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Crítica | Concierto de Richard Goode

Grande

Richard Goode mostró su sabiduría armónica y formal en la plasmación de las transiciones en las dos obras de más envergadura

El pianista Richard Goode durante un concierto en Los Ángeles en enero de 2015.
El pianista Richard Goode durante un concierto en Los Ángeles en enero de 2015. Getty Images

Bastaba, antes de escuchar una sola nota, con mirar el programa de Richard Goode para darse cuenta de que nos aguardaba una cita con un gran músico. Aunar a Bach y Chopin, sin otra compañía, es un emparejamiento tan natural, y casi necesario, que resulta extraño no verlo propuesto con más frecuencia. Aunque estilísticamente parezcan estar en las antípodas, las capas más profundas de la música de uno y otro revelan una asombrosa semejanza. Cuando el polaco viajó a Mallorca en 1838 llevó por toda partitura en su equipaje El clave bien temperado y el principal fruto de aquella estancia fueron, no casualmente, sus veinticuatro Preludios op. 28, otro completo recorrido circular por todas las tonalidades mayores y menores. Liszt ya lo calificó en su temprana biografía de “un alumno entusiasta de Bach” y cuando Wilhelm von Lenz, el primero en acuñar la distinción de los tres períodos beethovenianos, le preguntó en una carta cuál era su modo de preparar los conciertos, Chopin le contestó: “Me encierro durante un par de semanas y toco Bach. Esa es mi preparación, no estudio mis composiciones”. El alemán era, como él mismo confesó, “mi pan cotidiano”.

Goode eligió para su primera parte un díptico sorprendente: el Concierto italiano y las quince Sinfonías. El primero revela hasta qué punto absorbió Bach los principios de la escritura concertante nacidos en Italia, mientras que la segunda es una de sus partituras pedagógicas, concebida para que los estudiantes de un instrumento de teclado (clave, clavicordio, órgano o piano, tanto da) ejerciten la independencia de dedos y manos, en este caso en composiciones a tres voces, una más que las menos ambiciosas Invenciones. El Bach de Goode es vívido, sensible y diáfano: el peso gravita constantemente entre ambas manos, pero es la izquierda la que más nos sorprende por su inusual elocuencia y protagonismo. Algunas de las Sinfonías (segunda, quinta, novena y decimotercera, sobre todo) fueron memorables: páginas breves, efímeras, como muchas de las de Chopin, pero con una sustancia musical potente, concentrada, conformadas por Goode como universos autosuficientes, perfectamente cerrados sobre sí mismos.

Una de las grandes enseñanzas que extrajo Chopin de la música de Bach fue su portentoso dominio de la conducción de las voces, y ese fue también el aspecto que más resaltó Goode en las diez obras que integraron la segunda parte de su recital: cuatro mazurcas, otros tantos nocturnos y dos obras de mayor entidad y ambición, como son la Polonesa-Fantasía y la Barcarola, dos frutos señeros y coetáneo del último período compositivo del polaco. Goode hermanó las dos parejas de nocturnos por tonalidades relativas y tocó las mazurcas como si formaran un solo bloque unitario. Estas últimas son quizá las composiciones más esquivas de Chopin y, al mismo tiempo, las que quizá mejor revelen el alma más íntima de su lenguaje musical. Las versiones que escuchamos sonaron entroncadas, sobre todo, en Bach gracias a su carácter diáfano, contenido, casi severo a veces. Las cuatro que escogió Goode fueron revelando un pianismo que no cesaba de crecer (la segunda fue mejor que la primera, la tercera aún mejor que la segunda y la cuarta fue insuperable). El estadounidense huye por igual de todo efectismo y del menor atisbo de preciosismo sonoro, tan habitual en este repertorio, aunque es difícil escuchar un sonido pianístico tan plural, tan hermoso, tan bien proyectado. La ornamentación no suena en ningún momento como un cuerpo extraño y se integra con naturalidad en el fraseo, donde jamás se abusa del rubato, aunque está siempre presente en mayor o menor medida. Goode, en fin, mostró su sabiduría armónica y formal en la plasmación de las transiciones en las dos obras de más envergadura.

Obras de Bach y Chopin.

Richard Goode (piano). Auditorio Nacional, 29 de noviembre.

Con su mujer, Marcia, pasándole las páginas con la misma discreción con que él hacía música a raudales a un nivel que pocas veces puede escucharse, Goode agradeció los aplausos del público con dos piezas fuera de programa. De él no podía esperarse ninguna elección banal y las afortunadas fueron la Mazurca op. 17 núm. 4 de Chopin y la Sarabande de la Partita núm. 1 de Bach. Se invertía el orden de los factores, pero el producto seguía siendo el mismo. Richard Goode —“el secreto mejor guardado de Estados Unidos”, como lo definió hace años Stephen Plaistow— se nos había revelado, una vez más, no solo como un gran músico (cosa que ya sabíamos de sobra y que proclamaba con voz clara y potente su elección de programa), sino como un gran, grandísimo pianista.