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Viaje a Bastia

Desde luego, la trampa ha sido siempre lo que no se ve. La trampa es la realidad

Dado que tenía que viajar a Bastia, Córcega, y allí no iba a disponer de tiempo para escribir y, además, no volvía a Barcelona hasta ayer lunes, con el tiempo justo para completar este artículo, empecé a redactarlo con antelación, a “activarlo en diferido” en la mañana del martes pasado, en medio del ambiente de máxima presión sobre Puigdemont para que evitara la declaración de independencia.

Había proyectado hablar del “oscurantismo”, la disciplina que estudia la inclinación de las personas brillantes por los lugares oscuros. Pero pronto advertí que incluso un tema como aquel podía ser “intervenido” por los lectores y leído en clave crisis catalana. Y pensé que no iba a gustarme que lo interpretaran así, porque no veía a nadie precisamente brillante entre los dirigentes independentistas, de modo que empecé a buscar un tema que no pudiera ser relacionado con la pulsión monotemática que, por tierra, mar y televisión, recorre el país.

Proyecté entonces hablar del festival de cine de Sitges y de su exceso de terror este año, pero enseguida vi que también conectaba con la pulsión de una sola cuerda. ¿Y si hablaba de las tesis científicas que dicen que ponerse de acuerdo es mucho más fácil de lo que pensamos? ¿O bien comentaba la alarmante inclinación de algunos a creer que el mundo los mira? ¿O contaba que había leído esa semana grandes libros de Zagajewski, Masoliver y Lampedusa (todos en Acantilado)? ¿O hablaba de Mallarmé, al que nunca se le oyó decir palabra de política, salvo cuando dijo: “esos borrachos de la Comuna”? ¿O bien me centraba en la obra de Jean Echenoz, al que iba a ver en Bastia, en la Alta Córcega?

Viendo cómo ninguno de los temas escapaba de ser leído en clave catalana, fueron cayendo las horas. Al atardecer, tras el choque surrealista de Puigdemont con la realidad, viajé a Bastia, con escala en París, un largo trayecto para acabar confirmando en tierra corsa que todo viaje es un falso movimiento, porque, a la mañana siguiente, los artículos de la prensa local parecían también conectados con la pulsión monotemática o infecundo tema único. ¿Los escribían personas deslumbrantes, perdidas en lugares oscuros? En el diario Corse-Matin un psicoanalista, Jean-Pierre Denis, contaba que las reticencias en la isla a psicoanalizarse se debían a que los corsos tenían tendencia a identificarse con uno o varios grupos a través de los cuales podían sentir que existían: familia, clan, pueblo, club de caza, hermandad, cofradía… Debido a esto, les resultaba difícil y a veces aterrador enfrentarse a un psicoanálisis, ya que tenían que asumir su individualidad. Por la tarde fui a nadar. Y de noche, en una terraza de la gran plaza de San Nicolás, me acordé del ratón que monologa y delira en un relato de Kafka (Fabulilla) y dice que ya se halla en la última parte de su recorrido y que allí, en el rincón, le espera la trampa hacia la cual va. “Solo tienes que cambiar la dirección de la marcha”, dice el gato, y se lo come. Desde luego la trampa ha sido siempre lo que no se ve. La trampa es la realidad.