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Tentativa de demolición

La argentina Betina González firma una novela falta de nervio contra la familia como vertebradora de la sociedad

Betina González retratada en el barrio Palermo de Buenos Aires en 2014.
Betina González retratada en el barrio Palermo de Buenos Aires en 2014.

Desde el título mismo, América alucinada se proyecta como una inmersión en un estrato social no coincidente con una propuesta realista. Sin embargo, la prosa de Betina González (Buenos Aires, 1972) se articula con la formalidad de un informe que enlaza tres historias de muchos meandros con un punto de partida cargado de desasosiego: Vik, un inmigrante enfermo y temeroso que, a raíz de la instalación de cámaras de vigilancia en el interior de su vivienda, descubre que una mujer se ha instalado en su casa; el discurso que Beryl, una anciana interna en un geriátrico, dirige a una doctora sobre su experiencia en una comunidad ­hippy, que la llevó a extraviarse con el sexo libre y las drogas, en la actualidad “fuera de curso desde 1969” y ahora promotora de un club de caza entre los viejos para matar los ciervos que proliferan a lo bravo por la comarca, tocados por una “locura animal”; Berenice, una niña que se despierta en el departamento de su madre con indicios que serán concluyentes de haber sido abandonada. A estas historias hay que añadir la presencia mítica de una flor alucinógena, llamada albaria o Flor de la Conciencia, que propicia por igual la demolición de la realidad y la enajenación. Y, a manera de una errática rebelión, la actuación de los “desadaptados”, individuos y parejas que “predican la vuelta a la naturaleza, la deserción de los deberes cívicos y la vida alucinada en los bosques”.

Tentativa de demolición

Así expuesta, se podría deducir que esta novela deriva hacia la exposición de un mundo apocalíptico. No es el caso, pero la suma de diferentes géneros, con algunas pesarosas disquisiciones que pasan por consejos paternales, como la explicativa disertación del señor Müller a la huérfana Berenice casi al final de la novela, obligan a pensar que hay algo en estas páginas que no termina de rescatar su valor. La combinación para fusionar las tres historias, enlazadas mecánicamente, promete un desarrollo narrativo que constantemente se quiebra por la acumulación de sucesos del pasado que tienen una entidad próxima al ensayo. Cosa que paraliza el curso del relato, con la sensación de estar siempre comenzando. Y cuando la narración reclama su función (por ejemplo, en el encuentro físico de Vik con la mujer oculta en su armario), los personajes se muestran muy poco propicios a revelar sus miedos, que precisamente era la causa de la tensión que los mantenía alertas. Lo mismo cabe decir del final de la novela con la revelación sentimental de la vieja Beryl y la niña Berenice, cuya concurrencia postula la que tal vez sea la más grave impugnación de América alucinada: que la familia es una institución degradante y a ella se deben los males más arraigados en nuestra civilización.

No cabe descreer del noble impulso que ha guiado a Betina González a embarcarse en un proyecto de demolición de la base en que se sustenta la sociedad. Pero le ha faltado nervio, pues si bien es más que meritoria su capacidad para distorsionar la materia social, no consigue transmitir el trastorno que debían suscitar ciertas frases que pone en boca de sus personajes, afectadas de una retórica más acartonada que vibrante, como esta declaración de la vieja Beryl: “Logré verme como lo que soy, doctora: una pasajera más del naufragio más terrible que haya sufrido una época, un país, una generación completa; una sobreviviente del ruido que hacen los mil y un cerrojos del mundo al estallar demasiado tarde y demasiado fuerte”.

América alucinada. Betina González. Tusquets, 2016. 256 páginas. 18 euros

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