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Depeche Mode: todo sigue igual

Los británicos inauguran el Bilbao BBK Live con un concierto impecable

El cantante de Depeche Mode, Dave Gahan, durante su actuación anoche el festival BBK Live.
El cantante de Depeche Mode, Dave Gahan, durante su actuación anoche el festival BBK Live. EFE

No hay gira de Depeche Mode que no pare en el Bilbao BBK Live, en una de esas recurrencias que el público del festival secunda y agradece. No sería completamente inexacto decir que la gran mayoría de los más de 35.000 asistentes a la primera jornada del festival iba a ver a la banda de Essex; que si toca fulano o mengano bien, pero aquí hemos venido a ver a Dave Gahan y Martin L. Gore.

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Porque Depeche Mode siempre ha sido un grupo sostenido por sus fans antes que por cabriolas comerciales o giros extravagantes, y gracias a eso su carrera se mantiene activa con más credibilidad que la de la mayoría de sus coetáneos. Nunca han reventado particularmente las listas de éxitos pero, treinta años después del inicio de su cénit creativo (el periodo que va de Music From The Masses a Songs of Faith and Devotion) y a más de una década de su último disco incontestablemente sólido, Playing the Angel, Depeche Mode se mantienen fieles a su estilo, y ofrecen a su público lo que este ama de ellos.

Tampoco es un grupo en gira constante, ni consagrado al revival o al autohomenaje nostálgico: puede que las canciones de sus últimos álbumes no sean memorables, pero al menos encajan en su repertorio como motivos más que decentes para salir de nuevo a los escenarios a la vieja usanza, con disco nuevo bajo el brazo.

Al mismo tiempo, hay que ser tan grandes como Depeche Mode para abrir un concierto con un tema como Going Backwards sin que el público se te venga abajo. El recién aparecido segundo single de su nuevo disco abrió en Bilbao, mostrándonos enseguida que todo seguía igual, es decir, que los británicos siguen teniendo un directo poderoso y efectivo, con el maestro de ceremonias Gahan dominando el escenario con ese magnetismo que le caracteriza.

Todo sigue igual, sí, porque el binomio Gore-Gahan sigue siendo imponente, con el guitarrista y compositor hierático y el vocalista hiperactivo y sensual, cantando de forma impecable sin comprometer sus incansables contoneos, entre lo amanerado y lo marcial. También hay un señor con gafas de sol llamado Andy Fletcher, pero como si no estuviera: ni canta, ni compone, ni luce, pero es miembro fundador y en algún sitio hay que ponerlo (aunque Peter Gordeno, que cubrió el puesto de Alan Wilder en las giras tras la marcha de este hace dos décadas, acarrea mucho más peso instrumental en directo que Fletcher). Por no poner, no le ponen ni muchos focos: el peso estético y creativo de la banda recae al 100% en Gahan y Gore; si Fletcher cobra lo mismo que ellos, tiene el mejor contrato de la historia del rock.

A pesar del aplomo en directo de la banda, en Bilbao no fue hasta el fabuloso World In My Eyes que abría su legendario Violator que el concierto alcanzó un primer punto álgido, aunque la cosa se templó de nuevo con Cover Me y un Somebody para el que tal vez el público festivalero no estaba completamente preparado, a pesar del sentimiento que le puso Gore a su interpretación vocal. Where’s the Revolution volvió a poner el concierto en órbita, iniciando una infalible traca final conformada por los clásicos Everything Counts, Stripped, Enjoy the Silence y Never Let Me Down Again.

Por mucho aprecio que tengamos por Martin L. Gore, alguien debería decirle que abrir el bis con él cantando Home puede cortar el rollo incluso al aficionado más entregado. Pasar directamente al siguiente tema, Walking in My Shoes, parece un movimiento más efectivo, y mucho más si, como en Bilbao, este desemboca en I Feel You y el inevitable Personal Jesus para cerrar el concierto. 

Pero más allá de consideraciones de este tipo, la conclusión es que Depeche Mode siguen facturando un directo impecable en el que utilizan de forma ingeniosa su extenso cancionero. Es encomiable, aunque hasta cierto punto irrelevante, que sigan publicando nuevos discos, porque tanto ellos como su público saben que sin eso seguirían encabezando festivales y llenando estadios. La fe de sus seguidores es su capital más valioso; a ellos se deben y, en directo, a ellos se entregan con devoción.

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