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Zozobras y especulaciones

Santos Juliá ha logrado hacerme más inteligible la enmarañada historia política de la transición "larga", cuyos orígenes intelectuales rastrea en la misma Guerra Civil

Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, en 1968.
Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, en 1968.

1. Transiciones

Estos días de zozobras periféricas, prófugos manipuladores, sobrevenidos independentistas abducidos por la idea de que los presuntos delincuentes encerrados por los jueces son presos políticos de un Estado semifascista, encarcelaciones políticamente inoportunas, declaraciones contradictorias a derecha y a izquierda, cobardías, oportunismos y ambigüedades sin cuento (pongamos que también hablo de Colau), y la generalizada convicción de que, salvo milagro, tras las elecciones se reiniciará el bucle que estamos viviendo hace meses, he vuelto a tener la sensación de que, como decía el (neo) reaccionario Mark Lilla (La mente naufragada; Debate), el presente se nos va haciendo ininteligible. Si pudiera disponer en mi casa —como tenía en la suya el pesadísimo Carlos Argentino Danieri, cuyo mérito más envidiable era el de ser primo y confidente de Beatriz Elena Viterbo, amada del Borges de ficción— de un Aleph que, en un solo punto, me permitiera contemplar todos los del universo en el espacio y el tiempo interminables, no necesitaría buscar en los libros para hacerme una idea cabal de lo que pasa y de por qué pasa lo que pasa. Pero, afortunadamente, cuando estoy más confuso, siempre acude en mi ayuda un libro. Y reconozco que me ha resultado esclarecedora la lectura del estupendo ensayo político-histórico (por ese orden) que es Transición (Galaxia Gutenberg), de Santos Juliá. Lo empecé a leer con ciertas reticencias —no siempre he estado de acuerdo con las opiniones del profesor emérito—, pero pronto tuve que rendirme a la coherencia histórica y amplitud de visión de quien ha consagrado su vida a la interpretación de nuestro reciente pasado. Juliá ha logrado hacer(me) más inteligible la enmarañada historia política de la transición “larga” (y de sus protagonistas, muñidores y críticos), cuyos orígenes intelectuales rastrea no tras la Constitución de 1978, sino en los intentos de quienes, ya en la misma Guerra Civil, se esforzaron por encontrar puentes que pudieran cauterizar la terrible herida provocada por quienes iban a asentar su victoria en la ferocidad del terror y en el rechazo —ni pactos, ni mediaciones— a cuanto pudiera contribuir a la reconciliación en un país hecho trizas. Y es que, como dejó claro Hobbes en Behemoth, de todos los monstruos posibles que acechan a Leviatán, el más terrible, devastador y duradero es el de la guerra civil. De modo que, por lejanos que nos resulten, de aquellos lodos, etcétera.

De mi larga época de editor conservo la convicción de que, con excepciones, a los escritores que uno admira es mejor no conocerlos muy personalmente

2. Especulaciones

Mi desconfiado topo en el Gremi d’Editors me cuenta que los editores catalanes están seriamente preocupados por la defección de Planeta, que coincide con, al parecer, un nada desdeñable descenso de ventas de libros en Barcelona. Si el grupo fundado por el patriarca Lara solicita formalmente su inscripción en el Gremio de Madrid, la ruptura del equilibrio en el sector está garantizada. Sobre todo porque no es el único sello en escapar a horizontes menos convulsos: Parramón y Edebé, entre otros de buen tamaño, buscan refugio en Zaragoza (donde ya paraba Edelvives), a pesar de que Aragón no dispone aún de gremio propio y de que sus miembros están inscritos en el de Madrid, lo que contribuiría a la sobrerrepresentación institucional en la, hasta ahora, segunda capital mundial del libro en español y, según teme mi topo, a un posible replanteamiento del término “federación” en la máxima representación de los editores de España. Lo más importante que quedaría en Barcelona sería Penguin Random House, que no parece tener prisa. Mientras tanto, siguen los movimientos callados en las instituciones. Patrici Tixis, un hombre de la rama catalana de Planeta, maniobra para prolongar su mandato en el Gremi d’Editors —el cargo le gusta más que a mi sobrino las piruletas de fresa— a través de Edicions 62, con el fin de que su grupo siga teniendo allí mano institucional. Y Daniel Fernández (Edhasa), un editor catalán que también está disfrutando lo suyo al frente de la Federación de Gremios de Editores, ha conseguido una prórroga de su mandato (y de los privilegios anejos) hasta enero de 2019, cuando podría ser sustituido por Miguel Barrero, un hombre de Santillana (incidentalmente: ¡qué pocas mujeres al frente de las instituciones de un sector tan feminizado!). De modo que, al ritmo de la nación (de naciones), el sector va también girando en este incómodo compás de espera. Mis topos y yo seguiremos atentos.

3. Ídolos

De mi larga época de editor conservo la convicción de que, con excepciones, a los escritores que uno admira es mejor no conocerlos muy personalmente. He pensado en ello estos días, cuando, a propósito de lecturas e informaciones, he vuelto a sentirme confrontado al rostro menos agradable de algunos. Leo en Masacre, vida y muerte en la Comuna de París, de John Merriman (Crítica), que durante los días en que París se había convertido en la capital revolucionaria del mundo, y mientras las autoridades de la Comuna tomaban medidas para impedir el desahucio de los inquilinos menos favorecidos, Gustave Flaubert no cesaba de mostrar “su indignación como propietario que quería cobrar inmediatamente los alquileres que había dejado de percibir”. Y ¿qué me dicen del muy discreto Marcel Proust, que, según muestra una parte de su correspondencia recientemente subastada en Sotheby’s, no tuvo empacho en pagar de su bolsillo a determinados periódicos a cambio de menciones o críticas positivas de Du côté de chez Swann? O de Sartre, el respetado maître à penser, que —según se le atribuye— en 1956 se atrevió a afirmar que no convenía denunciar la feroz represión del estalinismo sobre los insurgentes húngaros para no désespérer Billancourt, la célebre fábrica-metonimia de la clase obrera. Una frase que, junto con algún verso ditirámbico de Neruda o Guillén (Nicolás), merecería figurar en lo más alto del palmarés de las más miserables dispensadas por admirados intelectuales y escritores de la izquierda.