerdan. Violencia, silencios y desprecios gobiernan la vida de esta gente hasta que llega Héctor, el nuevo maestro, un chico del barrio de Salamanca de Madrid, el elemento disruptor. Bueno, él y unos ciervos que empiezan a aparecer destripados en la vía pública, un hecho real al que Llamas encuentra una explicación macabra para la ficción.

“Creo que la maldad existe y existe la cerrilidad y la cerrazón y el poco ánimo por saber y por conocer de mucha gente. Creo que la gente muchas veces excusa la maldad, le busca motivos o trata de justificarla. Y creo que en muchos casos es que simplemente hay gente que disfruta siendo mala y que es su forma de entender el mundo y hay que darlo a conocer de alguna manera. Por eso elijo el género negro”, cuenta Llamas a EL PAÍS en un céntrico hotel de Madrid.

Hay un doble choque en Los Caín. Por un lado, entre la ciudad y el campo, una situación en la que Héctor tiene todas las de perder. “Allí él es el paleto. Todas las herramientas que le han dado, su educación y su origen, no le valen en ese pueblo. Los niños se ríen de él”, cuenta Llamas.

El otro conflicto se da entre la realidad y la ficción. Lector impenitente de Delibes, Aldecoa, Benet, Martín Gaite o Matute, cuyas influencias reconoce y venera, Llamas establece una línea difusa entre un plano y el otro. “Los episodios de odio más inverosímiles –por ejemplo cuando unos aran la tierra de otros al revés para destrozarla– son ciertos. Me los contaba mi padre que fue maestro rural. Los más sencillos son los que me inventaba”, relata Llamas después de explicar la advertencia del inicio del libro, una clara referencia a la serie Fargo.

En el pueblo de Los Caín la Guardia Civil no entra y no se sabe quién teme más a quién. Cuando Héctor llega, cuando le rayan el coche, cuando le apedrean desde las casas, cuando se entera del hallazgo de animales despanzurrados o se da cuenta de que está atrapado en ese lugar, el lector se agobia con él, gracias en parte a los silencios, a lo que la gente de allí sabe y calla. “Lo no contado, era esencial. No quería una novela evidente, no quería que fuera algo mascado”, explica el autor con un discurso que confirma la madurez narrativa que se intuye en sus páginas.

El pasado como clave

Tras descartar una ambientación de la novela en el presente, Llamas da con una clave fundamental: mira al pasado para explicar y comprender quiénes somos hoy. “Queda mucho de esa España. Y creo que es una España a la que se le ha dado la espalda y me parece muy traidor porque muchos de una u otra manera venimos de allí. Es la España campesina, la España que nos da de comer, que hasta hace 20 o 30 años vivía en unas condiciones infrahumanas”, asegura.

Queda mucho de esa España. Y creo que es una España a la que se le ha dado la espalda y me parece muy traidor

Por encima de esnobismos urbanos o idealizaciones del rural, la novela pone en evidencia a unos y otros. "En la ciudad hacemos brutalidades que pueden ser mucho peores pero de manera más refinada que las que se comenten en el campo, que son más físicas. Es una cuestión de puntos de vista”.

Al final subyacen más preguntas. En la novela ¿Quién es el otro, el extraño, el que llega y acompaña al lector o los que ya están allí? ¿Es legítimo el uso de la violencia? ¿Cuándo? ¿Hasta qué punto? ¿Comprendemos al vecino o es más cómodo demonizarlo? La buena literatura tiene el relato, abre las preguntas, pero no da las respuestas.