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Para recordar lo que somos

Las literaturas catalana y castellana han recibido desde hace por lo menos cuatro décadas las mismas influencias europeas y americanas

Los escritores Terenci Moix y Carme Riera, en 2001.
Los escritores Terenci Moix y Carme Riera, en 2001.

Cuando en la Europa decimonónica la literatura era considerada un elemento identitario en el que encontrar aspectos de cohesión nacional, el hispanista francés Albert Savane afirmaba en 1884 que la literatura catalana no era esencialmente diferente de la castellana, algo que en absoluto habría de gustar al incipiente nacionalismo catalán.

Años más tarde, un crítico de la talla de Yxart, estudioso de ambas literaturas, sostendría que el carácter de la literatura catalana difiere de la castellana. La primera, aseguraba, tiende al naturalismo frente al idealismo de la segunda. El hispanista alemán Horst Hina, en su brillante estudio Castilla y Cataluña en el debate cultural, al analizar la obra de Yxart muestra que este se basa en el hecho de que la literatura catalana carece de una fuerte tradición retórica, no usa juegos de palabras, no tiene un componente intelectualista ni tiende a la abstracción. Por el contrario, mantiene una relación directa con la realidad. Está claro que Yxart, al expresar tales juicios, piensa solo en la novela de Oller y en el teatro naturalista y no en la literatura medieval catalana ni, por supuesto, en la fuerte tradición realista de la literatura castellana, que con la novela picaresca se adelanta al naturalismo, como ya vio doña Emilia Pardo Bazán de manera certera en su famosísima La cuestión palpitante.

Yxart, por tanto, tiene razón solo en parte, en la parte que atañe al hecho de que el naturalismo catalán y en cierto modo también el simbolismo catalán están más cerca de las corrientes literarias europeas que imperan entonces. Yxart, siguiendo las mismas pautas que en política siguen Valentí Almirall y Pompeu Gener, considera que en España, solo Cataluña estaría a la altura del espíritu de la época.

La industrialización del territorio explicaría también el aire moderno y europeo de la Cataluña de entonces, frente a una España básicamente sin industrializar, rural y anquilosada. Rubén Darío, al visitarnos a finales del siglo XIX, habría de constatar algo parecido. Comparando Barcelona con Madrid, aseguró que aquella era una ciudad dinámica y moderna frente al poblachón capitalino, y destacó incluso que los escritores y artistas catalanes eran por su modernidad superiores a los castellanos. Todo eso plantea, en mi opinión, hasta qué punto el debate Cataluña/España late por detrás de la concepción literaria desde finales del siglo XIX hasta bien entrado el XX.

Hoy las opiniones de Rubén Darío serían muy distintas. Madrid es una ciudad bella, cosmopolita y abierta que poco o nada tiene que envidiar a Barcelona, y España, tras muchos siglos de retraso, está a la altura de Europa y es una nación democrática, moderna e industrializada, aunque paradójicamente sea el problema catalán lo que tal vez nos haga perder el cuarto puesto dentro del escalafón europeo como potencia económica.

Hoy a ningún escritor y menos todavía a los críticos catalanes les preocupa averiguar si la literatura escrita en lengua catalana es distinta de la castellana o cuáles son los rasgos diferenciales de ambas. Entre otras cosas, porque se trata de dos literaturas que han recibido ya desde hace por lo menos cuatro décadas las mismas influencias europeas y sobre todo americanas. Sin Faulkner o sin García Márquez sería difícil explicar la obra de Blai Bonet o de Jesús Moncada, por poner solo dos ejemplos cercanos e incontestables.

No obstante, ambas literaturas tienen un mismo gravísimo reto al que enfrentarse: la falta de lectores. La casi total desaparición de ambas literaturas del bachillerato y el hecho de que no estén presentes en las pruebas de acceso a la universidad motivan el desconocimiento de una materia que algunos cortos de entendederas sostienen que no sirve para nada. Estos contravienen a Octavio Paz, que asegura que la poesía sirve para recordar lo que somos, la literatura, varío yo, sin distinción de lenguas.