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La vida literaria, al desnudo

Los hermanos Goncourt retrataron sin tapujos las letras francesas del siglo XIX. Una antología da cuenta de sus famosos diarios

Edmond y Jules de Goncourt, fotografiados por Nadar en torno a 1855.  Ampliar foto
Edmond y Jules de Goncourt, fotografiados por Nadar en torno a 1855. 

Días después de la muerte de Edmond de Goncourt, ocurrida el 16 de julio de 1896, a los 74 años, se leía su testamento, donde daba instrucciones sobre qué hacer con sus manuscritos y en particular con su Diario, un proyecto concebido inicialmente por su hermano Jules y que a su muerte él proseguiría hasta el final de su vida. En el testamento se dice: “Después de mi muerte, se encontrará en mi pequeño armario de marquetería, situado en mi gabinete de trabajo, una serie de cuadernos que llevan por título Diario de la vida literaria, empezado por mi hermano y yo el 2 de diciembre de 1851”. Edmond quería que aquellos cuadernos fueran recogidos inmediatamente, sellados y depositados en la notaría Duplan hasta pasados 20 años, después de los cuales debían enviarse al departamento de manuscritos de la Biblioteca Nacional, donde podrían ser consultados y publicados. Edmond donaba asimismo a la proyectada Academia de los Goncourt lo más valioso de su colección de arte y los aguafuertes de Jules al objeto de poder financiar en el futuro la publicación de sus obras, como a la larga así ocurrió. Pero aquel testamento fue impugnado al día siguiente por la familia, furiosa de verse desposeída de un importante legado que creía suyo.

Es solo un ejemplo de las dificultades a las que tuvo que enfrentarse el Diario de los dos hermanos, cuya publicación suscitaba enconadas protestas por parte incluso de sus amigos (Taine, Renan, Poincaré), que se sabían injustamente tratados en sus páginas: la versión íntegra no se publicaría hasta 1956, establecida por el admirable Robert Ricatte. Se reprochaba a los Goncourt la maledicencia, el querer que su nombre pasara, a toda costa, a la posteridad y sobre todo recoger en su Diario el contenido de las llamadas cenas Magny, cuando, dos veces al mes, los dos hermanos se veían, en la Rue Mazet, con los escritores más conocidos de su tiempo (Taine, Renan, Gautier, Flaubert, Sainte-Beuve, a veces George Sand): plagadas de anécdotas y juicios fruto del relajamiento que genera saberse entre amigos, aquellas no eran conversaciones pensadas para salir de las cuatro paredes del restaurante Magny. Pero los dos hermanos, en particular a partir de 1863, empezaron a recoger sistemáticamente lo que aquellos hombres decían (Sand apenas interviene y se la oye decir que si no fuera por Flaubert no acudiría). Ayer vi…, se dice que…, no sabéis… Chismes, chismes, chismes. La gloria literaria era, en efecto, para los dos hermanos solteros una obsesión, la obsesión de una cierta inmortalidad, de no desaparecer del todo con la muerte, e hicieron todo lo posible para alcanzarla, ni que fuera observándola atentamente en sus contemporáneos. Pero hay otra forma de pensar en su Diario y es admirar su preocupación por la verdad. Aunque las más de las veces sea una verdad cruda o desagradable, incluso hiriente. “Ni que sea una millonésima parte de la verdad, qué difícil es decirla, y ¡qué cara la pago! No importa, yo amo esta verdad que la vida permite y busco cómo decirla, aunque sea en la dosis de un gránulo homeopático”, anotará Edmond en 1887. Una verdad pues exenta de maquillaje, sin la acostumbrada indulgencia con que la literatura trataba, ahora ya no, a los suyos, su mundo, la vida literaria. Los Goncourt ofrecerán —no siempre— la otra cara de la luna: la sordidez, la mezquindad, las envidias, las debilidades, el trato con prostitutas, la mediocridad. Toda esa comedia humana que ellos ven con la mayor frialdad y que compensan estéticamente con su amor por la pintura, el siglo XVIII y la corte de Versalles.

Pero la historia de la traducción al castellano del Diario es desdichada. Nadie se ha atrevido hasta ahora a una versión íntegra de las 3.500 páginas editadas por Ricatte, la única que puede hacer justicia a la obra. Nos pasa con este libro como nos pasó con las Memorias de Casanova (hasta que Atalanta no se decidió a editarlas cuidadosamente), con la biografía de Samuel Johnson escrita por James Boswell (aquí fue Acantilado) o los Ensayos de Montaigne (Acantilado, Galaxia Gutenberg): obras de referencia, clásicos archicitados de la literatura europea pero faltos hasta fechas recientes de una pulcra edición. Nos queda pendiente el Diario de los Goncourt.

Desde 1925, fecha de una primera y breve antología de este, se han hecho varias tentativas que no logran captar el espíritu de aquella mordaz escritura: hay demasiada diferencia entre el volumen de texto real y el seleccionado. La propuesta de Renacimiento, según la selección llevada a cabo por José Havel, es insuficiente para saciar una curiosidad media sobre el libro y los autores. Es una antología tan recortada de los años comprendidos entre 1851 hasta 1870 que difícilmente podemos hacernos una idea de su ambición moral. Tampoco me parece justo cortar las entradas, en todo caso puede abreviarse su número, pero una entrada de diario es una unidad literaria, como lo puede ser un poema o un cuento. No podemos cortar el flujo de la inspiración sin desarmar el resultado. Dicho esto, me parece un acierto que la edición llegue hasta la muerte de Jules, en 1870 a causa de la sífilis. Tenía 40 años y deja a su hermano mayor desarbolado, una herida que nunca lograría superar. Los dos hermanos eran una sola unidad de pensamiento. Pero cuando Edmond toma la pluma el Diario sube muchos enteros: de los dos él era el escritor, aunque su proceso de gemelización, que arranca con la muerte de la madre, los llevara a una asombrosa fusión. Los lectores podrán comprobarlo.

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Autor: Jules de Goncourt.

Editorial: Editorial Renacimiento (2017).

Formato: tapa blanda (376 páginas)

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