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MÚSICA

La fiesta ‘dance’ en tiempos de Reagan

'Life and death on the New York dance floor' radiografía la riquísima e ignorada historia cultural de Nueva York al inicio de la década de los ochenta

Futura y Patti Astor en 1981. Ver fotogalería
Futura y Patti Astor en 1981.

El estudiante Archie Burnett salía de su casa a escondidas para ir a bailar. “Copiaba los movimientos que veía en la tele de alguna sesión en Studio 54 y le añadía ritmo, actuación, lo que fuera”, explica. La madre de Burnett pensaba que estaba adorando al diablo, porque en su casa eran adventistas. En realidad su santuario era The Loft, el espacio ubicado en el Soho, creado por el recientemente fallecido David Mancuso, dónde se mezclaban estilos, músicas y razas a un ritmo atronador.

Basquiat, ejerciendo de DJ en Area, en 1986. ver fotogalería
Basquiat, ejerciendo de DJ en Area, en 1986.

La historia de Burnett es solo una de los cientos que recorren Life and death on the New York dance floor 1980-1983 (Duke University Press) el último libro de Tim Lawrence, que radiografía la riquísima e ignorada historia cultural de Nueva York al inicio de la década de los ochenta. El autor que ya había tratado la era post disco de los setenta con Love saves the day, captura aquí la esencia de una megalópolis que tiene que negociar entre la aparición del rap, el colapso de la música disco y el agotamiento de la estética punk que favorecería la new wave. Entre 1980 y 1983, Nueva York sería la meca de una escena mutante y electrónica, que mezclaría hip hop, arte, baile y libertad absoluta antes de la llegada en bloque de la era Reagan a la ciudad, que lo cambiaría todo.

Así, por sus páginas circulan, además los legendarios djs David Mancuso, Larry Levan y el padre de la música house Frankie Knuckles, las discotecas Mudd Club y Danceteria -que tendrían entre sus asiduos a una jovencísima Madonna y el pintor Jean-Michel Basquiat-. Pero también a infinidad de anónimos bailarines, artistas, modelos y activistas culturales que ayudan a configurar el renacimiento de una ciudad que había sido carcomida durante los setenta por la pobreza. No en vano, un testimonio relata “cuando venían a atracarte, muchas veces tenías que decir 'lo siento tío, no tengo nada'”.

Pista de baile de The Paradise Garage. ver fotogalería
Pista de baile de The Paradise Garage.

Nueva York se convirtió durante esa horquilla en el epicentro de una explosión artística y efímera que alguien tenía que recuperar. Lawrence lo hace como memoria colectiva: se suceden los grafitis, las sesiones de dj's , los desfiles de moda y las inauguraciones de arte underground en un tejido multidisciplinar en el que todo se contamina y se potencia. Así, la ciudad es marco pero también protagonista: esos cuatro años, que siempre se habían considerado amorfos y puramente hedonistas en la historia de la música, son en realidad una amalgama de posibilidades musicales y sociales.

La tesis de Lawrence es esa: el eclecticismo de ese momento es comunitario y no tiene paralelismos en influencia e importancia histórica. La mezcla de músicas, razas, movimientos feministas, LGTB y contra la guerra eclosionan en una fiesta artística que influiría directamente a clubs- Tenth Floor, Gallery, Flamingo, 12 West- y maneras de concebir la música dance. Y se trató de una fiesta interracial y multisexual en el que no eras apartado por problemas de vestuario o esnobismos como en el archifamoso Studio 54.

Portada de la revista 'East Village Eye', en 1982. ver fotogalería
Portada de la revista 'East Village Eye', en 1982.

Antes de que Wall Street fuera Wall Street

Por sus páginas desfilan los habitantes de una ciudad justo antes de que cambiara para siempre por la introducción de las políticas neoliberales de Ronald Reagan. El alma de la fiesta neoyorquina era un movimiento de posibilidades, oportunidades y exploración a través de sus fiestas privadas y espacios públicos.

Pero también evoca la muerte: los estragos del sida se hicieron patentes en una población queer que definió la escena de la fiesta en la ciudad y que quedó diezmada. En 1983, el sida alcanzó las proporciones de una verdadera epidemia en Nueva York. Simultáneamente, el gobierno reducía drásticamente su gasto público, contribuía a desregularizar el sector bancario y recortaba los impuestos a los más ricos. Es entonces cuando comienza la inflación desmedida en el sector inmobiliario, y con ello, lo que vino después: el desplazamiento de todos aquellos que no se pueden permitir una vida adinerada en Manhattan, y la organización de una ciudad mucho menos democrática.

En 1984, para cuando Ronald Reagan era reelecto, la fiesta había terminado.