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Medio siglo de la irrupción épica y edípica de The Doors

A principios de 1967 se editó ‘Break on through’, el primer ‘single’ de un disco revolucionario por su sonido y sus planteamientos dionisiacos

The Doors: de izquierda a derecha, el guitarrista Robby Krieger, el cantante Jim Morrison, el baterista John Densmore y el teclista Ray Manzarek, en una actuación en Nueva York, en junio de 1967.
The Doors: de izquierda a derecha, el guitarrista Robby Krieger, el cantante Jim Morrison, el baterista John Densmore y el teclista Ray Manzarek, en una actuación en Nueva York, en junio de 1967. GETTY IMAGES

Puedo recordar nítidamente la primera vez que escuché a The Doors, a principios de 1967. En uno de sus programas de radio, Ángel Álvarez pinchó Break on through. Al otro lado de las ondas, la sensación inmediata fue: "Esto suena diferente". Era extremadamente raro que aquí se pinchara un disco que (todavía) no había alcanzado el éxito en su país, pero resulta que Álvarez, que volaba regularmente a Nueva York por su trabajo en Iberia, tenía contactos con Elektra Records. Y Elektra, sello folky en transformación, era una compañía venerada en Caravana, el club de melómanos formado alrededor del locutor. Con el tiempo, las cañas se volvieron lanzas: Jim Morrison fue vituperado en los boletines de Caravana por el desmadre de Miami en 1969: se suponía que se masturbó en público; el pacato subtexto sugería que "así no se deben comportar nuestros artistas".

¿De qué modo sonaba diferente? Bien, la batería de John Densmore en Break on through seguía patrones de bossa nova; uno podía imaginar que había detrás un aspirante a tocar jazz. El órgano Vox Continental de Ray Manzarek era un instrumento de exploración, alejado de los ecos religiosos del entonces dominante Hammond; todavía no sabíamos que usaba un tecladito Fender Rhodes para imitar al bajo, aunque en algunos temas de The Doors se añadió un bajo de verdad. La guitarra de Robbie Krieger era limpia, lírica, económica: tocaba sin púa y se notaban sus estudios de guitarra española. Y luego estaba Jim.

Así se forjó el sonido

Las maquetas previas al primer álbum muestran a unos Doors livianos, con Manzarek tocando el piano y un Morrison que todavía no había hallado su vozarrón. Cabe imaginar que endurecieron su sonido durante la temporada en que se enfrentaron al público jaranero del Sunset Strip, aumentando el repertorio con la calenturienta Gloria, de Them. A pesar de todo, en agosto de 1966, cuando entraron en el estudio por cuenta de Elektra Records, todavía estaban algo verdes.

Fue el productor Paul A. Rothchild quien les puso firmes. Rothchild, que ya había lidiado con grupos problemáticos como la Paul Butterfield Blues Band, era una figura de tolerancia pero también ejercía su autoridad. Experto en liar cigarrillos de marihuana, les explicó que no quería una banda de bar ni mucho menos un combo lounge, tocando jazz con poesía cantada. Debían mirar dentro de sí mismos, localizar sus demonios y proceder a exorcizarlos. Eso hicieron.

Morrison usaba su voz de barítono de forma cálida, vocalizando con claridad. Más Frank Sinatra que Elvis Presley, por citar dos de sus influencias. Fácil entender el hecho de que los hipsters de Nueva York, nucleados alrededor de Lou Reed y Velvet Underground, le detestaran desde el principio. Con su belleza, sus rasgos angelicales y su arrogancia, parecía un anuncio de las virtudes de la raza californiana. Excepto que no había tal cosa: nacido en el seno de una itinerante familia militar, Jim carecía de raíces hasta que se instaló en Los Ángeles.

Un sector importante de la crítica musical, comenzando por el patriarca Robert Christgau ("Morrison suena como un gilipollas"), cargó inmediatamente contra The Doors. Sospecho que a los Doors se les notaba mucho sus estudios: venían de la UCLA, University of California at Los Ángeles. Exhibían la munición intelectual proporcionada por sus profesores: invocaban desde el Teatro de la Crueldad de Antonin Artaud a los textos de Aldous Huxley (Las puertas de la percepción les proporcionaría su nombre). Conectaban con zonas obscuras de la cultura europea, con aciertos como recrear Alabama song, una pieza malévola de Bertolt Brecht y Kurt Weill.

Les creían unos pedantes pero los Doors eran simples hijos de la contracultura, con la obligada fascinación por la India. Manzarek y Densmore se habían conocido en clases de meditación trascendental; su pieza más épica (y edípica), The End, respondía a los esquemas de lo que entonces se conocía como raga rock, música inspirada por las piezas de Ravi Shankar.

Amor por el 'blues'

Se apreciaba también la querencia por el blues, común a aquella generación. Con una diferencia: mientras que la mayoría de sus coetáneos usaban el blues para exhibiciones instrumentales, Morrison buscaba su sustrato, el impulso erótico. Se plasmaba en sus versiones de la insinuante Back door man, de Howlin’ Wolf, o la fálica Crawling King snake, de John Lee Hooker.

En una de sus mejores ocurrencias, Morrison describió a los Doors como "erotic politicians". Es decir, estaban politizados, como buena parte de la juventud estadounidense, pero su principal preocupación era el erotismo, como forma de conocimiento, como radical ruptura con la sociedad heredada de sus padres. Tras ese primer single conteniendo Break on through (to the other side), su declaración de intenciones, impactaron con el segundo single sacado de The Doors.

Light my fire llegó al número uno, en una edición truncada, que eliminaba el sinuoso desarrollo de órgano y guitarra que parecía escenificar la intensa sesión de drogas y sexo sugerida por la letra. Ese recorte fue la única concesión aceptada Jim Morrison, que cantó el texto original en el Ed Sullivan Show, ignorando la prohibición de los responsables del programa. Esta banda, intuíamos, iba a ser refractaria a las componendas.