SILLÓN DE OREJAS

Invisibilidades y puertas giratorias

Ante la posibilidad de unas terceras elecciones tengo un buen remedio: la criogenización

Claude Rains y Gloria Stuart, en un momento de El hombre invisible, de James Whale (1933).
Claude Rains y Gloria Stuart, en un momento de El hombre invisible, de James Whale (1933).

Ignoro lo que pueda suceder en los próximos días, pero hoy por hoy, cuando el señor Rajoy todavía no ha empezado a reunirse con los líderes de los partidos mayoritarios para recabar apoyos a su investidura, se escuchan ominosas voces (tertulianos, políticos, distribuidoras de Avon) que no excluyen la posibilidad de ir a terceras elecciones. Ante tremenda eventualidad, no se me ocurren otras alternativas que a) manipular mi destino sometiéndome a un proceso de criogenización semejante al que contratan los superricos de Cero K (Seix Barral), la última obra maestra de ese gigante que (aún) es Don DeLillo, y permanecer congelado hasta, por ejemplo, el quinto centenario de Shakespeare y Cervantes; b) hacerme invisible y presentarme ­subrepticiamente en las sedes de los partidos en liza para modificar programas y documentos, enredar en sus propuestas y crear la confusión entre dirigentes y bases, y, c) largarme y decir adiós a todo esto por una larga temporada. La primera opción requiere un viaje en el tiempo (Convergencia, el lugar donde tiene su sede el complejo para la criogenización de los Lockhart, se encuentra en algún punto de la extinta URSS) y, además, resulta caro y peligroso. Puedo contemplar, sin embargo, una opción bastante más barata, que me ha sido sugerida por la lectura, en la consulta del dentista, del artículo Construir nuestro propio refugio nuclear, y en el que se explica, paso a paso, la creación de un ámbito aislado del mundo y bien provisto de agua potable, comida, ventilación y energía, y cuyo autor se ha inspirado sin duda en la proliferación de proyectos de refugios atómicos en EE UU durante el pánico nuclear de los cincuenta: conservo, como oro en paño, un ejemplar antiguo de la revista Popular Mechanics repleto de ideas para fabricarlos, pero el inconveniente es que carezco de jardín donde excavarlo. La opción b sería perfecta si supiera cómo lograr hacer realidad el viejo sueño de la invisibilidad, pero no dispongo, como el noble pastor Giges (La República, de Platón, II, 359-360), del anillo que le hacía invisible, y mediante el cual se coló en el palacio real, se acostó con la reina y se apoderó del trono. Y tampoco controlo la magia que permitía al espíritu Ariel (nada que ver con el detergente de la multinacional Procter & Gamble) hacerse invisible para comportarse como mosca cojonera con los enemigos de Próspero (La tempestad, Shakespeare), ni de los conocimientos científicos de Griffith, el inolvidable protagonista de El hombre invisible, de H. G. Wells (1897), magistralmente interpretado por el vendadísimo Claude Rains en la película de James Whale (1930). En cuanto a los viajes, reconozco que es la opción más al alcance de la mano, pero tiene el inconveniente de que siempre que viajo me encuentro con compañeros inoportunos, que siempre acechan en los lugares más insólitos. A lo peor resulta que no hay solución para lo que se nos podría venir encima. O, dicho con los (casi) siempre desesperanzados versos de la poetisa uruguaya Idea Vilariño (Poesía completa, Lumen): “Podés creer que nada / le sirve nunca / a nadie / para nada”.

Puertas

Creo que fue Churchill el que pronunció el manido y biempensante axioma que, más o menos, reza: quien no es revolucionario a los 20 años es que no tiene corazón, y quien lo sigue siendo a los 40 es que no tiene cabeza. Claro que yo prefiero, por razones eufónicas, la formulación que la leyenda atribuye al presidente argentino Arturo Frondizi: “Si a los 20 no querés cambiar el mundo no tenés corazón, pero si a los 40 seguís queriendo cambiarlo sos un pelotudo”. Eso último ha debido pensar en muchas ocasiones José Manuel Durão Barroso (Lisboa, 1956), desde sus orígenes políticos (cuidadosamente poco aireados) como cuadro del maoísta Movimento Reor­ganizativo do Partido do Proletariado (del que, por cierto, fue expulsado por robo) hasta su reciente nombramiento como uno de los presidentes de Goldman Sachs, una de las organizaciones de banca de inversión y valores más poderosas del mundo, y que tanto tuvo que ver en los inicios y desarrollo de la última gran crisis económica del capitalismo realmente existente. Por el camino de Durão Barroso, que siempre supo a dónde y a quién convenía arrimarse, quedan su conversión a la socialdemocracia, su ejecutoria como primer ministro portugués, cuando aplicó concienzudamente políticas neoliberales y ultraconservadoras, su bufonesco papel como anfitrión de la “cumbre” de las Azores, su presidencia en la Comisión Europea. Ahora, desde su flamante despacho supermillonario en el east end, una vez franqueada la puerta giratoria de la multinacional financiera, seguirá aplicando su experiencia y su capacidad para moverse como pez en el agua por las intrigas de la alta política, para intentar aliviar los problemas que a la compañía puedan suponerle las consecuencias del Brexit. La vida en el east end londinense ha cambiado mucho desde que, a principios del siglo XX, allí se hacinaba la enorme población de indigentes y desem­pleados olvidados por las grandes fortunas surgidas del comercio con las colonias. Jack London, que llegó a Londres en 1902, cuando ya era una figura literaria conocida en Estados Unidos, se disfrazó de mendigo para mimetizarse con la ingente población de desheredados que pululaban por la zona. El resultado de su investigación y sus vivencias fue el extraordinario libro-reportaje (“intencionadamente sensacionalista”, según indica Ian Sinclair en el prólogo) La gente del abismo, que ahora publica (traducción de Javier Calvo) Gatopardo Ediciones. No creo que a Durão Barroso le queden tiempo ni ganas de leerlo.

Guerra

A las 17.00 del 17 de julio de 1936 se produjo el primer acto de lo que pronto se convertiría en el más sangriento y desgarrador conflicto de la historia española contemporánea. Dejando a un lado la ingente bibliografía historiográfica (unos 50.000 volúmenes) que ha generado, la guerra ha sido telón de fondo, motivo, argumento o tema de buena parte de la novela española publicada desde entonces. El periodista comunista José Luis Salado (en Tiros al blanco, publicado por Espuela de Plata) escribía en 1937, cuando aún creía que la República acabaría derrotando a los facciosos, que “sólo la guerra, el recuerdo literario de la guerra, nos podrá interesar durante muchos años”. No sabía hasta qué punto su opinión se iba a confirmar. El muy polémico —pero extrañamente poco debatido— ensayo La guerra civil como moda literaria (Clave Intelectual, 2015), de David Becerra Mayor, examina el papel de la guerra en la producción novelesca española. Hoy es un buen día (como cualquier otro) para traerlo a cuento.

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