narrativa

El heredero de Umberto Eco

El intelectual Claudio Giunta, una de las mejores cabezas de Italia, firma un apasionante 'thriller' sobre tres jóvenes que desaparecen durante un viaje a las islas Solovkí

Vista aérea de las islas Solovetsky en el mar Blanco, al norte de Rusia.
Vista aérea de las islas Solovetsky en el mar Blanco, al norte de Rusia.sergei bobylev (Tass)

"No se puede desaparecer sin dejar rastro, sobre todo de una isla”. No, en concreto, de la mayor de las islas Solovetsky, en el mar Blanco, normalmente no recordada si no es por el monasterio ortodoxo y como sede del campo de concentración primogénito del Gulag. No, si además los desaparecidos son tres florentinos de unos treinta y pico años, llegados como voluntarios para la restauración del cenobio por cuenta de la Unesco. Nadie ha vuelto a verlos desde el día en que salieron de excursión hacia el norte, ya en vísperas de su vuelta a Italia; y, pese a las indagaciones usuales en un caso similar, nadie ha podido aclarar cómo, cuándo y por qué se los ha tragado la isla.

Desvelarlo y apuntarse un estupendo scoop es la gran oportunidad que se le ofrece a Alessandro Capace para dejar de ser un periodista de menos que medio pelo. Las investigaciones en la isla no proporcionan huellas materiales, pistas. Los únicos indicios viables parecen residir en las gentes del lugar. En ellos, pues, tienen que centrarse las averiguaciones, que al cabo resultarán en la solución del misterio: azarosa, pero acorde con los datos en juego.

El apasionante relato de Giunta sigue dos líneas mayores de desarrollo. Por un lado, las del thriller propiamente dicho, con la anatomía de las circunstancias y el pormenor de las pesquisas. Por otra parte (y pasando desde allá hasta aquí), la presentación de los personajes potencial o efectivamente implicados en la trama. Entre los isleños aparecen tipos tan notables como Valentin, el tonto de Solovetsky, el cacique Filippov o el pope mafioso. Pero la fauna más interesante por su misma vulgaridad está posiblemente en Italia.

Empezando por el narrador. Capace se acerca a la cuarentena sin honra ni provecho. Se ha licenciado en Políticas, ha probado fortuna en la novela y el cuento, y sobrevive con colaboraciones ocasionales en el real La Nazione y otras algo más estables en el ficticio Fatti (Hechos). Enamorado “de una belleza casi insultante”, Julia, que no le corresponde pero que se aviene a ayudarlo en la isla con su dominio del ruso; roto el matrimonio con Gaia y abocado al incoloro encuentro del sábado con el hijo de ambos, pasea los diarios y corteja a los jefes de redacción sin lograr más que vagas promesas de asentamiento. Es un óptimo ejemplo del precario, exponente arquetípico de una generación italiana (y no sólo) que ha podido educarse ventajosamente y no consigue luego acomodo satisfactorio en la sociedad, ni profesional ni vivencialmente. Por ahí, muchas de las páginas que Giunta dedica a la evocación de ambientes, en especial los periodísticos, son sencillamente magistrales. Pero no les va a zaga en interés la caracterización de la Florencia benestante e irresponsable de la que proceden los desaparecidos. Y tanto menos en interés cuanto a ese propósito la tensión dramática crece en los capítulos finales hasta superar el mismo punto de partida del argumento.

Claudio Giunta es hoy una de las mejores cabezas de Italia. Estudioso de la talla de un Cesare Segre, es también un intelectual público del linaje de Umberto Eco, que no duda en pasar de los doctos escolios a Dante a la sátira inclemente de Essere#matteorenzi. Con Eco comparte Giunta además la condición de novelista; y en Mar blanco, uno de cuyos núcleos se sitúa en un monasterio, no falta una mención de El nombre de la rosa. Tampoco es esta mía una referencia caprichosa.

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