FERIA DE SAN ISIDRO
Crónica
Texto informativo con interpretación

Si no embiste el toro, ¿quién embiste?

La sosería de la corrida y la falta de recursos de la terna, protagonistas de una tarde fría y aburrida

El mexicano Diego Silveti, en su primer toro de la novena corrida de la feria de San Isidro, hoy sábado en Las Ventas.
El mexicano Diego Silveti, en su primer toro de la novena corrida de la feria de San Isidro, hoy sábado en Las Ventas.KIKO HUESCA (EFE)

Decía el maestro Ordóñez que los toreros debían estar dispuestos para jugarse la vida ocho o 10 tardes al año; pues la de esta noche era una de esas para Robleño, Delgado y Silveti, tres toreros modestos, que llevan temporadas a la busca y captura de contratos que se les resisten y que habrán soñado muchas noches con esta comparecencia en la Feria de San Isidro.

Pues la noticia es que los tres han pasado por esta plaza completamente en blanco, sin huella alguna, sin un capotazo bien trazado, sin un muletazo para el recuerdo, sin detalle alguno que denote su afición por alcanzar la vitola de figura.

Vaya por delante que la corrida de Flor de Jara y los dos remiendos de San Martín no ofrecieron facilidades; toros, todos ellos, tristísimos, mansos de solemnidad, muy descastados, sin un ápice de bravura, de nobleza o de clase; sosísimos los seis, regalos envenenados para quien espera ese toro de sus sueños que le permita la faena irrealizable de su vida.

Queda claro que la corrida no sirvió de principio a fin, pero es la que había, la que les tocó en el bombo de la suerte esquiva del toreo (otros toreros, con los mismos o más méritos que ellos suspiran en sus casas por una oportunidad que no les ha llegado). Y lo incomprensible es que los tres dieran la extraña impresión de un conformismo que nada tiene que ver con la ambición que se le supone a quien se viste de torero y busca la gloria.

Pero, ¿no habíamos quedado que si no embisten los toros, embisten los toreros? ¿No estamos cansados de oírles que saldrán dispuestos a darlo todo por un sueño?

A la vista está que una cosa es el legítimo sentimiento, y otra muy distinta la realidad de un toro manso, deslucido y parado, con intenciones poco claras, en una plaza de tanta responsabilidad como la de Madrid. Cuando sucede que un torero está frente a un toro de ese tipo en este lugar es el instante de su vida en el que debe tomar una decisión trascendental: jugarse la vida o tirar cuatro líneas y esperar tiempos mejores que, con toda seguridad, no llegarán.

Robleño, como sus compañeros, no tuvo toros para el triunfo; especialmente esaborío y desangelado fue su primero, pero él se mostró en todo momento a la defensiva, como frío y desganado, resignado y triste. Entre ambos —los dos, sosísimos— aburrieron de lo lindo y, encima, lo masacró con un feo metisaca en el cuello. Tampoco ofreció posibilidades el cuarto, y el torero se puso siempre al hilo del pitón, sin ánimo alguno para sobreponerse a su mala suerte.

Decepcionó y mucho el ecijano Miguel Ángel Delgado; se esperaba más, mucho más de este torero, otrora elegante y fino, y hoy pareció una sombra de sí mismo. No tuvo oponentes serios —dicho queda—, pero dio la impresión de tener el espíritu desvanecido, sin ánimo alguno para presentar pelea, a la expectativa de lo que pudiera ocurrir y la estrategia, a la vista está, resultó errónea. Estuvo por debajo de su soso primero, que brindó al público y acabó con unas inoportunas bernardinas que casi lo mandan a la enfermería. Con estatuarios comenzó su labor ante el quinto, que tampoco servía, y acabó sin historia. La ambición no puede consistir, de ningún modo, en dar pases y más pases insulsos. La ambición es otra cosa.

La misma medicina se le podría aplicar al mexicano Silveti. Lo intentó a la verónica ante su primero y dos capotazos tuvieron buen trazo; inició la labor muleteril con un pase cambiado por la espalda y acabó con bernardinas prescindibles tras una faena insípida e incolora. Su toreo académico resultó tan soso como el toro; hizo el esfuerzo ante el sexto, y una tanda de redondos dio la impresión de que la faena elevaba un vuelo que no fue cierto.

En fin, que nadie embistió. La culpa de los toros,… Y de los tres toreros.

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