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Pequeños pero no tontos

La corrección política se antepone a la calidad literaria en las lecturas recomendadas en las aulas

Manolito Gafotas, por Emilio Urberuaga.
Manolito Gafotas, por Emilio Urberuaga.

"Me interesa leer tu libro y mis padres se toman todo mal. Creen que tus consejos no son buenos. Aclaro que a mí me encantan, pero (ellos) no creen que sean ficción, creen que todo es real. Ayúdame”. Este es el mensaje de socorro de un lector recibido en el blog de la escritora María Frisa, que mantiene una vía de comunicación constante con su público. Para la autora, es la enésima prueba que demuestra la brecha que existe entre púberes y adolescentes lectores y padres y profesores empeñados en que lean.

Frente al mantra que atribuye una bondad intrínseca a la lectura (a cualquier lectura), se abren fosos que discriminan libros buenos y malos, apropiados o inapropiados, fáciles o difíciles. Todo el mundo está de acuerdo en que hay que fomentar el gusto por la literatura en las aulas. Cómo hacerlo y con qué lecturas, es otra cuestión. ¿Hasta dónde deben intervenir los profesores? ¿Qué libros deben poner los padres fuera del alcance de sus hijos, como si fueran medicamentos o lejía? ¿Cuál es el papel de las editoriales, como primeros filtros en la selección de lecturas? ¿Y la responsabilidad de los autores de infantil y juvenil? ¿Qué hacer cuando un joven pide ayuda al autor de un libro que considera humorístico pero que su padre considera veneno? Son cuestiones tan espinosas como importantes, pues implican censura, formación del gusto y libertad de expresión y de acceso a los contenidos en una sociedad que presume de libre. En definitiva, el tablero donde se juega el futuro de la literatura, la incubadora de la que saldrán los lectores de mañana.

Los programas de lectura en los centros educativos son una parte importantísima de este embrollo. En ellos, las editoriales, los autores, los docentes y los padres cohabitan en una simbiosis que condiciona la forma, el tono y los contenidos de los libros que llegan al mercado. “La independencia editorial prevalece, pero es interesante y deseable escuchar a la comunidad lectora. Nuestros lectores nos ayudan y orientan con sus comentarios y opiniones”, explica Inés Pons, responsable de promoción escolar del grupo Planeta. Se refiere a lo que en argot editorial se llama línea de prescripción, es decir, colecciones literarias diseñadas para su lectura en los centros educativos, que se venden como complemento a los libros de texto a un precio menor que las destinadas a las librerías. Aunque están en retroceso, ya que los centros no compran tantos lotes de libros como antes de la crisis, muchos sellos las mantienen y hay autores que escriben fundamentalmente para ellas, lo que suele conllevar un programa intensivo de charlas a los alumnos.

Los autores están condicionados por
el que dirán y el temor
a un linchamiento

Elvira Lindo

Un comercial visita los institutos a comienzo de cada curso y ofrece un catálogo de novedades: este era el modelo dominante hasta hace poco, pero, como apunta Rosa Luengo, directora de Edelvives, una de las editoriales más veteranas en texto y libro infantil y juvenil, “cada vez es más habitual encontrarnos con profesorado que no acota la lectura sino que introduce aquello que los jóvenes leen sin que nadie se lo proponga dentro de la escuela, sino que son libros que circulan de otra manera”.

Este sistema ha generado en parte una literatura a la carta, escrita a la medida de las preocupaciones pedagógicas, éticas y estéticas de docentes y, a veces, padres, algo que muchos autores no ven necesariamente mal: “He sido profesora antes que escritora y sé dónde estoy. Pero tampoco veo motivo de escándalo en ello: las personas nos autocensuramos constantemente. A mí no me cuesta nada cambiar la palabra gilipollas por imbécil, si la frase va a ser menos ofensiva para un lector”, explica Ana Alcolea, premio Cervantes Chico y autora de una docena de éxitos que circulan por los institutos de todo el país, como El medallón perdido o El secreto del galeón.

“Las primeras colecciones de literatura infantil y juvenil que aparecieron en nuestro país lo hicieron por la necesidad que los centros tenían de fomentar la lectura en un panorama no muy rico”, apunta Rosa Luengo. Apareció entonces la graduación por edades y se puso el foco en la extensión, el lenguaje y los temas. Colecciones como El barco de vapor, vinculadas a SM y a otras editoriales (de origen religioso, la mayoría) especializadas en texto, marcaron el camino, pero siempre se cruzaron libros transgresores que rompían estos moldes y que se empastaban mucho mejor en el gusto de niños y jóvenes. Libros que, contra todo pronóstico, se abrían paso en las escuelas. Un caso paradigmático es el de Manolito Gafotas, de Elvira Lindo. Como recuerda la autora: “Los maestros comenzaron a recomendarlo enseguida. El éxito se debe en gran parte a ellos, que vieron cómo los niños se divertían en la hora de lectura y quisieron aprovechar ese tirón”.

Lecturas no obligatorias

  • Manolito Gafotas. Elvira Lindo. Seix Barral.
  • El medallón perdido. Ana Aldecoa. Anaya.
  • Matilda. de Roald Dahl. Loqueleo.
  • La lea i el cargol. Roberto del Hoyo. Baula.
  • La inmortal. Ricard Ruiz Garzón. Edebé.
  • 75 consejos para sobrevivir a las redes sociales. María Frisa. Alfaguara.
  • Deseo de ser punk. Belén Gopegui. Anagrama / Punto de Lectura.
  • Los nombres del fuego. Fernando J. López. Loqueleo.
  • Paracaidistas. Chus Fernández. Trea.
  • Velocidad de los jardines. Eloy Tizón. Páginas de Espuma.
  • Debería caérsete la cara de vergüenza. Sergi Pàmies. Anagrama.
  • Sin miedo. Manuel Alonso. Loqueleo.

El éxito internacional de la serie permitió a Lindo comprobar las diferencias entre los países que tenían un modelo desarrollado de lecturas escolares y los que, como España, aún estaban montándolo: “Cuando salió Manolito, en los 90 —cuenta Elvira Lindo—, España era un país más relajado, y por tanto, con más sentido del humor. Los padres y los maestros entendían que eran, ante todo, novelas humorísticas. Tuve más problemas en otros países, porque lo políticamente correcto y las consideraciones pedagógicas ya marcaban la literatura infantil. Yo siempre ponía a España como ejemplo de tolerancia. En algunos países europeos se hicieron algunos ajustes, pero en Estados Unidos la censura fue atroz. Censuraron hasta dibujos de Urberuaga”.

Lindo, que sigue yendo a los institutos a hablar de su personaje, cree que las cosas han cambiado mucho desde entonces: “Los autores están condicionados por el que dirán y el temor a un linchamiento. Las editoriales no quieren líos. Los profesores, al prescribir libros, tampoco. No hay nada más desagradable que ser acusado de vulnerar la inocencia infantil. Y a lo mejor acaba siendo hasta bueno: lo ideal será que el niño acuda a la librería y escoja un libro pensando que tiene entre las manos algo subversivo”.

Un panorama más apocalíptico dibuja Roberto del Hoyo, autor de veinte títulos muy leídos en centros de enseñanza catalanes y fundador de la asociación Autores y Autoras en Peligro de Extinción, que trata de agrupar a los profesionales de infantil y juvenil de Cataluña: “Las editoriales intervienen mucho en los libros de lectura. En alguna ocasión me he sentido mal después de ver un libro mío publicado con frases y dichos que jamás habría escrito y que incluso me provocan rechazo”. Para Del Hoyo, la connivencia entre editores, docentes y políticos ha sido nefasta: “Los libros de lectura son un libro de texto más porque la falta de formación de maestros y profesores hace que las mismas editoriales preparen fichas didácticas llenas de ejercicios. Los niños y los jóvenes ya no leen por placer, para aprender de la vida, para crecer como personas, sino para hacer un trabajo o un examen”.

Para Ricard Ruiz Garzón, premio Edebé 2017 por La inmortal, “es un difícil equilibrio que no todo el mundo lleva con la elegancia que debería”. Este autor cree que se busca “dirigir las lecturas de los alumnos de forma que no se conviertan en librepensadores o librelectores responsables”. Sin embargo, no todo es rígido ni hay una conspiración moralista, ya que “cada poco tiempo un libro que rompe con las reglas previas se abre camino en los centros y vuelve a rediseñarlo todo, y es mejor intentar ser ese libro que los que lo evitan hoy y lo copian mañana”.

Porque los alumnos también influyen. María Frisa, por ejemplo, confiesa que elige los temas de sus siguientes libros casi mediante plebiscito: “Pregunto en las charlas de qué quieren que escriba”. La serie 75 consejos, protagonizada por la niña Sara y ambientada en el mundo escolar, causa furor y, aunque nunca estuvo pensada para su lectura en las aulas, la petición de los alumnos y de profesores conscientes de su éxito, ha hecho de ella una lectura habitual en los programas de fomento. El año pasado, Frisa se vio envuelta en una polémica cuando un grupo de tuiteros la acusaron de promover el bullying en uno de los volúmenes de la serie y exigieron su retirada del mercado. Pero, ya antes de que esto sucediera, la autora tuvo algún tropiezo: “Una directora de un instituto de Granada suspendió un encuentro con sus alumnos porque leyó el libro y consideró que era inadecuado, pero es muy raro que esto suceda”.

El llamado caso Frisa planteó de forma virulenta muchos de los problemas acerca de qué deben leer los niños y por qué, y abrió un debate sobre los límites del humor y la autocensura. El 8 de junio se publicará 75 consejos para sobrevivir a las redes sociales, donde la autora, psicóloga de profesión, no solo da su versión de lo sucedido, sino que adapta conceptos de psicología cognitiva para que los lectores se enfrenten al acoso en Internet. “Me autocensuro, evidentemente”, dice Frisa. “Intento rebajar el contenido irónico, claro que me ha afectado mucho todo, ya no escribo igual”.

“Las editoriales de juvenil son más Disney que Pixar”, opina la profesora de secundaria Natalia Cueto

Hay otra cuestión menos moral, pero igual de importante: ¿deben las lecturas juveniles rebajar su ambición literaria? Niveles de lectura, simbolismo, ironía, complejidad lingüística o de trama, ¿deben sacrificarse en el altar de la legibilidad? En otras palabras: ¿la literatura juvenil debe servirse predigerida? Algunos profesores lo niegan y creen que, en general, se infravalora la capacidad intelectual y la curiosidad de los alumnos: “Cierto es que su competencia lectoescritora no es la que tenían los alumnos en los 80, el mundo ha cambiado, pero son mucho más que lo que los planes de estudio o los libros de texto dibujan. Son capaces de morirse de risa con Manolito Gafotas o El pequeño Nicolás o el teatro de Alonso de Santos o Mendoza, igual que nosotros. Hay una falla enorme entre lo que son hoy en día los adolescentes y lo que se espera de ellos”, dice Natalia Cueto, profesora de secundaria y bachillerato en el IES Jovellanos de Gijón y tutora lingüística en la UNED.

Esta docente, experta en motivación y animación a la lectura en adolescentes, que imparte cursos sobre la materia en centros de formación del profesorado, rechaza las visiones apocalípticas y pone el foco en el esfuerzo que deben hacer los maestros por “ponerse a la altura” de los alumnos: “El objetivo del placer por la lectura debería presidir la selección y las metodologías, y más tarde incrementar de manera gradual su competencia lectoescritora. No se puede olvidar que viven rápido, hacen ocho cosas a la vez, están acostumbrados a la hiperestimulación y los juegos los adiestran en todo aquello que se aleja de las habilidades necesarias para disfrutar de un buen libro”.

También las editoriales, según Cueto, deberían cambiar la visión que tienen de los adolescentes: “Son capaces de leer poesía, un texto impecable de Muñoz Molina, un discurso de Richard Ford, En lo alto para siempre de Wallace, Velocidad de los jardines de Tizón, Deseo de ser punk de Belén Gopegui o Paracaidistas de Chus Fernández. Las editoriales de juvenil son más Disney que Pixar: hay otra realidad y debería haber un esfuerzo. Entienden el símbolo, la imagen y hasta la epanadiplosis pero ha de trabajarse desde su mundo y en dirección ascendente”.

En la misma sintonía se sitúa Elvira Lindo: “No consideran que la infantil y juvenil sean literatura, no se tiene respeto al género. Siempre hay algo de condescendencia, es como si los escritores de juvenil tuvieran que escribir siguiendo las necesidades educativas que requiere cada edad. Es una pena, porque nosotros leímos lo que nos dio la gana, libros excelentes, malos o regulares, pero uno de nuestros primeros actos de soberanía fue decidir el libro que íbamos a leer. Esta intromisión continua en la vida íntima del niño me parece que no le ayuda a hacerse un adulto”.

Y no solo es una convicción propia de autores. Inés Pons, de Planeta, coincide en apariencia: “En España, al contrario que en otros países europeos, aún muchos profesores creen que la literatura juvenil es de menor categoría que la de adulto. Por eso, programan títulos clásicos que muchas veces reciben el rechazo de los alumnos por estar lejos de sus vivencias y sus expectativas”. Y un último matiz: “Creo que hay buena o mala literatura. Sí veo necesario el corte entre infantil y el resto por una cuestión de competencia idiomática y entorno cognoscitivo, pero a partir de ahí esto es la hamburguesa o el solomillo”, concluye Cueto.