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EN POCAS PALABRAS

Gemma Rovira: “Harry Potter me hizo estrella solo en mi casa”

La traductora de la saga vuelve a las librerías con la última aventura del mago, 'Harry Potter y el legado maldito'

Ilustración: Setanta
Ilustración: Setanta

A los 20 años Gemma Rovira (Barcelona, 1964) entró en Anagrama de la mano de Enrique Murillo, y ya no dejó la traducción literaria. Traductora de Harry Potter, ahora vuelve a las librerías con la última aventura del mago.

—¿Cómo entró en el mundo de la traducción?

De la mano de Enrique Murillo, que me abrió la puerta de la editorial Anagrama cuando llamé al timbre. Yo tenía veinte años y muy poca experiencia, y él me enseñó los fundamentos del oficio.

—¿Qué libro que no tradujo le habría gustado traducir?

La provincia del hombre, de Elias Canetti. Pero no sé alemán.

¿Una traducción que admire mucho? ¿Y un traductor?

Instrumental, de James Rhodes; y a su traductor, Ismael Attrache, por el grado de simbiosis con el autor y el equilibrio que consigue.

—Traducir a Harry Potter la convierte a una en una estrella del gremio? ¿Considera que es su mejor trabajo?

—Del gremio no, en absoluto. Quizá lo sea para algunos fans. Creo recordar que en mi casa fui estrella fugaz. No sé si es mi mejor trabajo, pero me ayudó a mejorar en muchos aspectos: rigor, implicación, gestión de la presión, método de trabajo...

—¿Cuál es su momento favorito de la saga?

—El momento en que Harry ve a sus padres en el espejo de Oesed.

Gemma Rovira: “Harry Potter me hizo estrella solo en mi casa”

—¿Y su personaje preferido?

—Sirius Black.

—¿Los plazos de entrega le quitan el sueño a un traductor?

—Nos exigen organizarnos muy bien, y unos lo hacen mejor que otros. Yo duermo como un tronco, pero a veces veo que la silla de trabajo se ha convertido en mi zona de confort y me entra mucha pena.

—¿Los derechos de autor de esta saga (Potter) le han solucionado la vida, o la profesión está tan precaria como apuntan?

—Que me hubieran solucionado la vida no sería representativo, precisamente. Sería una excepción. Evidentemente, los derechos de autor, si es que llegan (porque un libro tiene que venderse mucho para que lleguen), sirven para paliar unas tarifas que, en general, no están a la altura del esfuerzo y la responsabilidad que implica nuestro trabajo.

—¿Qué diferencias ha tenido entre traducir las anteriores novelas y esta, que es una obra de teatro?

—He tenido que prestar mucha atención a la oralidad del texto y, al mismo tiempo, no olvidar que va a ser leído. Por lo demás, es cien por cien Harry Potter.

—De no ser traductora, le habría gustado ser…

—Bióloga.

—¿Cuál es el último libro que ha leído y le ha gustado?

Nido de nobles, de Iván Turguénev. Una traducción espléndida de Joaquín Fernández-Valdés.

—¿Y la última película que ha visto?

La sal de la tierra.

Si tuviese que usar una canción o pieza musical como autorretrato, cuál sería?

Ain’t No Mountain High Enough.

—¿Qué suceso histórico admira más?

—Cualquier liberación. Celebré la de Aung San Suu Kyi en 2010. Me había enamorado de Myanmar documentándome para traducir El afinador de pianos, cuando ella todavía estaba detenida.

—¿Es más de trasnochar o de madrugar?

—Trasnocho por necesidad y madrugo por obligación. Algo va mal.

—¿Qué encargo no aceptaría jamás?

— Uno que me obligara a renunciar a mis principios.

—¿Qué está socialmente sobrevalorado?

— Muchas cosas, pero me preocupa más que la solidaridad esté tan infravalorada.

—¿A quién le daría un supuesto Nobel de traducción?

—Todos los años, ACE Traductores convoca el Premio Esther Benítez, donde los propios socios presentamos las propuestas y otorgamos el premio a la mejor traducción. Es nuestro pequeño Nobel.