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El escritor que ha leído todos los libros

Narrador, ensayista y traductor, el peruano Luis Loayza es uno de los grandes prosistas de la lengua española. Los relatos de Otras tardes lo demuestran

Luis Loayza junto a las librerías de la ribera del Sena, en París, en 2004.
Luis Loayza junto a las librerías de la ribera del Sena, en París, en 2004.

Luis Loayza (Lima, 1934), Lucho para los amigos. La reciente edición de Otras tardes me induce a hablar de un autor al que siempre se califica de poco conocido, lo que hoy no se sostiene ya. En 2009 la limeña Universidad de San Marcos publicó Para leer a Luis Loayza, y en 2010 la Universidad Ricardo Palma recogió en dos gruesos volúmenes su obra casi completa. Vargas Llosa, en 2011, escribió en este periódico un espléndido artículo sobre el segundo de ellos (Ensayos). Y una frase se me quedó grabada: “Loayza es uno de los grandes prosistas de nuestra lengua y estoy seguro de que tarde o temprano será reconocido como tal”.

Una piel de serpiente (1964), la única novela de Lucho, es su obra menos valorada. Se ha querido ver en ella la influencia del nouveau roman, pero en realidad, la novela, sencilla y clara, solo habla de la indecisión de unos muchachos que, sin mucha convicción, juegan a la política. El protagonista dice una vez: “Nos hemos dado el gusto de chillar un poco, de acuerdo. Pero no tenemos ningún programa, nos lee poca gente, no somos peligrosos. En el fondo esto es un juego. Todo lo que arriesgamos es que la policía se quede con el periódico y nos haga dormir mal una noche”.

La leyenda dice que Luis Loayza derrotó a Bobby Fischer, campeón del mundo, y la leyenda es rigurosamente cierta: ocurrió el 21 de mayo de 1965

El avaro (1955) fue su primer libro de relatos publicado, en edición mínima, pero bastó para que Abelardo Oquendo y Vargas Llosa, sus grandes amigos, llamaran a Lucho “el borgiano de Petit Thouars”. A mí me encanta el humor del relato ‘El héroe’, el cual no dio muerte al monstruo, porque “sucedió que él también tuvo miedo y al retroceder violentamente se dio tal testarazo contra las piedras que se mató”. Mi relato preferido de Lucho ha sido siempre el fúnebre ‘Todas las flores’. Fue el primero que leí, en una época en que el texto aparecía en todas las antologías y yo le tomaba el pelo diciendo que era “el cuento más antologizado de la literatura peruana”. Mi libro de ensayos favorito es El sol de Lima, que me parece tan importante como Lima la horrible, de Salazar Bondy, o Conversación en La Catedral, de Vargas Llosa. El texto que da título al volumen recoge a un antiguo caballo de batalla de Lucho: el peruano nunca ha sabido dar una imagen exterior satisfactoria de su identidad. Y en el interior del libro hay dos ensayos (sobre el Ulises de Joyce y sobre el Inca Garcilaso de la Vega) que me parecen absolutamente magistrales. En cuanto a los relatos de Otras tardes, para mí lo mejor es una frase del que lleva el título de ‘La segunda juventud’: “Mi amor fue limeño, mortecino y desesperado como la garúa, y creo que ella también sentía por mí una pequeña pasión…”.

Lucho fue traductor. Seguro que en los documentos de las Naciones Unidas hay páginas sublimes, habida cuenta de que quienes las tradujeron fueron peruanos como Emilio Adolfo Westphalen, Raúl Deustua, Américo Ferrari o… Lucho. En el campo de la traducción estrictamente literaria, sus autores preferidos lo definen muy bien: Thomas de Quincey, Nathaniel Hawthorne, Arthur Machen, Paul Bowles… Y sus prólogos demuestran una vez más que traducir es la mejor forma de leer.

Muy importante: el ajedrez. La leyenda dice que Luis Loayza derrotó a Bobby Fischer, campeón del mundo, y la leyenda es rigurosamente cierta: el 21 de mayo de 1965 Luis Loayza ganó a Fischer, que jugaba 26 partidas simultáneas, en Nueva York. Hoy, sin embargo, Lucho no juega ya al ajedrez. En una carta de 1986 me decía desde Ginebra: “Jugué, con resultados relativos, un torneo open de ajedrez en el que la mayoría de los participantes podían ser mis hijos y tenían una memoria, una concentración y un killer-instinct que yo no he tenido nunca, no digo hélas! ahora”.

Como traductor, tuve la suerte de compartir con Lucho, por lo menos, dos conferencias internacionales: la de la UNCTAD de 1972 en Santiago de Chile y la de los Países No Alineados en Cuba de 1979. En la primera, Chile estaba al borde del pinochetazo, aunque nadie podía imaginarlo entonces. Luego me tomé la libertad de convertir a Lucho en personaje de mi novela Si vas para Chile (por suerte agotada) y se lo tomó muy bien. En la segunda descubrí que él no solo era un experto en “valsesitos” peruanos, sino también en el danzón caribeño, padre de todas las salsas. Como homenaje a Hemingway, nos sumergíamos en el Floridita de La Habana en daiquirís profundos.

Lucho ha sido siempre un gran escribidor de cartas (ahí queda su correspondencia con Julio Ramón Ribeyro). Yo le descubrí a Thomas Bernhard, que él iba absorbiendo al compás de mis traducciones, y Lucho me convirtió a Robert Pinget (a él lo había convertido Rachel, su esposa), y leí, aplicadamente pero sin entender gran cosa, L’inquisitoire.

Borges no se enorgullecía de los libros que había escrito sino de los que había leído. Loayza no puede hacerlo porque los ha leído todos. Sin embargo, ha conseguido convertir la lectura en un acto tan creador como la propia escritura. Yo le debo, entre muchas otras cosas, un respeto inmenso por la prosa de Corpus Barga y el convencimiento de que el único libro en español que realmente vale la pena leer es Los cronistas del Perú, de Raúl Porras Barrenechea.

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Autor: Luis Loayza .

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