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Un suelo ingrato, 76 ‘fouettés’ y muchos móviles

Una gala de artistas de ballet rusos de primera línea corona el festival Madrid en Danza

Olga Smirnova, en 'La muerte del cisne' de Mijaíl Fokin, en los Teatros del Canal.
Olga Smirnova, en 'La muerte del cisne' de Mijaíl Fokin, en los Teatros del Canal.

La pregunta de rigor ante esta reunión de artistas rusos de las dos grandes urbes del ballet son las mismas: ¿Existen diferencias plásticas entre la maniera del norte (San Petersburgo) y la de la capital (Moscú)? ¡Claro que las hay! Probablemente hoy no se ven como antaño, pues la forma y el terminado de bailar de los rusos de hoy es diametralmente diferente del de hace, pongamos, 40 años. Es poco tiempo para juicios estéticos definitivos, para cambios más severos. Sloninski ha escrito varios libros sobre esto. La gala nos mostró, en formato de lección magistral, cómo presentarse frente al público en una atmósfera de respeto por el patrimonio coréutico universal. Nota debían tomar las compañías españolas: nada de barbas a la moda en los hombres, nada de moños exóticos las mujeres, y así mil detalles.

El metraje de la gala fue demasiado extenso, unas dos horas y media y en total se vieron 76 fouettés (manera vulgar de llamar al fouetté en tournant, pues ese paso es muchas cosas más en ballet). Piénsese que los títulos o las obras de repertorio académico troncal, de donde están sacados la mayoría de los fragmentos vistos en la función, duran alrededor de tres horas o tres horas y media, Bella Durmiente con sus tres actos y cinco cuadros, o Bayadera con sus cuatro actos en su versión integral, son buenos ejemplos. Luego, ya en el siglo XX, estos ballets se acortaron sensiblemente, se suprimió mucha música y por consiguiente de perdió del repertorio activo mucho material coréutico que sí tenía, por sí mismo, valores e interés. Una sucesión interminable de pas de deux puede saturar al espectador más entusiasta, y la noche del Canal ayer fue salvada por momentos vibrantes y de calidad, aunque se hace difícil entender una gala rusa sin cisnes del lago, blancos o negros. Lo suplía en parte tres fragmentos importantes del gran ballet soviético: El dúo (adagio) de Espartaco (coreografía de Yuri Grigorovich y canónico vestuario de Simon Virsaladze) bailado con intensidad por Anastasia Stachkevich y Denis Matvienko (el 31 de diciembre estará en Cannes encarnando su rol fetiche actual: El Gran Gatsby); Aguas primaverales de Asaf Messerer también por la Stachkevich acompañada por Viacheslav Lopatin y Romeo y Julieta (escena del balcón) interpretado por Yekaterina Osmolkina y Leonid Sarafanov, este último con salto y técnica intactos a sus 36 años.

Debemos decir que, como otros casos venerables e históricos, Olga Smirnova (San Petersburgo, 1991) es “transportada” a Moscú una vez se graduó en la Escuela Vaganova como discípula predilecta y muy prometedora de Liudmila Kovaleva (busquen sus películas de los años 60 y entenderán más el baile de su alumna); han pasado décadas, pero esa es la senda que en su día hicieron (y en circunstancias muy diferentes, mucho más dramáticas entonces) Marina Semionova y Galina Ulanova. La cadena se tensaba, pero no se rompía, al contrario, establecía una relación de vasos comunicantes desde las lecturas musicales y coreográficas a las estilísticas. Semionova había sido discípula predilecta de Vaganova, baste decir eso. Ante Smirnova, estamos viendo una artista excepcional, con aura de estrella, mucho más que una ejecutante versátil. También debíamos saber quién baila la segunda variación solista de Bayadera, un prodigio de pequeños saltos sobre las puntas, sencillamente oro.

Stefan Zweig vio bailar a Semionova en 1928 y escribió después: "Cuando sale a escena da la impresión de una tormenta repentina que removiera la tranquilidad de una existencia monótona". Puedo parafrasear esto y decir lo mismo de su variación de Kitri (Don Quijote), que fue lo mejor de la noche, apenas algo más de un minuto y medio de brillantez, estilo y “ritmo ruso”, ese trepidante llevar adelante pasos y entrepasos en un encadenamiento virtuoso. La artista culminó con una coda eficaz en el mismo exacto tono de la variación y sin moverse del sitio. Eso es arte mayor.

Hay ahora una cierta competencia a ver qué bailarina usa el tutú más enorme para recrear La muerte del cisne; es parte de la corriente neofilológica que anda por ahí haciendo estragos. En realidad es un error estético y de gusto, pues el resultado es un artefacto que entorpece el baile, desmerita la línea y tampoco es la recreación fiel de un traje del pasado. En cuanto a la coreografía de Mijail Fokin, Smirnova se vuelve precisa hasta rozar un obsesivo escolástico, casi pierde soltura expositiva por narrar el solo, efecto que ya desecharon el su día Plisétskaia y Chauviré en sus versiones tenidas hoy por canónicas. Smirnova deletrea la pantomima (separación del reflejo en el agua, aleteo, búsqueda y ruptura de una vertical) quizás en la persecución de una versión más personal que la separe de otros cisnes moribundos actuales como Zajárova y Lopátkina.

Algunos otros vestuarios pueden parecer bizarros o recargados, pero son los justos, se corresponden a los que se usan en las producciones totales de los ballets, como es el caso de Diana y Acteón, proveniente de La Esmeralda de 2009 de Yuri Burlaka en Bolshoi, y que recoge en parte la versión Vaganova sin grandes añadidos.

El suelo sobre el que se baila en los Teatros del Canal no es óptimo, tiene zonas-tambor que destrozan la magia, y su dureza expone a los bailarines a un esfuerzo adicional, lo mismo pasa con el sonido, que chirría lo suyo. La tecnología anoche no ayudó y hubo focos díscolos, mucha gente saltándose las normas y grabando con los móviles y hasta Smirnova tuvo que gallardamente sortear un trozo de cinta adhesiva negra que se descolgó de la bambalina y se pegó a su zapatilla. El público eufórico ratificaba que falta en nuestras programaciones más ballet académico de este nivel.