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POR NO QUEDARSE EN CASA / 2

Elizabeth Bishop prueba el anacardo

En una escala en Río de Janeiro, la poeta sufrió una reacción alérgica que casi acaba con su vida

Robert Lowell y Elizabeth Bishop en Brasil en 1962. Ampliar foto
Robert Lowell y Elizabeth Bishop en Brasil en 1962.

Es sabido que no existen los acontecimientos triviales, o, mejor dicho, que aun los que podríamos considerar triviales tienen consecuencias enormes y de una duración prolongada. Si Elizabeth Bishop no lo sabía, lo descubrió poco después de cumplir los 40 años, cuando, durante una escala en Río de Janeiro en el transcurso de un viaje, la poeta estadounidense mordió la carne que envuelve al anacardo y sufrió una reacción alérgica que le deformó el rostro y estuvo a punto de provocarle la asfixia. “Es una fruta siniestra. Nada debería combinar fruto y nuez de esa forma indecente”, escribió más tarde. Lo hizo desde Brasil, porque nunca siguió viajando; de hecho, se quedó en ese país durante 20 años.

Bishop no estaba sola cuando padeció el brote alérgico, lo que fue una suerte no sólo para ella: la acompañaba Carlota de Macedo Soares, Lota, una heredera a la que había conocido poco antes en Nueva York. Macedo Soares era un personaje singular: una mujer rica, interesada por las artes y de una inteligencia brillante, que se había enseñado a sí misma arquitectura para diseñar casas consideradas aún hoy epítomes intachables de la sensibilidad moderna; la misma sensibilidad que permea su gran contribución al paisaje de Río de Janeiro, el Aterro do Flamengo, que preside desde las alturas la bella bahía de Guanabara.

Faltaban aún 14 años para la inauguración del parque (en 1965) cuando Macedo Soares cuidaba en su ático del barrio de Leme a la poeta accidentada. Naturalmente, se enamoraron. Bishop y Macedo Soares estuvieron juntas los siguientes 15 años, en una historia de amor que incluyó, junto a los predecibles momentos de intimidad erótica y convivencia, una actitud desafiante frente a la sociedad carioca, peleas, infidelidades, una cada vez más indisimulada afición por el alcohol, rupturas y reconciliaciones y, al final, la separación definitiva, seguida de un breve reencuentro en Nueva York en 1967: no se sabe si deliberada o involuntariamente, Macedo Soares se administró una dosis mortal de somníferos en el piso que su antigua amante ocupaba en Manhattan el mismo día en que se reencontraban y murió en sus brazos.

Una poeta de revista

1. Laureada.  Muy posiblemente Elizabeth Bishop haya sido la poeta estadounidense más premiada del siglo XX, o al menos una de las más distinguidas: recibió en dos ocasiones la beca Guggenheim (1947 y 1978), el Pulitzer en 1956, el National Book Award en 1969 y el National Book Critics Circle Award de 1977.

2. Editada.  Asidua colaboradora de The New Yorker, la correspondencia de Bishop ratifica la pésima fama de sus fact checkers: según Javier Montes, consiste casi exclusivamente en un “intercambio de opiniones sobre comas y puntos (puntillosísimas hasta el tedio) con los editores de sus poemas”.

3. Traducida. El lector en español dispone de una Obra poética de Bishop publicada por Igitur (2008), una Antología poética (Visor, 2003), su libro Una locura cotidiana (Lumen, 2001), la prosa reunida (Vaso Roto, 2016) y su Antología de poesía brasileña (Vaso Roto, 2009).

Elizabeth Bishop había nacido en 1911 y obtenido el Premio Pulitzer de poesía en 1956, a una edad relativamente inusual en el marco de un género como la poesía, donde (por lo común) los mejores frutos se cosechan al final del camino. Algo en la poesía de Bishop se inclinaba a la urgencia (la atención al detalle en su obra permite imaginarla como alguien cuya mirada nunca se queda quieta), y ella misma tendía a no permanecer inmóvil durante mucho tiempo incluso desde antes de su llegada a Brasil: la muerte de su padre y la reclusión de su madre en un psiquiátrico cuando era todavía una niña la convirtieron en alguien habituado a desplazarse con frecuencia al hilo de la compasión y la fortuna de sus parientes. Antes de ingresar a la universidad ya había vivido en los estados de Massachusetts y Nueva York y en la provincia canadiense de Nueva Escocia, pero fueron la mayoría de edad y el acceso a la herencia los que dieron paso a su periodo de mayor itinerancia.

Bishop vivió algunos años en Francia, más tarde en España y Marruecos y a continuación en Key West (Florida) y en Washington. “El simple hecho de haber tenido mi ración de viajes antes que los poetas que son más o menos mis contemporáneos parece haberme colocado en una generación diferente”, le escribió al poeta Randall Jarrell desde Brasil. En ese país, también, viajó: vio cómo Brasilia surgía de la selva, atravesó el sertão, recorrió Bahía y el norte del país. Sin embargo, su poema más famoso acerca de Brasil no surgió de un viaje: ‘El hombre del río’ es el producto de una inmersión temprana en la bibliografía y en los mapas del río Amazonas (que la autora sólo conoció tiempo después, cuando en 1960 descendió por él hasta su desembocadura), pero no de una experiencia directa que, en algún sentido, prefigura. Como si Bishop lo hubiese escrito para no viajar o para demorar la partida.

En un ensayo excepcional acerca de aquellos escritores que, por diferentes circunstancias, quedaron Varados en Río, Javier Montes afirma: “A lo largo de sus viajes, Bishop no consigue resolver (o más bien, prefiere no hacerlo) una contradicción y un desarraigo que es justo la raíz de su trabajo”. Bishop lo dijo de otro modo en su bellísimo ‘Cuestiones de viaje’, donde se preguntó: “¿Deberíamos habernos quedado en casa e imaginar este sitio? / (…) / ¿Es falta de imaginación lo que nos lleva / hasta sitios imaginados en vez de quedarnos en casa?”. Todos los viajes arrojan las mismas preguntas, pero en el caso de Elizabeth Bishop éstas son puramente retóricas, porque la escritora sí sabía dónde estaba su casa: allí donde una fruta desconocida había hecho posible la convalecencia, el amor, el final circunstancial del viaje.