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Cocaína y Gioconda

Novela política y novela negra, 'El puñal' bascula sobre el énfasis sexual en la relación entre el guardaespaldas y la autoridad

Cocaína y Gioconda

Imaginemos a la policía y la política como organizaciones mafiosas: estamos en el mundo de El puñal, de Jorge Fernández Díaz (Buenos Aires, 1960). “Tengo muchos nombres, pero en el trabajo me conocen como Remil”, se identifica el narrador. “Hijo de remil putas” lo llamaba el sargento que le salvó la vida en las Malvinas, donde Remil acabó con un tiro en la barriga y fue un héroe. Si porque es negro no lo miran bien los porteros de discoteca, lo dejan pasar en cuanto lo miran dos veces. Puede ser peor que los malos. Del hospital psiquiátrico militar saltó a los servicios especiales del Estado, a un sótano tan secreto que ni siquiera existe.

Y entonces la organización necesita fondos y el héroe se ve protegiendo a algo parecido a la Gioconda: una abogada española, impresionante presencia acorazada, vicaria de un holding exportador. El género que mejor describe la política argentina es la novela negra, dice Jorge Fernández Díaz, que, periodista principal, sabe de las dos cosas y ha fabulado una agilísima trama de juristas prestigiosos, altos funcionarios, senadoras, delincuentes idolatrados por sus votantes, cocaína diluida en vino argentino para Europa, narcopolítica y cocacapitalismo. Policía y política tienen que financiarse para mantenerse, explica didácticamente el periodista. Cuando se goza de poder e inmunidad, por la patria se hace lo que sea: “No se puede cambiar el mundo sin ensuciarse las manos”.

Novela política y novela negra, El puñal bascula sobre un motivo popular literario-cinematográfico: el énfasis sexual en la relación entre el guardaespaldas y la autoridad a la que debe proteger, amante además del jefe supremo. Y de pronto roban la Gioconda. La mezcla de deber y deseo explota, desata los acontecimientos. “El amor es una droga psicosomática”, dice uno de los personajes, y la historia se dispara en un movimiento de ascenso y caída y vuelo de resurrección hacia el desenlace en España. Le retiran la pistola al héroe, lo dejan sin patria ni patrón, proscrito, seducido y abandonado, acosado, tiroteado, herido en un suburbio de momias y zombis, disparando un Kalashnikov en nocturna batalla campal contra el ejército del demonio.

El puñal cumple con rotundidad la norma básica de la novela negra: el investigador no analiza un crimen ya producido, sino que con sus movimientos desencadena una avalancha de acciones criminales. Remil va contando lo que sucede en acuciante presente, entre la ironía o el desapego y la incredulidad hacia sus propios sentimientos, y el público lector quisiera adelantarse, ver ya lo que pasa. Los actores del drama son perfectos, desde los podridos rateros suburbiales a los corruptos próceres patrios y al patrón paternal de Remil, el magnífico coronel Cálgaris, anciano aficionado al whisky, la pipa, el arte, el jazz y la navegación a vela, reencarnación quizá de aquel doctor Caligari que asesinaba manejando a un sonámbulo.

El puñal. Jorge Fernández Díaz. Destino. Barcelona, 2015. 446 páginas, 19,00 euros.

Fe de errores

En una versión anterior del texto, el término negro del primer párrafo aparecía sin cursiva, pudiendo ser malentendido como color de piel, en vez de su uso argentino, generalmente despectivo con las clases sociales más desfavorecidas.

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