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Mujeres y policías

Berna G. Harbour une plasticidad verbal, precisión y potencia figurativa en el regreso de su comisaria María Ruiz Pfeiffer

Mujeres y policías

Vuelve la comisaria María Ruiz Pfeiffer, el personaje de Berna González Harbour. Destinada o desterrada en Soria, “territorio helado y sin crímenes”, la comisaria se distrae escarbando en un asesinato caduco, el caso de una envenenadora de hace más de 60 años. Y de pronto se ve en Santander, de visita a un colega enfermo, “maestro, hermano, padre, amigo”, que se enfrenta a un caso difícil: en un coche que lleva meses abandonado aparecen un gato muerto, una gaviota devorada y el cadáver descompuesto de una mujer en el maletero.

Ausente el amigo para siempre, la comisaria asume como un deber moral, por su cuenta y contraviniendo las normas, la solución del jeroglífico. La Santander de Las lágrimas de Claire Jones abarca un antro de copas, chicas y policías de servicio con placa y pistola como clientes fijos, y la zona noble: las casas señoriales de La Magdalena, hogar de alguna familia inglesa de clase alta, y el edificio Siboney.

En ese mundo los defensores del orden se dividen en dos, buenos y malos: Ruiz y sus amigos contra los demonios, empezando por un alto jefe policial, torturador en otra época y corrupto siempre. Los malos son bastante repulsivos: policías “ejemplares en los desfiles de uniforme”, obscenos, viciosos, maniacos en general. Continúan una tradición de policías criminales: las criaturas convulsas de James Ellroy, los policías de Sed de mal, de Whit Masterson, y La dama del lago, de Chandler. La trama es fiel a la actualidad mediática: mujeres maltratadas, explotadas sexualmente, asesinadas. Las protagonistas pertenecen a la familia Jones: la huérfana y casi adolescente Claire, la madre desaparecida con una cantidad millonaria destinada a refugiados de la guerra civil española y de otras guerras venidas después.

Berna G. Harbour une plasticidad verbal, precisión y potencia figurativa, y añade a Las lágrimas… una rememoración subterránea del posfranquismo perpetuo que nunca pasó por el antifranquismo: socio del antiguo régimen, el patriarca de los Jones, marido de la desaparecida y padre de la niña muerta de la novela, “forzó un pacto de silencio” sobre los secretos familiares para dejarlo “todo atado y bien atado”.

Las lágrimas de Claire Jones. Berna González Harbour. Destino, 2017 352 páginas. 18,50 euros.