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Violencia y traducciones

Traducir es un ejercicio delicado, oscuro, mal pagado y exige correr riesgos físicos

Traducir, decía Cyril Connolly, es el más delicado de los ejercicios intelectuales, pues “comparado con él, los otros acertijos, del bridge al crucigrama, parecen triviales y vulgares. Tomar un fragmento de griego y ponerlo en inglés sin derramar una gota, ¡qué agradable destreza!”

Es un ejercicio delicado y, además, oscuro, lo que no necesariamente es un inconveniente, pero está mal pagado, y eso en verdad es un problema. Lo que no sabíamos era que en ocasiones, junto a la extrema pericia, traducir exige correr riesgos físicos. Ahí está Wyatt Mason, que fue el primero en traducir al inglés a Pierre Michon, contándonos en su reseña Violencia y creatividad (The New York Review of Books) que un día estaba comiendo un confit de pato en Nantes con Michon cuando este de repente le miró airado y golpeó la mesa con el puño que sostenía un cuchillo de sierra que acabó apuntando hacia él diciéndole que era un traductor correcto, pero él necesitaba uno excepcional. “Excepcional, ¿me oíste? Y es que ni siquiera sabes descifrar mis textos”, añadió abandonando abruptamente el restaurante.

Mason describe con temple ese momento de peligro y pasa a explicarle al lector de habla inglesa que Michon es un autor que evoca a seres olvidados por la historia, figuras oscuras que orbitaron alrededor de personajes célebres: figuras a las que, aun perteneciendo al mundo real, les inventa una biografía. Numerosos escritores, dice Mason, han producido ficciones inspiradas en la historia, pero lo más destacado de Michon es la forma en que profundiza en la violencia masculina, en el impulso sexual animal que empuja a apoderarse del mundo y es la fuente de la crueldad humana y al mismo tiempo de la creatividad artística: “Michon nos documenta acerca de hasta qué punto nuestra cultura es descendiente de esa violencia”.

A Mason el gran prestigio de Michon en Francia y la ausencia de una reputación literaria fuera de ese ámbito –ignora ahí que en nuestro país Michon es autor de culto y cuenta con una traductora idónea: María Teresa Gallego Urrutia– le inquieta: “A pesar de que nueve de sus diez obras de ficción ya están disponibles en inglés, sigue sin ser reconocida su obra. Comenzando por las mías y siguiendo con las de mis sucesores, las traducciones no han transmitido adecuadamente sus cualidades”.

Así habla Mason, para quien Michon es uno de los grandes estilistas vivos, aunque su compleja voz literaria es difícil de trasladar al inglés, pues, por ejemplo, disfraza de arcaica una prosa que es en realidad renovadora y que hasta hace poco sonaba en inglés torpe y pretenciosa. Sin embargo, dice, parece estar cambiando la suerte de Michon, porque su nueva traductora, Ann Jefferson, ha sabido imponerse al texto, violentarlo cuando era preciso, y dar con el tono exacto. En otras palabras, ha aparecido una traductora genial que al trasladar a Michon no vierte una sola gota. Buena noticia, pensamos, aunque no sabemos si Mason la ha inventado para poder regresar algún día a Nantes y al interrumpido confit de pato.