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LIBROS / ENTREVISTA

Alice McDermott: “El detalle es la pincelada”

Ganadora del National Book Award y nominada tres veces al Pulitzer, la novelista apuesta por historias sutiles y domésticas cargadas de profundidad

La escritora estadounidense Alice McDermott, el pasado junio en Barcelona.
La escritora estadounidense Alice McDermott, el pasado junio en Barcelona.

Quizá la vida sea eso, situaciones o sensaciones que vuelven, que nos pasaron en su momento por el lado y nos avisaban, pero que no supimos ver o darles importancia y ahora, al regresar, cobran sentido al tiempo que lamentamos nuestra torpeza en su primera visita. Algo de eso hay en los desordenados recuerdos, entre su infancia y su vejez, de Marie Commeford, esa modesta Alguien (Libros del Asteroide; Minúscula, en catalán) que da título a la última novela de la discreta pero profunda, como su obra, Alice McDermott (Nueva York, 1953). Como su progenitora literaria, hija de irlandeses católicos en un Brooklyn que ya lucha lejos de su hogareño esplendor contra cucarachas y pisos tapiados, Marie y los suyos respiran un aire con partículas de tristeza en suspensión y una desgracia latente. Siempre hay “el olor a una tragedia aún por definir” y el cuerpo delgado de una vecinita es “una invitación andante a la desgracia”. Una boda es feliz apenas 24 horas y un médico te acaba operando el ojo que no debía. Y todo se soporta olvidando de manera intermitente que “la cotidianeidad de los días era un velo, una fina tela que te distorsionaba la vista”. O sea, que, en el fondo, la vida era esto, solo que lo camuflamos de otras cosas…

Me interesa reflejar esa balanza, o ese duelo, entre realidad e ilusión, y esa capacidad que tiene la gente de admirar la vida”

“La vida la vivimos entre dos oscuridades, sabiendo que es temporal y que la mortalidad nos hace frágiles en todo momento; eso está en toda mi obra pero aquí quizá más y en un solo personaje... Sabemos que somos mortales pero tenemos unas ganas locas de vivir, amamos, construimos grandes esperanzas; me interesa reflejar esa balanza, o ese duelo, entre realidad e ilusión y esa capacidad de admirar la vida que tiene la gente a pesar de saber cómo acabará todo”, recita McDermott, manos entrelazadas, vestida de blanco, crema y rosa, todo pastel, desde una punta del sofá, segura de la esencia de su séptimo libro, último de una obra avalada por la crítica y que en 1998 obtuvo el National Book Award por Un hombre con encanto (Tusquets).

Desprende Alguien un inexorable determinismo, “no había manera de evitar aquel futuro”, dice al principio la protagonista, que se obstina en no aprender a cocinar lo que le enseña su madre para que no le ocurra lo mismo que a su mejor amiga, que pierde a su progenitora al poco de asimilar sus consejos ante los fogones, como si así pudiera parar el tiempo o el destino. La reacción de Marie viene marcada por la tácita cosmovisión de la autora: “Creo en un cierto sentido del tiempo y del lugar; la Historia hace que los personajes estén donde están; eso les ha hecho como son; no se rebelan, se han entregado al fluir de los tiempos que les ha tocado… Pero tienen momentos, pequeños, interiores si quiere, no grandilocuentes, para decidir cómo reaccionar ante episodios concretos de la vida. Marie toma diversos: opta por un segundo hijo a pesar de su peligroso primer parto; quizá salva a su hermano al ocultarle una noche la medicación… Sí, fluimos ante los grandes acontecimientos, pero la vida ofrece instantes en que nuestras decisiones pueden marcar un rumbo vital”.

Casi no hay personaje en Alguien que no se refugie en una costumbre, ni que sea la de sacar el tapete de la mesa y doblarlo de determinada manera para poner el hule sobre el que se comerá: el fondo ritual de la vida cotidiana como flotador ante la marejada del sobrevivir. “Contra el desorden y la confusión de hoy, los detalles, los gestos repetidos, nos dan seguridad”, deja caer distraídamente McDermott, consciente de que parte de la sensibilidad y del lenguaje que aflora en la novela pertenece a sus padres, primera generación de inmigrantes en esa “isla encantada” que era el Brooklyn de preguerra mundial. “El barrio y los modales y las tradiciones tienen un peso capital en el libro”, resume.

La familia tiene aún un poder beatífico o paliativo, de última fortaleza en caso de retirada. Hasta la protagonista lamenta que sus hijos hablen de su torturado tío el cura “con gran desenfado, mucha ligereza y gran animación, como si estuvieran hablando de algún personaje de la televisión”, reflexiona en el libro. “No hay que atribuir al pasado ese halo romántico de que siempre fue mejor, pero quizá deberíamos mirar un poco más hacia atrás”, apunta McDermott con una voz aún más pausada si cabe, moldeada como profesora de Humanidades en la Universidad John Hopkins. “Lo veo en mis estudiantes: van perdiendo tradiciones, historias sobre los orígenes de sus familias y así cada vez los más jóvenes conocen menos las vidas de los otros, y eso explica ese estar tan obsesivamente centrados en ellos mismos, sólo en su vida: porque no saben de las de los otros… Y ahí entran los cambios de vida familiar: los abuelos viven hoy, al menos en EE UU, lejos de sus nietos y cuesta que se reúnan y se cuenten viejas historias; así no pueden ver el mundo de los otros”. ¿Tiene eso una traducción en la literatura? “Sin duda: esta tendencia entre los escritores jóvenes hacia lo fantástico viene de ahí, esa obsesión por reflejar un realismo mágico aunque vengan de un mundo muy diferente al de García Márquez. La imaginación de estos nuevos escritores se desarrolla en esos parámetros… Conocen más los orígenes, tradiciones y por qué hace lo que hace Harry Potter, que la vida de sus abuelos”.

Casi no hay personaje en Alguien que no se refugie en una costumbre: el fondo ritual de la vida cotidiana como flotador ante la marejada del sobrevivir

Admite McDermott que los personajes de Alguien gozan de una felicidad dickensiana: gente humilde conforme con pequeñas migajas de felicidad porque saben que nunca triunfarán, siendo así felices en la humildad o el conformismo. “Dickens y Shakespeare son inevitables”, admite como influencia, con la misma naturalidad y un punto de ironía con la que, en cambio, se desmarca de las supuestas similitudes con Alice Munro o Anne Tyler. “Nos comparan porque nos llamamos igual”, zanja sobre la Nobel. No, sus referentes son Virginia Woolf (“no tanto por lo que pasa como por el lenguaje que utiliza para explicarlo”) y Vladímir Nabokov: “Logra cosas extraordinarias con los detalles: nos hace ver mucho más de lo que dice, hace próximos incluso a personajes por los que no tenemos simpatía alguna”.

Tres veces finalista de los Pulitzer—Aquella noche (1987, Tusquets), En bodas y entierros (1992, Tusquets), After This (2006)— es autora de novelas que en un primer redactado suelen ser extensísimas (“las voy recortando y dejando en lo esencial”), donde no hay imagen que tarde o temprano no tenga sentido (“ojalá pudieran hacerse novelas con post-it con fragmentos que pudieran moverse y pegarse a voluntad”, bromea), le preocupa poco que su literatura no sea un best seller (“la buena literatura necesita paciencia y sé que mi lector está ahí”). Seguirá apostando, pues, por una novela que no le molesta que se diga que tiene mirada de mujer porque “nos fijamos más en el por qué y en la vida interior” y que está cosida por los detalles: “Los detalles crean los personajes; en pintura, cada pincelada es vital; el detalle es la pincelada de la literatura”.

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