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“Me asombra que desde Cataluña se diga que somos esclavos”

Filma dramas, llora al recibir premios, pero ama la vida, el vino, los libros y las anchoas.Su última película es 'Nadie quiere la noche' con Juliette Binoche, rodada en parte en Tenerife.

La cineasta Isabel Coixet.
La cineasta Isabel Coixet.

¿Cómo va la vida? Creo que vivimos en una montaña rusa, pero bonita. Sigo montada en ella… Crecí en un mundo en el que no estaba programada para nada de lo que he hecho, ni de lo que me ha pasado. Tengo la sensación de estar de prestado, y perennemente padezco el síndrome del impostor, incluso cuando me va muy bien. Cuando no me va bien pienso: claro, no es un síndrome es la verdad.

¿Qué es ese síndrome? Lo tienen muchos. Martin Scorsese, por ejemplo, dice que tiene la sensación de que está en un set de rodaje, alguien va por la espalda y le dice: "Oiga, que usted no pertenece a esto, váyase".

¿Le ocurre en el trabajo o en la vida? Es un síndrome de profesionales. Henning Mankell, al que conocí mucho, comentaba que él lo había tenido muchos años. En la vida no me pasa.

Es como inseguridad crónica. Me paralizan las situaciones sociales. Hacer las cosas sin aparecer sería estupendo. Hace dos semanas el alcalde de Marsella me dio la Medalla de la Ciudad. Preparé un discurso dedicándole el homenaje a una amiga que había pasado una situación muy dura. La garganta se me encogió, empecé a llorar y no pude parar.

¿Qué le pasó a su amiga? Perdió a su hijo. Le dediqué la película Ayer no termina nunca. He visto cómo esa persona ha salido de uno de los peores pozos en los que puede caer un ser humano. (Mira, ¡me emociono ahora!)

El cine la aliviará del síndrome: es usted de veras contando cosas. Se alivia. He dirigido 14 películas. Hay un momento en que contar se sobrepone a todo. El síndrome del impostor siempre está en la recámara, sin embargo, pero a la vez hay un placer que se renueva cada vez: transportar al público a una nueva aventura.

Ahora escucha a miles de españoles para el proyecto de documental Un día cualquiera en España. ¿Qué ha aprendido? Hay muchas vidas excepciones. Enfermos de ELA; cómo cuidan a sus bebés dos padres ciegos; gente que enseña su soledad y su casa. Historias sencillas fascinantes.

¿Cómo sería su propio retrato? Soy directora de cine así que le añadiría algo de literatura: me transmutaría en una ardilla roja, curiosa, que salta y mira las cosas con ojos de asombro perpetuo.

¿Qué le asombra del mundo alrededor? La estupidez institucionalizada. Me asombra que en Cataluña, donde vivo, se diga que estamos oprimidos, que somos esclavos. Yo no me siento oprimida, ni esclava; tengo una hipoteca, como casi todos los españoles, eso sí te esclaviza. Me asombra que sea imposible salir de una especie de círculo vicioso que se retroalimenta y no lleva a ningún lado.

¿Le afecta mucho humanamente? Muchísimo. Me hieren las palabras, los hechos, las mentiras, la manipulación de la historia. Cuando se le da la vuelta a hazañas y corrientes históricas y se miente descaradamente, me duele hasta el punto de la depresión. Mi madre era de Salamanca, el padre de mi hija es de Madrid, yo soy de Barcelona y mi padre era catalán y catalanista. Esto a él le hubiera dado vergüenza.

¿Le ve rendijas al círculo vicioso? Tengo la esperanza de que un rayo de luz ilumine a los que nos gobiernan. ¡Si Mas ha dicho, ante sucesos recientes, que él los entiende porque también estamos oprimidos! ¡Pero, oiga!

Escribió en EL PAÍS una carta de denuncia. ¿Fue valentía? No soy nada valiente. La independencia no parece una idea buena, ni deseable, ni viable. ¿En qué va a mejorar la vida de la gente? ¿Vamos a tener un pasaporte de cuatro barras? ¿Y? Fue hartazgo: ¡No en mi nombre, en mi nombre no lo hagan!

¿Qué le alegra de la vida? Las anchoas, los buenos libros, las buenas películas, el buen vino, mi novio, mi hija. ¡Las anchoas!