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El ‘xiquet’ que dice no

Raimon deja los escenarios este fin de semana con un último concierto en Barcelona, 54 años después de ‘Al Vent’

Raimon en una actuación en el Palau de la Música el 5 de mayo. Ampliar foto
Raimon en una actuación en el Palau de la Música el 5 de mayo. Redferns

El padre de Raimon (Raimon Pelegero, nacido en Xàtiva, Valencia, el 2 de diciembre de 1940) era el presidente de la banda municipal de música cuando el chico tenía seis años. A esa edad el padre lo hizo subir al escenario en el homenaje a un director que acababa de morir. Raimon tocaba la flauta, o el flautín, pero esa vez el padre le dio para que leyera unos versos. Empezaban así: “Faltaba un músico en el cielo…”.

Ahora Raimon tiene 77 años y se despide de los escenarios, vestido de rojo o de blanco, rodeado de unos pocos músicos, acompañado de una guitarra con la que grabó en 1963 (la había compuesto en 1959) una canción que ahora le siguen pidiendo como un himno intergeneracional. Hasta mañana la corearán con él los numerosos espectadores que no han querido perderse la despedida del chico de Xàtiva recriado en Barcelona ante el que el Palau de la Música se ha rendido este mayo.

Aquella canción, Al Vent, sigue siendo su emblema; se nota cuando empieza a rasgar la guitarra: todos hemos vivido las ganas de vivir, de tocar, de mirar, de acabar con la costumbre de bostezar en medio de la rutina del tiempo. Al vent del món! Un grito de alegría. Manuel Sacristán, el filósofo marxista, dijo que esa canción encantó a los jóvenes de entonces (y a los maduros de después) porque señalaba partes del cuerpo, era concreta y plausible, cantada, además, como si fuera rock. Una canción que produce ganas de correr, de abrazar, de ser felices.

Foto del artista Raimon con 6 años, en 1947. ampliar foto
Foto del artista Raimon con 6 años, en 1947.

Alguna vez dijo Raimon, que tiene un humor coronado por una risa contagiosa, que si no hubiera cantado esa canción seguramente hoy sería un catedrático de Historia jubilado, viviendo quizá en Xàbia, donde tiene la casa de las vacaciones. Y cuando la cantó por primera vez, a los 18 ó 19 años, los compañeros creyeron que era la traducción de una letra que encontró por ahí.

Luego vinieron Som, cuya poesía coreaban, emocionados, los espectadores del Palau estos días, y Diguem no, que ha sido una explosión de rabia útil para todas las causas y edades. Y nació, en efecto, contra el miedo, contra la sangre inútilmente derramada, contra la tortura. Y surgió por un motivo concreto: sus compañeros querían llevarlo a escuchar canciones de Brassens. Él no quiso ir: tenía exámenes. A sus compañeros los agarró la policía, los encarcelaron. Él se quedó fuera de la pesquisa y de la tortura. Y escribió Diguem no.

Pasó la censura 

La censura la dejó pasar, con una condición: que el título diera por supuesto que el objeto de la canción era el pasado. Así que en aquellos tiempos fue Ahir (Diguem no). Hoy puede decirse que aquella quizá fue la primera canción protesta de España. Y su origen fue también lo que había leído, en francés, al principio de El hombre rebelde, de Albert Camus: “¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no. Pero negar no es renunciar: es también un hombre que dice sí desde su primer momento. Un esclavo, que ha recibido órdenes durante toda su vida, juzga de pronto inaceptable una nueva orden. ¿Cuál es el contenido de ese ‘no’?”

Ese impresionante grito rasgó sus símbolos iniciales y ahora sirve para todas las causas. Diguem no sigue el camino de los mitos desde que nació en la voz camusiana del cantante.

Detrás de esa canción está, además, la memoria personal del Raimon chico: su padre era de la CNT, fue encarcelado por Franco, él nació fruto de un permiso carcelario, y sus primeras salidas también fueron a la cárcel, con su madre, vestido de bebé. La posguerra fue un largo suplicio, un tiempo de silencio que él evoca en otras canciones suyas. Dejó Xàtiva y estudió en Valencia. Historia. Leyó a los de entonces, Pearl S. Buck, Lajos Zilahy, discutía con sus compañeros sobre la existencia de Dios, sobre el sentido de la vida; llegó a él La peste, de Camus, descubrió, gracias a Joan Fuster, el valor incalculable de la lengua catalana, leyó a los poetas antiguos y presentes de ese idioma (Espriu, Ausiàs March), y a partir de los veinte años, cuando ya había rasgado el cielo de su vida con Al vent y con Diguem no, se convirtió en un mito sobrio, independiente, leal con su cultura y con un amor que también está en sus canciones: Analissa, que vino a su vida “desde aquel país de Italia”.

En la foto que ahora le devuelve a los seis años están, si nos fijamos bien, la cara, la apostura, la sobriedad, que es también ética, esencial, de Raimon Pelegero, el hombre que dice no, que sigue diciendo no, y que se despide. Como escribió hace una semana J. M. Espinás en El Periódico, es imposible que Raimon se despida. No es retirable. Dentro lleva, la energía del muchacho que recitaba versos en la fiesta luctuosa de un día en Xátiva, hace 71 años.

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