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Entre bromas y veras

Manuel Longares aborda con gran humor la pasión por la música en 'Sentimentales'

Entre bromas y veras

Se lo contó Manuel Longares a Juan Cruz en EL PAÍS, no hace mucho. La novela surge como un designio imperativo que avanza párrafo a párrafo, cerniendo la prosa, y cuaja allá por la página 30. Y siempre mantiene ese fondo de invención gozosa, aunque sea en un relato realista tan intenso como Romanticismo, donde trató de la intimidad del barrio de Salamanca en los últimos años del siglo pasado, o al abordar en Nuestra epopeya la vida del proletariado que sobrevivió a la Guerra Civil y se buscó vida y destino en los cincuenta. No debe extrañarnos, pues, que otras novelas de Longares se atengan a la imaginación pura y hasta a la fantasía, la parodia y el pastiche (como su inicial trilogía La vida de la letra). Un coetáneo de Longares, Luis Mateo Díez, ha hecho lo mismo, mezclando las invenciones provincianas que hablan de una posguerra sórdida, de sobrevivientes y descontentos o de lóbregos cafetines con el mundo imaginario de Celama o con un estallido de semillas narrativas (Vicisitudes), o con una novela que se construye a través de la elección de una onomástica chusca y de un lenguaje a la vez escarnecedor y piadoso, como es El hijo de las cosas.

También las últimas novelas de Longares tienen que ver con la construcción de un mundo arbitrario, aunque también sea real y quizá nuestro espejo. Barruntamos que algo tendrá que ver con estos años atolondrados, gregarios, cínicos y salvajes. En su novela anterior, El oído absoluto, trató de las desventuras que trae la vocación de la literatura; Sentimentales trata de la pasión por la música. La obsesión filarmónica lo es todo para los habitantes de esa pequeña ciudad que vigilan celosamente el coronel Rodrigo y sus sicarios. El periódico se llama Antojos y Deleites, las calles se denominan del Oboe o de la Anacrusa, y las gentes de dividen en los bandos de Septiminos y Corcheas. Lo mezclan todo: la música clásica más accesible (la que los melómanos llaman “merluza”), las zarzuelas y los pasodobles, pero no les gusta el Bolero de Ravel, “tomadura de pelo”, y prefieren “el inmortal Antón Perulero” o “Cocidito madrileño repicando en la buhardilla” que cantaba Pepe Blanco, tan castizo. Para ellos, Toscanini es Tosca; Betho, Beethoven; Wag, Wagner, y Shosta, Shostakóvich.

Lo cuenta, con énfasis y humor, un narrador anónimo (como la pequeña ciudad que habita) que habla por sí, pero parapetado en un “nosotros” satisfecho. Las tres partes de Sentimentales gradúan, sin embargo, esa perspectiva coral: ‘Nosotros’ presenta el panorama general; ‘Tú y yo’ se demora en la relación del narrador con Armonía Mínguez, donde la mezcla de música y magreos resulta inolvidable, y el final, ‘Ellos’, vuelve al plano colectivo en un acusado crescendo. Culmina en la muerte del gordo Gandarias, atragantado por uno de los caramelos de menta que siempre lleva doña Tecla, mientras en el auditorio suena La trucha (con la participación de un chico muy listo, con gafas redondas, que nunca sabremos si es Franz Schubert, como tampoco hemos sabido si es cierto que Toscanini dirigió allí un concierto). El narrador termina in bellezza: “Al vuelo de banderas y epitalamios aprendimos aquel día que la mejor palabra es la que está por decir”. A esta novela tan divertida no le sobra ninguna…

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Autor: Manuel Longares.

Editorial: Galaxia Gutenberg (2018).

Formato: tapa dura (240 páginas)

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