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El águila en el madroño

Un rastreo de las huellas de creadores mexicanos por la capital española

Agustín Lara (a la derecha) y el barman Perico Chicote, en 1964.
Agustín Lara (a la derecha) y el barman Perico Chicote, en 1964.

Dicen que el oso del escudo de Madrid se yergue ante el árbol del madroño para marearse ligeramente con sus frutillos rojos, y ahora que la Villa y Corte es invitada de honor en la FIL de Guadalajara habrá que brindarle con caballitos de tequila en correspondencia a su generosa hospitalidad: ciudad plural y polifacética, Madrid abre continuamente los brazos como madre y madrastra de lugareños y visitantes, viajeros e inquilinos de ya varias generaciones, y en particu­lar no pocos escritores mexicanos que han posado allí sus alas ya para alzar en vuelos más elevados o devorar en silencio las serpientes del exilio.

Aquí, donde Agustín Lara promete alfombrar la Gran Vía y bañarnos con vinillo de Jerez, el agasajo postinero de la ronda de las generaciones ha logrado en el bar Chicote una tertulia transgeneracional que va del dramaturgo Juan Ruiz de Alarcón en el siglo XVI al recién llegado poeta que se desvive en alguna buhardilla por cuajar unos versos posmodernos, pasando por fray Servando Teresa de Mier, que se quejaba de todo Madrid en su cuadernillo de 1803, y por el historiador Luis González y González, que vivió un tiempo dentro del laberinto del Archivo Histórico Nacional como gambusino de papeles amarillentos para todos sus viejos maestros exiliados en México que ya no podían consultar esos fondos.

En 1951 decía Carlos González Peña que en Madrid, “océano de por medio, esta casa no viene a ser sino prolongación de la otra casa: de las casas todas que forman el prodigioso mundo hispánico”, y quizá por ello la sombra de Alfonso Reyes sigue campeando por la calle del General Pardiñas en un recorrido fantasmal que mantiene vigentes sus párrafos, breves cartones que a la manera de los pintores retratan las voces de las mujeres que van por agua a las fuentes y los chismes de un idioma besugo que enreda retruécanos y greguerías hasta el día de hoy en todas las tascas, fondas y cafeterías.

Por allá se le une el espectro de Martín Luis Guzmán, que fue, como Reyes, activo participante del mundillo literario, figurando mano a mano en carteles donde se supone sólo reinaban como figuras los monstruos peninsulares. A tal grado llega la calurosa hospitalidad de esta ciudad con cafés de mesas de lápida y terciopelos en los bares que Francisco A. de Icaza acuñó un elogio a Granada (que se quedó como lema a la entrada de La Alhambra) como si fuera frase de un andaluz, y por aquí escribieron como colaboradores vecinos Enrique González Martínez, María Enriqueta Camarillo o Luis G. Urbina en periódicos de Madrid como si fuesen reporteros o cronistas nacidos en Lavapiés; lo mismo Vasconcelos que Torres Bodet, ambos de nombre José, que deambulaban en prosa por la vida de Madrid soñando de lejos un México mejor al tiempo que registraban los sabores y facciones de una ciudad que siempre ha sido multicultural y polifacética.

Madrid de todos los acentos del idioma español y recelosa pronunciadora de la lengua castellana donde no pocos escritores mexicanos han ceceado mal en el intento por integrarse a la zarzuela diaria de sus corralas o publicar en el milagroso laberinto de sus páginas. Aquí escribió no pocas páginas de una utopía diplomática Genaro Estrada, y en la larga madrugada en que murió su musa, Amado Nervo escribió hasta el amanecer su dolido homenaje a La amada inmóvil en un balcón de velas sobre la calle de Bailén, frente al Palacio de Oriente.

Aquí escribió Alfonso Reyes no pocas crónicas de cinematógrafo, reseñas de novedades universales, la mejor traducción de la prosa de Chesterton y la Visión de Anáhuac, donde el águila evoca lo que fuera su región más transparente del aire. Aquí se paseaba Agustín Lara y su lírica prostibularia para confirmar que muchos de sus boleros, como los himnos a Granada y Valencia o el chotis de Madrid, habían sido soñados incluso antes de conocer en persona las calles estrechas, de tejados ocres y recios muros de una ciudad con varias inmensas puertas abiertas. Fue aquí que José Fuentes Mares degustó cada una de las delicias variadas que se sirven en las mesas de Madrid, esta ciudad donde en cualquier lado se come bien, y por ende publicar su Nueva guía de descarriados como si fuera un cicerón para paladares selectos y el embrujo ha pasado estafeta de generación en generación, pues consta que los bachilleres Jorge Volpi e Ignacio Padilla venían de sus respectivos doctorados en Salamanca para compartir pan y sal con los paisanos que naufragaban cerca de Moncloa o en los bares de Malasaña. Este mural no quedaría completo si no mencionara la quijotesca hazaña de Juan García de Oteyza, único editor entre muchos aspirantes que llegó a dirigir una importante nao de libros, y Pablo Raphael, actual agregado cultural, que se suma a la luenga y distinguida cadena de novelistas, ensayistas, poetas y cronistas que funcionan como funcionarios de la inquebrantable y ejemplar diplomacia cultural entre Madrid y México.