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OPINIÓN

Una pica en Flandes

La soprano María Espada triunfa en el Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela

Después de 22 ediciones, bastan los dedos de las manos para dar cuenta de los cantantes españoles que han actuado en el Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela, uno de los más prestigiosos de nuestro país, en parte justamente por la atinada y muy rigurosa selección de intérpretes. Y en él acaba de debutar María Espada, un nombre sobre todo familiar en el ámbito de la música antigua y las interpretaciones historicistas, que se presentaba con un programa original, denso y exigente, muy lejos de los caminos trillados habituales.

Obras de Janáček, Krenek, Debussy, Rossini y Liszt, entre otros. María Espada (soprano) y Kennedy Moretti (piano). Teatro de la Zarzuela, 18 de abril.

Calentó motores y templó nervios con cinco miniaturas folclóricas moravas transcritas por Leoš Janáček en las que ya dejó constancia de la calidad de su voz y su delicada musicalidad. Los sencillos textos iniciales pasaron luego a ser palabras mayores (de Rilke y Verlaine) transformadas en canciones por Ernst Krenek y Claude Debussy. Fueron dos elecciones de alto riesgo de las que Espada salió muy airosa en lo musical (y las exigencias vocales y expresivas de O Lacrymosa son temibles) y algo menos en lo idiomático: aunque la dicción fue muy cuidadosa, faltó algo de esa música evanescente que aportan las vocales y consonantes del propio idioma, un componente absolutamente esencial de las Ariettes oubliées.

Esta carencia quedó atrás en las canciones en español e italiano de la segunda parte. Las de Rodríguez de Ledesma y Gomis sonaron como un guiño de Espada a su larga trayectoria en la recuperación de obras olvidadas, mientras que las ariette de Bellini mostraron la afinidad de la cantante para dibujar perfectas líneas belcantistas. Lo mejor llegó en el imponente escollo final, fruto de nuevo de la comunión de un poeta (Petrarca) y un compositor (Liszt) mayúsculos: Espada propuso una versión tersa, despojada e italianizante de los tres Sonetos y el intenso segundo terceto del primero marcó, quizá, el punto más alto del recital. Lástima que Moretti se mantuviera también aquí muy en la retaguardia, con una gama dinámica demasiado corta, poco vuelo expresivo y un cierto abuso del pedal izquierdo que restaba armónicos y resonancia natural al piano.

Fuera de programa, como persistían los aplausos (y ella parecía la primera sorprendida), la joven soprano cantó modélicamente dos canciones de Eduard Toldrà y Ernesto Halffter, esta última, Ai que linda moça, en un exquisito portugués: ella nació en la cercana Mérida. Por muchos motivos, ambas convocaron al espíritu de Victoria de los Ángeles, que cantó en la primera edición de este ciclo. Las dos son cantantes muy diferentes, pero ambas comparten, entre otras cosas, un ángel especial en la voz e idéntica modestia sobre el escenario. De entrada, este debut de María Espada parecía un desafío extraordinario, pero el éxito fue incontestable y nadie podrá negarle que, ante un público que discierne, y mucho, ha logrado poner una pica en Flandes. Y se ha ganado de sobra el derecho a volver.