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Rostropóvich, el músico total

El violonchelista ruso se mantiene, en el 90º aniversario de su nacimiento, como un gigante de la interpretación

Rostropóvich, en el muro de Berlín en 1989.
Rostropóvich, en el muro de Berlín en 1989.

Apurando al máximo, la historia del violonchelo del siglo XX puede resumirse en tan solo dos nombres: Pablo Casals y Mstislav Rostropóvich, cuyo padre había sido a su vez discípulo del violonchelista catalán, por lo que uno y otro forman dos mitades de un mismo círculo. Ambos compartieron asimismo profundas convicciones democráticas, incompatibles con la falta de libertad que se vivía en sus países, y que denunciaron sin descanso: Casals fue un símbolo internacional del antifranquismo y murió en Puerto Rico, tras un larguísimo exilio, en 1973; Rostropóvich vivió en un permanente tira y afloja con las autoridades soviéticas que estalló con la defensa a ultranza de su amigo Ale­xandr ­Solzhenitsin, al que dio cobijo en su casa, y con la carta abierta que envió a Pravda en 1970 denunciando la intolerable represión que padecían intelectuales y artistas.

Cuatro años después, como Joseph Brodsky y Mijaíl Ba­rishnikov, abandonaría el país, al que regresó tras el desmoronamiento del régimen comunista. Slava, como todos lo llamaban, murió en Moscú en 2007, tan solo cuatro días después de Borís Yeltsin, a quien se había apresurado a apoyar con denuedo en 1991 frente a los insurgentes involucionistas.

El repertorio actual para violonchelo resulta también impensable sin uno y otro. Casals desenterró las Suites de Bach y situó varios conciertos clásicos y románticos a la altura de los escritos para violín y piano. Rostropóvich sirvió de acicate e inspiración para que infinidad de compositores —de Shostakóvich a Britten, de Prokófiev a Messiaen, de Dutilleux a Lutoslawski, de Pende­recki a Gubaidúlina— compusieran nuevas obras para su instrumento. Estrenó más de un centenar, revolucionando para siempre el estatus del violonchelo, que representó en su país con el mismo genio y la misma firmeza con que David Oistrakh se erigió en epítome del violín y Sviatoslav Richter del piano.

Rostropóvich sirvió de acicate e inspiración para que infinidad de compositores crearan nuevas obras para su instrumento

Los tres grabaron en plena Guerra Fría el Triple concierto de Beethoven con Herbert von Karajan y la Filarmónica de Berlín, todo un golpe de efecto en su día. Y ese es uno de los 40 discos ahora reeditados por Warner Classics en una caja publicada ayer que recuerda muchos de los logros del soviético. Gran parte de estas grabaciones son justamente legendarias, como sus versiones cimeras del Concierto de ­Dvorák con Giulini, del Doble concierto de Brahms con Oistrakh y Szell, del Don Quijote de Strauss con Karajan o del Concierto de Lutoslawski bajo la dirección del compositor. Aunque es infinitamente más lo que invita a conocer, o rememorar, esta colección, completada con grabaciones infrecuentes realizadas en Moscú, siempre en directo, con obras de sus amigos (el primero, siempre, Shostakóvich, al que idolatraba), al lado de sus amigos (­Bernstein, Ozawa; su mujer, Galina) y ejerciendo siempre de padre espiritual y nexo de unión con las generaciones más jóvenes (Mutter, ­Bashmet, Kremer).

Elizabeth Wilson, su discípula y biógrafa, firma un espléndido artículo en el lujoso libro que incluye la caja, maravillosamente ilustrado y pródigo en información sobre los logros infinitos de este intérprete irrepetible, cantado por Louis Aragon en uno de sus discos. Y el buen aficionado hará bien en completar estas joyas con las grabaciones publicadas por otros sellos: muy especialmente, sus históricas interpretaciones con Benjamin Britten y su notable discografía como excelente director y pianista. Slava fue un músico total.