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Ajedrez, tanques y policías

Hay países donde la fiebre del juego de mesa es igual o mayor que la del fútbol.

El presidente de Armenia, Serzh Sargsyán, a la derecha, recibe  en Yereván a la selección armeniana que ganó el oro en la Olimpiada de 2012.
El presidente de Armenia, Serzh Sargsyán, a la derecha, recibe en Yereván a la selección armeniana que ganó el oro en la Olimpiada de 2012.

Hay países donde la fiebre del ajedrez es igual o mayor que la del fútbol. Por ejemplo, Azerbaiyán, donde unas 3.000 personas de 188 países disputarán la Olimpiada (bienal) del 1 al 14 de septiembre. De las quince que he cubierto, ninguna tan convulsa como la de Yereván (Armenia) en 1996, con tanques en las calles y una pasión desmedida por el deporte mental. Para llegar y regresar atravesé Georgia, cuyas ajedrecistas son heroínas nacionales, lo que me salvó de grandes apuros.

Esta peculiar conversación telefónica ocurrió el 25 de septiembre de 1996 hacia las 16.00. Un jefe de Internacional de EL PAÍS (no recuerdo quién) me llamó a la sala de prensa de la Olimpiada de Yereván: “Necesito unas 60 líneas donde cuentes lo que está pasando, muertos, heridos, detenidos, etc.”. Le dije que se equivocaba de persona y de lugar, y no le gustó. “Tú estás en Yereván. Hay tanques y tiros por las calles porque la oposición acusa al Gobierno de falsear el resultado de las elecciones. ¿Acaso no te has enterado de nada?”.

Por fortuna, mi colega alemán Stefan Löffler, del Frankfurter Allgemeine, estaba en situación idéntica a la mía. Hicimos equipo y sacamos el máximo provecho de la popularidad del ajedrez en Armenia y de nuestras acreditaciones para la Olimpiada; por ejemplo, para colarnos en las habitaciones de un hospital y hablar con algunos heridos; o para hacernos los tontos cuando la policía secreta nos pillaba en sitios prohibidos para la prensa. Vimos a soldados jugando al ajedrez en lo alto de un tanque. De hecho, las elecciones habían sido convocadas a propósito en las mismas fechas que la Olimpiada, y varios analistas dijeron que la inundación de ajedrecistas por las calles evitó males aún mayores. Hablé con el presidente de Armenia entonces, Levon Ter-Petrosián, y pude comprobar que -como el actual, Serzh Sargsián- es un apasionado del ajedrez y el primer hincha de la selección nacional.

Meses antes, pensé que esa pasión nacional y la acreditación para la Olimpiada me iban a abrir la frontera terrestre entre Turquía y Armenia en Akyaka, tras recorrer por carretera más de 1.000 kilómetros desde Ánkara con el fin de conocer esa parte del país. Mis telegramas lograron el compromiso de la policía armenia para abrirme su barrera si llegaba hasta ella, y una ambigua respuesta de las autoridades turcas. Cuando por fin llegué, el teniente turco al mando en la frontera me invitó a jugar una partida mientras se tramitaba mi petición. Acabé en la oficina de un general, quien muy amablemente se negó a dejarme pasar, lo que me obligó a un rodeo norte-este-sur a través de Georgia. Unas doce horas después veía amanecer junto al Palacio de Congresos de Yereván, rodeado de un millón de árboles que recuerdan los muertos causados por los turcos durante el genocidio de 1915.

Más divertido, aunque también convulso, fue el viaje de vuelta por carretera de Yereván a Tiflis, la capital de Georgia. Había muchos controles de policía, y era de noche. En territorio armenio, mi truco era recitar la alineación de Armenia (Akopián, Vaganián, Lputián, Minasián, Anastasián y Petrosián), que había logrado el 5º puesto en la Olimpiada, mientras mostraba mi acreditación a los policías. Y funcionó de maravilla: sonreían o aplaudían y me franqueaban el paso. En la parte georgiana recitaba el equipo de las heroínas que habían ganado el oro femenino: Chiburdanidze, Loseliani, Arajamia y Gurieli.

También funcionó, sobre todo en el último control, alrededor de las 03.00, a unos 30 kilómetros del aeropuerto de Tiflis, en la mitad de ningún sitio. Aquellos policías no estaban para bromas; nada más salir del coche tuve que poner las manos en el techo para que me cachearan. Ahí mismo, de espaldas, logré chapurrear en ruso de dónde venía, y añadí rápidamente la salmodia de la alineación. Mano de santo. El sargento me saludó y dijo “one moment”, mientras, ante mi asombro, metía las manos entre unas zarzas para extraer una botella de champán georgiano y unos vasos de plástico. Desde aquel brindis veo a las ajedrecistas georgianas como mis ángeles protectores.

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