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Galopes firmes y riendas por tensar

Pablo Messiez y su compañía abordan 'Bodas de sangre', la obra maestra de Lorca, su destilada tragedia de amor y muerte, crónica de una doble muerte anunciada

Una escena de'Bodas de sangre', de Federico García Lorca, dirigida por Pablo Messiez. Ampliar foto
Una escena de'Bodas de sangre', de Federico García Lorca, dirigida por Pablo Messiez.

Claudia Faci, desnuda, con larga melena de plata, como si fuera a la vez la Luna y la Muerte de la pieza, arranca con la admonición de Comedia sin título: buen injerto. Al final, en el bosque, será la Muerte con la encarnadura de la Mendiga. Su fuerza es el taladro de su mirada. Tendencia a enfatizar palabras: no creo que le haga falta. Minucioso espacio sonoro de Óscar Villegas. Destellos metálicos, como címbalos. Rasgueo de guitarra, rumores de arroyo, cigarras bajo el sol de agosto. Ladridos de perros lejanos, un galope, campanadas de boda y muerte. El trueno de un tronco que cae del cielo. Muy hermosas la escenografía y las luces de Elisa Sanz y Paloma Parra. Una caja de paredes blancas. Paneles que crean paisajes. Un amarillo ardiente, como un trigal de Caneja, para la Madre y el Novio. El interior rojo, casi mexicano, de la alcoba de Leonardo y su mujer. Azul de crepúsculo para la casa de la Novia. Una simple y eficaz guirnalda de luces para la fiesta. El vestuario de Sanz lleva la obra a lo atemporal: a ratos parece que estamos en los años treinta, a veces en los setenta.

Inteligentes resoluciones de dirección junto a desigualdades, altibajos. Creo que Messiez a veces coloquializa demasiado el texto, rebajando sus altos alcoholes. O pasa (insisto: a veces) de lo coloquial a lo elevado, al vuelo lírico, en un juego arriesgado de contrastes súbitos, donde se pierde la cadencia. El pasaje de la Luna en el bosque se escucha en off, sin plasmación escénica. No me parece una gran idea: a ese toro hay que entrarle de frente.

La reina de la función es la actriz Gloria Muñoz, con la amargura fiera de Cándida Losada y, al final, en el treno fúnebre, el voltaje trágico de María Casares: cuando atrapa la oscura raíz del grito, todos contenemos la respiración. Estefanía de los Santos, casi actriz fetiche de Messiez, es esa Criada que anticipa a la Poncia. Siempre en tono, lleva la verdad hasta en las puntas de los dedos, con la gracia y la fuerza de Rafaela Aparicio. Gran escena: cuando peina a la Novia y le habla de la boda, como a una niña, y con la malignidad de Poncia siembra simientes de caballos insomnes.

El montaje pasa a veces de lo coloquial a lo elevado en un juego arriesgado de contrastes súbitos, donde se pierde la cadencia

La Novia es Carlota Gaviño. Quizá le falta modulación, pero en sus mejores momentos te atrapa y te lleva: cuando sonríe y se le ilumina la cara; cuando parece estar en otro lugar, y ese lugar (“un mal aire en el centro”) es la pasión de Leonardo. Sus cotas son la despedida en el bosque y el terrible crescendo final con la Madre, las dos para siempre viudas. Francesco Carril (Leonardo) me llegó más en Furiosa Escandinavia, de Antonio Rojano. Aquí parece un niño grande: es una opción, pero en mi opinión le falta ferocidad, temblor oscuro, y le sobran gesticulaciones. Alcanza la ebullición en la citada escena del bosque, iluminados los amantes por linternas, ciñendo muy bien el verso.

Guadalupe Álvarez Luchía, actriz y cantante argentina, es la mujer de Leonardo, que parece salida de un melodrama de Arturo Ripstein, desgarrada y rota por igual cantando la Nana del caballo grande y el Pequeño vals vienés. Recordaré también la sobriedad del Novio a cargo de Julián Ortega, hijo de Gloria Muñoz y José Antonio Ortega. Pilar Gómez es la Vecina, en lo que se diría un cariñoso homenaje a Chus Lampreave.

Convendría ajustar las riendas de la larga escena del convite de bodas. Hay demasiado corazón, como cantaba Willy DeVille. Con eso quiero decir que Messiez quiere abrazar, convidar a más Federicos: el Lorca de Poeta en Nueva York (“Cielo vivo”), que recita, muy bien, el Padre (Carmen León), “un poema”, dice, “que nunca he entendido del todo, pero siempre me ha parecido muy precioso”, y el Vals vienés (¿por qué servir poema y canción de espaldas al público, sin las miradas de las actrices?), con Óscar Villegas a la guitarra eléctrica, y una breve humorada (graciosa, pero un poco sobrante) sobre La casada infiel, a cargo de Juan Ceacero y Fernando Delgado-Hierro, también, luego, una mezcla un tanto confusa de leñadores y amantes desbocados. Messiez añade además redundancias como Y sin embargo te quiero, con doña Juana Reina, karaokeada por Pilar Bergés, y el no menos soberbio pero remachante Soy lo prohibido, de Bambino. Se alarga y desequilibra la escena: toda la tensión la lleva (¡otra lección, otro aplauso!) Gloria Muñoz en sus miradas, en sus silencios.

Caen las paredes blancas, llega la noche del bosque. Se descuelgan metales como espejos, árboles negros. Pilar Bergés forma trío con los invitados lúbricos, y remontada esa escena y el off lunar, la función recupera el pulso, sube y sube, y la emoción va sin bridas hasta el final, hasta la gran tragedia. Las escenas últimas no requieren subrayados: solo decir el texto con el corazón en la boca, con toda el alma. Y vaya si se consigue.

También he visto La dama duende, de Calderón, en el Clásico. Sensacional reparto, ritmazo incesante. Vayan corriendo. El sábado se lo cuento.

Bodas de sangre, de García Lorca. Director: Pablo Messiez. Intérpretes: Gloria Muñoz, Carlota Gaviño, Julián Ortega, Estefanía de los Santos y otros. Teatro María Guerrero (Madrid). Hasta el 10 de diciembre.