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La memoria de un siglo

Entrevista con el escritor alemán Ernst Jünger, que cumple cien años el 29 de marzo

El escritor alemán Ernst Jünger en 1978.
El escritor alemán Ernst Jünger en 1978. GETTY IMAGES

Ernst Jünger, autor de diarios claves sobre lo que se llamó la estética del horror, así como de un importante ensayo —El Trabajador— acerca de la cultura técnica moderna y sus repercusiones, está considerado, incluso por sus críticos más acerbos, como un gran estilista del idioma alemán, al que algunos incluso ponen a la altura de los grandes clásicos de la literatura germánica, cumplirá el próximo día 29 cien años y sigue, a pesar de esa edad bíblica, trabajando, fresco de cabeza y gozando de buena salud, en el pequeño pueblecito de Suabia, Wilfingen, en el que reside desde hace varios decenios, y donde, en vísperas del centenario, concedió esta larga entrevista a EL PAÍS.

P. Señor Jünger, el próximo día 29 cumplirá usted cien años, algo totalmente desacostumbrado y más entre escritores. ¿Qué supone eso para usted?

R. En casa de unos conocidos en Suiza, oí la historia de un campesino que acababa de cumplir cien años, y al que sus conocidos y familiares le preguntaban si no sentía miedo, pues la cosa no podía alargarse mucho más, a lo que el campesino respondió: "No, no tengo miedo, pues muy pocas veces leo en el periódico que haya muerto alguien de cien años". Quisiera añadir algunas cosas. Nací en 1895, el año en el que Rontgen descubrió los rayos X, y el año también en el que culminó el Affaire Dreyfuss. Esos dos sucesos tuvieron gran importancia para nuestro siglo, al menos para su primera mitad. Sin los rayos X, que utilizó luego Laue para realizar ciertas mediciones de objetos que propiamente estaban ya más allá de la imaginación humana, no habría bomba atómica. Y el Proceso Dreyfuss fue, propiamente, el enfrentamiento entre las fuerzas conservadoras y las democráticas, y el que hizo prosperar a estas últimas, lo que repercutió durante años. Mis primeros recuerdos infantiles están marcados por la conversación que mi padre tenia en la mesa sobre estos sucesos.

P. En un lugar de su obra cita usted un aforismo de Lichtenberg: "Las esperanzas, como las piernas, no deben estirarse demasiado". ¿Ha sido ésa la receta para llegar a edad tan bíblica, o hay alguna otra —física o psíquica para un logro tan desacostumbrado?

R. Eso lo tiene que ver cada uno. En todo caso, se debe ir al médico lo menos posible, y si se tiene una cierta fuerza vital, entonces se va también poco. Pero una receta general no existe. Cada cual debe vivir según su "gusto" (sic). Quizá eso pueda estar ya predeterminado en los genes. Se debe vivir para cada día, carpe diem, lo otro viene ya de por si, lógicamente.

"No he llevado una vida activa, sino una vida platónica; cuando he tratado con la realidad, ésta me ha defraudado"

P. En su obra juega un papel importante la figura del soldado. Curiosamente, en este siglo el oficial -y el militarismo— han dejado de ser un factor modelador del Estado. Del oficial hemos pasado al civil, y del civil al economista como modelador social. ¿Es el Economista el nuevo soldado de una nueva infantería?

R. Cierto, el soldado ha desaparecido, ha tenido que inclinarse ante el técnico. Todo eso lo he explicado detalladamente en El Trabajador. Personalmente estoy de acuerdo con una máxima que leí en Marx. Mi posición acerca de lo heroico, la adquirí como lector. La pequeña guerra de 1870-71, de la que se habló mucho entre nosotros y que estimuló una cierta arrogancia en Alemania, nunca me resultó particularmente imponente. Frente a eso, los cantos de Ariosto me produjeron una honda impresión. Llevé conmigo a Ariosto en el bolsillo del pantalón durante la 1ª Guerra Mundial. Y cuando, como lector, se avanza en el mundo ideal, entonces se siente uno desengañado por la realidad. Eso lo expresó Marx de una forma muy precisa. Con pólvora no es propiamente posible ningún heroísmo. Y eso se repite, una y otra vez, desde los orígenes. La técnica es, de por sí, algo totalmente contrapuesto al mérito guerrero. De un viejo tirano de Sicilia se cuenta que dijo cuando oyó que se había descubierto una balística especial: "Dios mío, se acabaron los dioses y el heroísmo". Y eso se ha repetido siempre. Esa contradicción existe desde el principio y ha alcanzado ahora con la bomba atómica un máximo que propiamente excluye totalmente las guerras. Me visitó aquí Moravia y conversamos en esta misma habitación con todo detalle sobre esto.

P. Es decir, que ya no hay guerras en el sentido clásico. ¿Y qué son entonces guerras como las de los Balcanes, el Golfo u otras semejantes?

R. No, ya no hay guerras, y si hubiera una porque alguien apretase, por descuido, el botón rojo, eso sería para ambas partes aniquilador, porque las armas no sólo pueden arrasar toda una superficie, sino que pueden también cubrir y arrasar el globo completo. Ésa es una de las razones por las que el Estado Mundial se hace propiamente indispensable. Respecto a esas guerras citadas, hay que verlas desde dos perspectivas. Primero, la guerra de los Balcanes es comparable a las guerras de Diadochen y, en segundo lugar, esas guerras contribuirán a una mayor concentración, lo que ya se ve en el papel de la ONU.

P. Usted escribió que son mucho más necesarios los filósofos de la historia que los físicos atómicos. Nos hallamos, sin embargo, ante el hecho paradójico de que cada vez hay menos filósofos de la historia y una ciencia que hace como que tiene el monopolio de la interpretación del mundo. ¿Qué puede decir de todo eso?

R. Nietzsche hizo aprecia­ciones muy proféticas. En mi opinión, Nietzsche es el profeta de la era titánica. Afirmó "el si­glo XXI es mi hogar". Quisiera darle la razón en eso, en el sentido de que el acopio de energía sera tan enorme que ya no se sabe cómo el ser humano podrá controlarla. Tendría que surgir, como también pide Nietzsche, un nuevo tipo de hombre, él lo denomina el Superhombre. Y que para mí es la Gestalt del Trabajador, un concepto que ha sido malinterpretado, incluso por cabezas extraordinarias. Tanto Spengler como Carl Schmitt me acusaron de proclamar el canto del proletario. No es así, sino que es una visión neoplatónica del Trabajador, es decir, una visión de la substancia titánica.

P. A propósito de ese tita­nismo, usted ha interpretado repetidamente el siglo XXI como el siglo de la lucha entre dioses y titanes, y ha anunciado tanto la vuelta de los dioses como que el siglo XXI será un siglo de titanes. ¿Qué puede decir usted hoy de todo eso?

R. Eso es cierto. Esa lucha entre titanes y dioses es, como ya dijo Hesíodo y también los filósofos griegos, infinita e in­temporal. Comienza con el tiempo y va más allá del tiempo, y estaba ya en marcha mucho antes de que se pudiera pensar en un ser humano o en una naturaleza orgánica. Los dioses tienen por hogar la intemporalidad, mientras que los titanes viven totalmente en el tiempo, y en este momento el tiempo está en su floración. Con nuestras máquinas medimos la desintegración del átomo y cosas así que tocan ya las últimas fronteras de lo intemporal, y lo mismo con nuestras expediciones al cosmos y con nuestros telescopios, con los que vamos hasta las fronteras del universo.

P. Usted escribió que con la Segunda Guerra Mundial se había llegado al final de la era burguesa, y en general ha hecho duras críticas a la burguesía, a la sociedad que hoy llamaríamos liberal. Ahora resulta que, con la caída del muro, más que al final de la era burguesa asistimos a su triunfo respecto al fascismo, al socialismo o al comunismo. ¿No ha sido refutada su postura sobre la era burguesa?

R. Pero la caída del muro, que me alegró mucho, es sólo un fenómeno efímero dentro de los grandes cambios que se consuman. Hay que considerar primero al Este y al Oeste y esas contraposiciones gigantescas, que comienzan ya con la Historia, desaparecen en el caso de que se llegue al Estado Mundial. Y en la praxis, es decir, técnica y quizá filosóficamente, el Estado Mundial ya existe. Ya no hay contraposiciones. Respecto a lo dicho sobre la burguesía, lo corregiría hoy, cosa que también Spengler me reprochó. Pero la desaparición del muro es un acto efímero, que repito que me ha alegrado, pero que sólo es un acontecimiento en un avance progresi­vo que causa un cierto equili­brio entre Este y Oeste.

P. En su vida, siempre ha estado muy presente tanto la fan­tasía como la aventura. Usted mismo dice en algún lugar que la aventura ha quedado reduci­da a una especie de parque natural. La aventura se ha degradado hoy a turismo. Y con las ideas hacemos como con el turismo: ver sólo los estereotipos que están dentro del programa de turismo intelectual. ¿Hay una destrucción de todo camino aventurero o no convencional?

"Con pólvora no es posible ningún heroísmo. La técnica es, de por sí, algo totalmente contrapuesto al mérito guerrero"

R.Bueno, quizá se pueda decir así. La técnica destruye naturalmente en parte la aven­tura. Es decir, una playa, una playa deshabitada, que visito, si quiero volver a ella diez años después, ha surgido allí una ca­dena de hoteles. Ya mi padre me advirtió: "Si te ha gustado un lugar, no vuelvas nunca más, pues eso solo puede llevarte a la frustración". Pero si alguien vuelve a la luna eso tiene también algo de aventura. Lo que, naturalmente, también tie­ ne algo de frustración, pues la vieja diosa Selene es, en cierta manera, desflorada.

P. En sus diarios hay una se­ríe de observaciones críticas sobre Hitler y sobre sus deficiencias de carácter. ¿Qué opinión tiene usted hoy retrospectiva­mente de la figura de Hitler y de sus repercusiones?

R. Me parece completamente catastrófico que haya crecido en Viena, donde Lueger y otros expandieron un antisemitismo monstruosos. Si Hitler no hubiera seguido ese antisemitismo, si no hubiera cogido ya eso en su niñez, el mundo sería hoy totalmente distinto. Fue un transformador del mundo, pero en un sentido nada agradable.

P. Y si lo comparamos con otros dictadores de la época, como Mussolini o Franco, ve usted alguna diferencia esencial?

R. Hay diferencias. Sobre eso podrían decirse muchas co­sas. Mussolini se hundió, en lo esencial, porque se apegó de­masiado a las ideas de Hitler.

P. En el Glossarium de Carl Schmitt, éste se refiere a la ira que su "fría mirada" de "sismó­grafo" despierta entre críticos y adversarios, sobre lo que co­menta Schmitt que eso es como "la ira del director de un bal­neario hacia el médico que diagnostica un caso de peste en su establecimiento". ¿Ratifica­ría usted esa forma de ver las cosas?

R. Carl Schmitt, del que fui muy amigo, y que fue incluso padrino de mi hijo Alexander, a pesar de ser católico, tengo la impresión de que tomó a mal, lo mismo que Benn, el que yo no me uniera, como ellos, al movimiento. Pero no se lo tomó a mal. Yo ya se lo advertí: por ejemplo, cuando un día me dijo cuando íbamos por la calle que "el Führer pone orden"; a lo que le contesté: "puede que a nivel del derecho se pueda debatir acerca de eso, pero políticamente se arriesga usted a un la lectura de los grandes clásicos, de los grandes filósofos, y cuando me he metido en la realidad, ésta me ha defraudado en lo esencial. Y tendría que decir que coincido con Leon Bloy, quien dijo que en el momento de la muerte nos introducimos en la substancia de la Historia. Y qué puede ser la substancia de la Historia, no el tiempo, sino lo intemporal. En Tomás de Aquino encontrará usted también cosas parecidas. Quisiera pedirle que, cuando reproduzca la conversación, lo haga con gran precaución, pues como usted sabe, si suelto un pequeño ratón, mis adversarios en seguida hacen de él un dinosaurio.

P. Pero usted participó en dos guerras mundiales y ha visto muy de cerca la muerte y muchas otras crueldades.

R.Respecto a la crueldad, tengo que decir que no he tenido nada que ver con ella. Yo pertenezco al cuerpo de oficiales de Prusia, y en él no se ataca a personas desarmadas: puedo decir que algo así no me ha ocurrido nunca. Tomé parte activa en la I Guerra Mundial como capitán y en la segunda, en correspondencia a mi edad, estuve ya en los cuerpos de Estado Mayor. Y con Cocteau, Montherland, Giradoux, no dejé más que amigos en mi experiencia de la guerra. Lo que es cosa muy distinta. 

P. Después de tantísimos años y de haber conocido a tantísimas personas que jugaron un papel importante a lo largo de este siglo, ¿hay alguna que le haya impresionado especialmente? destacaría a alguna? 

R. ¿A quién destacaría? Hubo muchas, ciertamente muchas, pero no aquéllas de las que todos hablan. Con Ludendorff hablé personalmente, a Hindeburg lo veía casi cada semana, pero no me quedó ninguna gran impresión. El Kaiser Guillermo dijo una vez, parece ser, que Ernst Jünger había dicho que el príncipe debe caer en la lucha rodeado de sus últimos fieles y que hubiera querido hablar conmigo sobre eso. Me lo contó su segunda mujer. Para mí fue muy importante la figura de mi hermano Friedrich Georg. 

P. ¿Y de escritores, pensadores, artistas?

R. Para mí, como para mucha gente joven, Rimbaud supuso un acontecimiento elemental. Fue como una explosión. A propósito de explosión, Borges, que estuvo sentado en esta misma mesa, dijo que la lectura de Stahlgewitter, que realizó con diecisiete años, supuso para él una explosión. 

P. ¿Qué impresión le causó Borges? 

R. Primeramente, la impresión de estar con un ciego. Se sentó ahí, y le sostuve por el brazo. Nos resultamos instintivamente simpáticos, sí, y conversamos sobre el Estado de las hormigas, me dijo que la hormiga individual es casi una nada, cosa que yo puse en duda.

P. ¿Por qué lo puso en duda?

R. Porque no lo sé, pero, cuando observó una hormiga, veo que realiza movimientos muy inteligentes y que el Estado de las hormigas le ha salido a la naturaleza mucho más logrado y más redondo que el nuestro.

"Sabía más que los maestros, pero no podía mostrarlo. La superioridad en ideas de un discípulo sobre su maestro"

P. Por cierto, usted es, además de un escritor mundialmente famoso, también un reputado entomólogo. Varios insectos llevan su nombre. ¿Cómo ve usted, desde su perspectiva de naturalista, nuestra relación con la Naturaleza?

R. La relación con la Naturaleza es hoy, no sólo para mí, sino para muchas otras personas, una relación de sufrimiento. Los bosques amazónicos son destruidos, a los mares se los deja sin peces, la atmósfera ya se ve cómo está, en una palabra, se va ya directamente contra los elementos. Quizá los titanes sepan un medio para cambiar todo eso, aunque para los titanes la destrucción no es nada especial, en ese sentido también Hitler tenía un rasgo titánico, quería

destrozarlo todo. Se tiene a veces la impresión de que vamos hacia una catástrofe ecológica. Quizá tengamos que hacer mucho más respecto a la protección de la Naturaleza, al cuidado del entorno, y demás. Tenemos muchos parados, tendríamos que encargar a grandes masas de parados de esas cosas, eso no tendría un efecto instantáneo, pero sí uno duradero. 

P. ¿Sobrevivirá la Naturaleza a nuestra acción?

R. Sin ninguna duda, al menos el cosmos nos sobrevivirá.

P. Por cierto, en sus Diarios aparecen constantemente sueños y sueños. ¿Qué opinión le merece la interpretación de los sueños de Freud?

R. Bueno, no tengo una gran opinión de eso porque él se concentra mucho en conceptos casi médicos. En ese sentido, casi prefiero los viejos libros de sueños, en los que también hay interpretaciones. Y tengo que decir que eso resulta a veces aterrador. Mi primera esposa, Greta, me contó el día en que mi hijo cayó en la Guerra Mundial que había tenido la sensación de que le arrancaban un colmillo, y yo le dije que eso se suele decir cuando muere alguien, sin que pensáramos en semejante relación. Ahora sueño casi siempre las partes intermedias de novelas, tiene que haber habido, por tanto, un comienzo y un final, pero mi recuerdo se concentra sólo en esa parte intermedia, así que en sueños se experimentan mundos tremendos.

P. Por lo que respecta a la lectura, usted cuenta en una de sus obras cómo desde la niñez tiene al leer la sensación de estar cometiendo un robo a la sociedad, y que eso nunca se le ha quitado en su vida. ¿Sigue siendo así?

 R. Bueno, mi madre apagaba siempre la luz cuando se habían ido a la cama, entonces yo la volvía a encender, y leía novelas. Me introduje en la sociedad leyendo novelas de escritores que hoy se han vuelto obsoletos, pero que estaban entonces muy de moda. Y cuando comenzaba, de nuevo, a clarear, entonces volvía a apagar la luz y dormía quizá dos horas, y luego proseguía el sueño en la escuela, lo que me valió las peores notas que se dieron nunca en mi instituto.

P. De la escuela no ha tenido usted nunca una gran opinión. Ya en muchos de sus escritos la escuela aparece contrapuesta a cualquier fantasía, aventura, verdadera experiencia de la vida.

R. Bueno, sabía más que los maestros, pero no podía mostrarlo, ése ha sido uno de mis problemas. Digamos la superioridad en ideas de un discípulo sobre su maestro. La gente aquella tenía un fenotipo y yo era genotípicamente muy superior a ellos. Esa es una cosa muy trágica. Con posterioridad, cuando el hombre ya es adulto puede reírse de ello, pero en la clase sufre mucho por ello.

P. Quisiera preguntarle todavía sobre un tema de interés general, sobre las drogas, dado que usted realizó aquellos intentos con mescalina y probó diversas drogas. ¿Qué se siente, qué se aprende, qué se descubre en toda esa experimentación?

R. ¿Cómo lo expresó Huxley?, que se llama a una puerta, no

P. ¿Y qué se descubre tras esa puerta?

R. Bueno, que pueden cambiar a la persona, ¿no? Usted sabe que con Albert Hoffmann, que es un buen amigo mío, pro bé LSD cuando el nombre todavía no se conocía. Estos días se emitirá una entrevista televisiva mía con él en la que Hoffmann dice que él está sin restricciones a favor de que se permita el LSD. Interviene espontáneamente la esposa de Jünger.

Señora Jünger. ¿Y tú?

P. ¿Y usted? 

R. Opino que, como en el misterio de Eleusis, se mantenga reservado a una cierta élite.

P. Pero, señor Jünger, ¿quedan todavía élites?

R. Claro, cuanto mayor es la masa, más pequeñas se vuelven las élites, pero también tanto más eficaces.

P. En el Glossarium de Schmitt aparece una curiosa anotación. Dice Schmitt que un grafólogo, discípulo de Klages, había analizado la letra de Spranger, de Smend y de usted. De Spranger diagnosticó que era un egoísta malvado y estéril; de Smend, que era un peligroso intrigante. Al ver la letra suya, cuenta Schmitt que dijo: “Este hombre tiene una faible por el sexo débil”. ¿Tenía razón el grafólogo? 

R. Bueno, bueno, qué hombre no tiene debilidad por el sexo opuesto. Quisiera corroborarlo.

P. Señora Jünger. Lo que se ve es que el grafólogo no podía aguantar a Spranger, ésa debe de haber sido la razón profunda para el grafólogo.

P. ¿Para terminar, en qué está usted trabajando ahora?

R. Acaba de aparecer el tomo IV de Siebzig verweht (Pasados los setenta), el V está ya en manuscrito, además tengo todavía una novela inacabada, quizá me ocupe algún día de ella, trata precisamente el tema de la relación entre un discípulo aventajado y su sabiondo maestro.

P. ¿Y cómo transcurre un día normal de trabajo?

Señora Jünger. Muy funcionarialmente. Estos días son, como usted puede imaginarse, muy especiales. Hay mucho correo y barullo. Pero, en general, desayuna, da un paseo por el jardín, cosa de gran importancia, a lo que sigue o bien una corta ocupación con insectos o algo parecido.

A continuación vienen varias horas de trabajo en la mesa. Se levanta tarde, la comida del mediodía se deja, cenamos a la seis de la tarde, y entretanto no toma nada, de manera que pueda trabajar de forma concentrada y sin ser interrumpido. Por lo tanto, entre tres y cuatro horas diarias.

La morada del último anarca de las letras

L.M

Lo que más impresiona de los inmortales es precisamente lo mucho que tienen de mortales. El gozoso apetito frente al café con pastas, el dolor todavía sentido ante hostilidades y reproches por el pasado polémico, o la alegría por el coñac Lepanto. La aparición del famoso escritor centenario en su casa tiene algo del ritual de la aparición de un monarca en su trono: Se espera sentado en una sobria antesala, rodeado de libros de cuero muy antiguos y ediciones distinguidas, la llegada de este último monarca / anarca de las letras. Trono aunque sólo sea por todos los grandes nombres que fueron a aquella habitación a rendir pleitesía o cumplir peregrinaje. González, entre ellos. Recuerda el escritor, con vaga memoria, que se habló en francés, recuerda a la perfección, sin embargo, que el visitante le preguntó si le gustaban los toros, a lo que el escritor centenario respondió —en español—: “Soy aficionado”. España le trae el recuerdo de su pirata preferido —Contreras—, libro que va a recoger personalmente de la biblioteca y que trae junto con otra joya famosa: una conocida historia de la Inquisición española en cuatro tomos, en la edición alemana de 1827. Enjuto y derecho como una vela, el pelo inmaculadamente blanco y de una espesura todavía extraordinaria, nadie diría ante esa escueta figura que va a cumplir, en pocos días, 100 años.

En ningún instante perderá el hilo de la conversación, no se le notarán debilidades de memoria y se levantará de la mesa cinco o seis veces, con la agilidad del alpinista, para recoger un libro o comprobar un dato. A pesar de la edad bíblica, el centinela sigue vigilante: “Le ruego —dirá dos o tres veces- que trate usted con la debida precaución mis palabras, porque mis adversarios en seguida hacen de un ratón un dinosaurio”. “Stierlein” -diminutivo con el que siempre menciona en los Diarios a su esposa- está siempre presente: es báculo, diccionario de dudas, cordón umbilical y también instancia.