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ANÁLISIS

Jugar al toro no es torear

Los festejos taurinos populares solo comparten con la tauromaquia profesional el protagonismo del toro

Guste o no, el toro es una imagen de marca de este país, una referencia de España ante el mundo. Y lo es porque su desafiante figura se pierde en la noche de los tiempos de los pobladores de una tierra que lo han endiosado como símbolo de la fortaleza, se han divertido con él, han jugado frente a sus pitones a ser héroes inmortales, y lo han convertido, también, en un elemento de inspiración artística.

Quizá por todo ello, el icono del toro sigue vivo en las entrañas de la mayoría de los españoles, sean amantes o no de las fiestas protagonizadas por este animal.

Solo así se entiende que la tauromaquia permanezca vigente en pleno siglo XXI a pesar de la fortísima oposición de quienes la consideran una práctica cruel. Y solo así se entiende que en la era de las modernas tecnologías se celebren en este país 16.000 festejos populares relacionados con el toro en múltiples formatos festivos.

¿Cuál es la relación existente entre la tauromaquia y los toros ensogados, embolados, los correbouso los recortes? Ninguna

Pero, ¿cuál es la relación existente entre la tauromaquia y los toros ensogados, embolados, los correbous o los recortes?

Ninguna.

Todos tienen un elemento común —el toro— y, seguramente, el mismo origen, pero su propio desarrollo les ha deparado dos caminos paralelos, tan distintos como distantes.

El toreo es un ejercicio espiritual en el que se funden la fuerza, la nobleza, la heroicidad y la sensibilidad en la constante búsqueda de la plasticidad y la armonía. El encuentro entre un animal salvaje y poderoso y un ser humano inteligente y heroico no es una aventura de maldad, sino el sueño del triunfo mediante la creación de belleza. El toreo no es una recreación del sufrimiento, pues no tiene cabida el placer humano en el dolor animal, y ni siquiera es un divertimento. El toreo es una ciencia misteriosa que trata de fundir la encastada nobleza de un toro con la sensible racionalidad de una persona para crear algo tan intangible, pero a un tiempo tan explosivo, como es la emoción.

Un festejo popular es otra historia. Sea cual sea su modalidad, su objeto es el divertimento en sus múltiples formas. Algunos aficionados pretenden jugar al toro, pero todos los participantes juegan con el toro y a unos pocos —demasiados cada año— el juego les cuesta su propia vida.

No se da una concordancia constatada entre la afición a las festividades populares y la asistencia a los toros

No todos los festejos populares han evolucionado con el cuidado y la sensibilidad que exigen los tiempos, y aún quedan ejemplos ruborizantes de hasta dónde puede llegar el ser humano en su primitivismo. Sea como sea, están incardinados, y de qué manera, en el suelo patrio. 16.000 festejos populares son muchos si se compara la cifra con los 1.736 festejos taurinos que se celebraron en España en la temporada de 2015, incluidas las corridas, las novilladas con y sin picadores, los espectáculos de rejoneo y los cómicos.

Y un dato esclarecedor: la Comunidad Valenciana, donde se celebran unos 8.000 festejos populares, solo organizó 46 festejos taurinos el año pasado; y Andalucía, que figura en los últimos lugares con 326 festejos populares, concentrados casi todos en la provincia de Jaén, celebró 290 espectáculos en plazas de toros. No existe, pues, una relación directa entre ambas celebraciones porque, si así fuera, Levante encabezaría el ranking de festejos taurinos.

Es más, no se da una concordancia constatada entre la afición a las festividades populares y la asistencia a los toros. Seguro que habrá más de un antitaurino camuflado en los festejos populares de su pueblo natal, del mismo modo que un militante de las fiestas de su localidad puede ser un furibundo animalista o, por el contrario, un encendido abonado del tendido 7 de la plaza de Las Ventas. Pero, por el momento, solo el toro, el animal bravo, es el único y fino hilo que une dos actividades paralelas, sí, pero que caminan por sendas completamente diferentes.

Difícil, muy difícil, será que desaparezcan los festejos populares. Están en manos de los ayuntamientos, que, sean del signo político que sean, obedecen el mandato ciudadano porque les va la vida en ello, representan el alma de las fiestas locales y no están contaminados por el engaño o la manipulación de los profesionales. Muchas celebraciones festivas deberán modernizarse, pero permanecerán con toda seguridad en las entrañas de sus promotores.

No es el caso de la tauromaquia: 10.481 toreros (matadores, picadores, banderilleros, novilleros, rejoneadores, cómicos y mozos de espadas) figuraban en 2015 en las estadísticas taurinas del Ministerio de Cultura, a los que hay que añadir ganaderos, empresarios de plazas de toros y apoderados. La tauromaquia configura todo un conglomerado económico que, en defensa de sus legítimos y menos legítimos intereses, perjudican gravemente la existencia de la fiesta de los toros, que no vive, actualmente, su mejor momento.

No es lo mismo la algarabía campechana de un festejo popular que la liturgia íntima y reglada de la lidia

Sin embargo, podemos dar una pincelada a favor de los festejos populares: su existencia mantiene vivas numerosas ganaderías que, de otro modo, estarían llamadas a desaparecer. Hay que tener en cuenta que el número de festejos taurinos no permite la pervivencia de las más de 1.100 explotaciones que crían ganado bravo en la actualidad.

Y también podemos aportar otra nota a favor de las celebraciones taurinas: solo la conjunción entre un toro y un ser humano permite el chispazo de la creación artística que no solo arrebata a millones de personas, sino que, a lo largo de la historia, ha sido origen y cimiento de legendarias obras literarias, pictóricas, escultóricas, operísticas y cinematográficas.

En pocas palabras: no es lo mismo la algarabía campechana de un festejo popular que la liturgia íntima y reglada de la lidia. Vamos, que no es lo mismo jugar al toro que torear.