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Partir de cero

Hay que preguntarse si, sabiendo lo que ahora sabemos, deberíamos darle gran importancia a esa cultura que tanto parece fortalecer al principiante osado

Que incluso los narradores más consolidados sienten vértigo cuando inician una nueva novela porque saben que poco podrá ayudarles su larga experiencia, es algo tan sabido como que el relato de esa sensación podría ser solo un gran topicazo creado por los propios narradores. “En otras palabras, que vuelvo a ir a tientas y a jugármela”, dice el escritor con currículo, el escritor con algo de cuento y mucha comedia. ¿No sería mejor que explicara con detalle por qué apenas le ayuda la experiencia, que es precisamente lo más buscado, por lo general, por el pobre principiante raso? He dicho por lo general, porque la historia está llena de vibrantes despertares a la escritura. Ahí está Keats, por ejemplo, de quien se sabe que, desprovisto de toda experiencia pero cargado de un amplio bagaje de intensas lecturas de los clásicos, escribió A imitación de Spenser, su primer poema.

El caso de Keats crea una pregunta: si no será que carecer de experiencia, pero disponer de un buen maletín de influencias, puede ayudar a trabajar de forma más resuelta, e incluso mejor que la del pobre profesional experimentado, generalmente experto solo en sí mismo. De Keats también sabemos que escribió durante años a la sombra de los grandes poetas del pasado y terminó completando, en la última etapa de su brevísima vida, una obra personalísima, que se diría guiada por su fe en inteligencias originales, habitadas por influencias. Y también que sin duda es uno de los paradigmas más destacados del “debutante experto”, esa figura tan opuesta en el argot literario a la del “profesional experto”, aquel que ante la escritura de un nuevo libro siente o finge sentir que ha de empezar de cero.

Quizás detrás de esta dicotomía entre veteranos y debutantes se encuentre el viejo y honesto anhelo de las vanguardias clásicas: huir de los escritores profesionales y hacer tabla rasa de todo, volver a iniciar la historia de la literatura. Pero, ¿quién podría garantizarnos que en verdad, detrás de la tensión experto / principiante, se encuentra el viejo anhelo? De momento, ahí está Keats, por si a algún debutante pudiera interesarle. Este gran amante de la Grecia clásica fue la hospitalidad misma, lo más opuesto a lo que habitualmente entendemos por escritor consagrado. Y fue alguien, se ha dicho alguna vez, que parecía estar siempre ofreciendo a sus lectores el acceso a la escritura por una puerta lateral que podría haber llevado en lo alto esta inscripción: “Aquí se admite a los debutantes”.

Quedaría por preguntarse si, sabiendo lo que ahora sabemos, deberíamos darle gran importancia a esa cultura que tanto parece fortalecer al principiante osado. Pero la respuesta, como cabía esperar, está en el viento. Aunque quizás también en Alberto Savinio, en su genial Nueva Enciclopedia, paraíso de las paradojas: “Conclusión: dado que la cultura tiene por objeto principal dar a conocer muchas cosas, y ya que conocer una cosa equivale a destruirla, el fin supremo de la cultura es la ignorancia”. Pues sí. Ya hemos tocado fondo. Nada malo si vamos con Savinio.