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Gracias por la maravilla, John

El compromiso de Berger era escribir

John Berger, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, en 2006.
John Berger, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, en 2006.

Cuando vio la comitiva del entierro de un niño, el poeta Antonio Tovar no pudo reprimir un grito de protesta: “¡No estoy de acuerdo!”. Acaba de anochecer. La niebla, tan espesa, ocupa la ciudad portuaria, como la redoma de una tierra de árboles exiliados y farolas anfibias. La noticia de la muerte de John Berger llegó por una sucesión de telefónicos pitidos tartamudeantes, indecisos, como si esa información buscará su propio lenguaje, un morse, un braille, un código internacional de banderas marinas. Sea como sea, no estoy de acuerdo. Digan lo que digan, es una injusticia. Me gustaría llenar de grafitis los deslugares con pintadas de sus poemas sin fecha, porque escribía en “otro tiempo”, con chispas del pasado que reactivaban el presente. Pero no puedo hacer nada.

O tal vez, sí. En G., esa novela construida como un arca, una vanguardia clásica que emerge cada día con nuevos significados, pese a la conspiración de silencio de los productores de literatura transgénica. Allí, en G., aparecida en 1972, se describe una carga de caballería contra obreros y familiares en el Milán de 1898, la violencia sobre los indefensos, de tal manera que ningún lector puede decir: “Yo no estuve allí, no sé nada”. Nadie que abra ese libro puede dejar de oír cómo lo abren a él las bisagras de la historia. Tienes que hacer algo, podemos hacer algo: “Escribe cualquier cosa. Habla, pero habla con ternura, porque es toda la ayuda que puedes prestar. Construye una barricada de palabras, tanto da lo que signifiquen”.

El compromiso de John Berger era escribir. A esta idea del compromiso habría que añadir: Y todo lo que escribes te compromete. Berger llevó al extremo la condición germinal y sensorial del lenguaje. La arqueología habla de la línea de lo inaccesible: no se puede ir más allá en la búsqueda. Berger traspasaba esa línea con una íntima complicidad del activismo del sentir y del pensar. No era el discurso el que generaba una literatura. Nunca situó la literatura como subalterno de un poder doctrinario o ideológico. Eran las palabras, esos seres vivos, con sus heridas, torturas y hematomas, las que lo conducían al lugar de la lucha, allí donde el humor llora y el dolor ríe. Nadie como él escribió sobre las artes. Porque la enigmática relación con la realidad. La literatura, como el ensayo creativo, pueden reflejar y luchar la realidad, pero también crean otra realidad: el libro es un mundo y ese mundo contiene una naturaleza.

Lo recuerdo otro anochecer en Galicia, en la hora de entre perro y lobo, alrededor de un fuego, en un monte cercano al río Mandeo de Betanzos. Año de 1994. Escuchaba muy atento la información de que el ser vivo con más sinónimos en la lengua gallego-portuguesa es la luciérnaga, empezando por su denominación más popular: vagalume. Más de cien nombres. Aquella noche, en A Espenuca, sus ojos tenían el brillo de luciérnagas. De manera muy discreta, dibujaba en un cuaderno con los tizones más pequeños de la hoguera. Adoraba la luz, se adentraba en el misterio.

En una de sus últimas comparecencias en un acto en homenaje a la resistencia contra el nazismo en la Alta Saboya, se felicitó por la presencia de jóvenes, por el encuentro entre generaciones. Ese mismo día comenzaba en Madrid, y él así lo anota, el movimiento de los indignados del 15-M. Llovía y granizaba en la alta montaña. Pero la historia estaba allí no como fantasma sino para rescatar la esperanza y la resistencia frente a lo inaceptable. Y él escribió: “Todas las palabras, al igual que aquellos que las escuchaban, tenían los pies en el suelo”. Como sus libros. Aquí están, de pie. Gracias por la maravilla, John. Y por la rebeldía y la generosidad.

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