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El Thyssen se rinde a la fascinación del Lejano Oeste americano

El Thyssen recrea 'La Ilusión del Lejano Oeste' en una exposición de más de 200 piezas

La fotografía de Edward S. Curtis, 'Un oasis en los Badlands' de 1905, forma parte de la muestra del Thyssen
La fotografía de Edward S. Curtis, 'Un oasis en los Badlands' de 1905, forma parte de la muestra del Thyssen.

El mito del indio salvaje que vivía en extensas praderas rodeadas de montañas por las que ellos galopaban sobre magníficos caballos nos ha llagado a través de incontables películas, novelas o tebeos. Esos indios parecían obsesionados con atacar al pobre hombre blanco que intentaba asentarse con sus familias sobre unos terrenos que estaban a su disposición. No era así. La visión interesada de los primeros pobladores de América fue creada por el grupo de artistas que en el siglo XIX se adentraron en territorios del Oeste americano para plasmar una visión romántica del paisaje y de sus habitantes, cuando lo cierto es que ya esos moradores de las praderas habían sido confinados a reservas gracias a un implacable programa ideológico, político y militar. Del resultado de aquellas expediciones artísticas, se conoce muy poco en Europa. Gracias a la afición personal del barón Hans Heinrich Thyssen- Bornemisza por las narraciones literarias, cinematográficas y artísticas sobre el Oeste, el museo Thyssen y la colección Carmen Thyssen suman un importante número de obras de este periodo y gracias importantes préstamos de colecciones públicas y privadas y estadounidenses, ha sido posible organizar la exposición La ilusión del lejano Oeste que hasta el 7 de febrero se podrá ver en el Museo Thyssen.

Comisariada por el artista Miguel Ángel Blanco, la exposición reúne alrededor de 200 piezas, entre pinturas, fotografías, grabados, esculturas, libros, tebeos, carteles cinematográficos y espectaculares piezas etnográficas. Guillermo Solana, director artístico del museo, explica que esta peculiar exposición recuerda los antiguos gabinetes de curiosidades, precursores de los museos tal como hoy los conocemos. En aquellos se mezclaban las obras de arte hechas por los artistas junto a productos preciosos salidos de la Naturaleza (piedras preciosas, tortugas), con lo que se buscaba provocar el asombro del espectador. “En un momento en el que puede que los museos sean demasiado planos y previsibles, nos hemos querido remontar a ese momento en el que no había división entre Arte y Naturaleza y a partir de un tema en el que fantasía y realidad van de la mano. Se narra un momento en el que los territorios de los indios habían sido ya ocupados y la mayor parte de sus habitantes, exterminados junto a sus tradiciones culturales”.

La exposición arranca con un apartado cartográfico titulado Mapear la fantasía. En él se cuenta como la colonización estadounidense del Lejano Oeste en el siglo XIX estuvo precedida por las expediciones españolas desde Florida y Nuevo México, entre los siglos XVI y XVIII, que estuvieron guiadas en un primer momento por la búsqueda de imaginarias riquezas y que resultaron en una precaria pero prolongada presencia en los territorios del sudoeste, y durante unas décadas, en toda la cuenca del Misisipi. Pese a los escasos documentos que se conservan de la época, algunos mapas detallan las rutas, los asentamientos, las misiones y los presidios, así como las líneas de contacto y de fricción con las tribus indias. Los mapas elegidos ofrecen además un elevado valor estético y algunos de ellos incluyen dibujos de figuras y tipis. Uno de los más bellos procede del Archivo General de Indias de Sevilla y reproduce la cuenca del río Misisipi.

La exposición avanza por la obra de los primeros artistas que se adentraron en el Oeste en los años treinta del siglo XIX. En general, fueron retratistas y etnógrafos. El comisario destaca los trabajos de George Catlin, con su extraordinaria Galería India, y de Karl Bodmer, con la precisa documentación gráfica delos Viajes en el interior de Norteamérica, del antropólogo Maximilian zu Wied-Neuwied. Todo ello permiten conocer los campamentos indios, la caza del búfalo y los rituales de numerosas tribus, así como fisonomías y atuendos. Ellos dieron paso a una visión idealizada pero melancólica de la vida india, en la que se funden paisaje y figuras, fantasía y etnografía. En la segunda mitad del siglo, estos temas ya se habían convertido en un subgénero pictórico con gran tirón popular, asociado a la pintura de historia o a la costumbrista y presente en la producción de artistas como Charles M. Russell, Charles Wimar, Frederic Remington o Thomas Hill, entre otros. De este último el presidente Obama eligió una Vista del valle de Yosemite (1865) para la cena de gala de su toma de posesión.

Una de las partes más entretenidas de la exposición es la dedicada a los jefes indios. En estos cuadros y fotografías se muestran con detalle los tocados, las pinturas corporales o los objetos de poder que porta cada uno de ellos. Por primera vez en España se muestran podrá los famosos retratos realizados por Bodmer y Catlin o las fotografías de jefes legendarios salidas de las cámaras de Adolph Muhr o Edward S. Curtis, tomadas años más tarde.

En esas últimas décadas del siglo XIX, fueron incluso los propios jefes los que se preocuparon por inmortalizar su imagen; así lo hicieron Toro Sentado, Gerónimo o Joseph en el curso de sus viajes por el este de los Estados Unidos para acudir a negociaciones o encuentros, estando ya sus tribus confinadas en reservas.

A este momento corresponde la monumental empresa fotográfica y editorial El indio norteamericano, de Curtis, un controvertido y sin embargo valiosísimo conjunto artístico y etnográfico, hoy en gran parte perdido, del que se han seleccionado varias imágenes. Curtis retrataba a los jefes indios cuando acudían a la capital del Estado para intentar rescatar los derechos de sus pueblos. Allí aceptaban posar con tocados de plumas, semblantes sorprendentes o en posiciones poco naturales. Marta Ruiz del Árbol, coordinadora de la exposición bromea con el radical Photoshop al que eran sometidas las placas en los laboratorios de los artistas.

Del apartado dedicado a la influencia de este periodo en el cine, uno de sus géneros más gloriosos, se han seleccionado una decena de carteles de películas míticas como La diligencia, Comanche o La venganza de un hombre llamado caballo. En el mismo apartado se incluyen algunas novelas escritas por Karl May, un popular y prolífico escritor de novelas del Oeste que nunca abandonó su Alemania natal.

Carmen Thyssen, que esta vez asistió a la presentación de la exposición (No había estado en las dos últimas), contó que su marido, Heinrich Thyssen- Bornemisza fue un lector voraz de las novelas de Karl May y que, casualmente, su primer esposo, el actor norteamericano Lex Barker, fue el protagonista habitual de las películas basadas en las obras de May. Prueba de ello es uno de los carteles que con el rostro de Baker se incluye en las publicaciones sobre el Lejano Oeste.

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