Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

La pasión madrileña de Goya

El pintor dejó su impronta en la ciudad donde conoció la enfermedad, el gozo y la fortuna

'Baile a orillas del Manzanares', óleo que pintó Goya en 1776-77. Ampliar foto
'Baile a orillas del Manzanares', óleo que pintó Goya en 1776-77.

Pueblo. Corte. Fiesta. Drama. Tal fue la secuencia de escenarios recorridos apasionadamente en Madrid por Francisco de Goya, sin duda el artista foráneo más entrañado con la ciudad. Por tal razón y desde hace dos siglos largos, forma parte íntegra del patrimonio simbólico y del imaginario madrileño. Lo mejor de su obra se encuentra entre el Museo del Prado, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, el Palacio Real y el Banco de España. También cabe contemplarla en otros museos, como el Lázaro Galdiano, así como en mansiones y colecciones particulares.

Frente al edificio del Prado, su figura es evocada en Madrid desde 1902 gracias al cincel de Mariano Benlliure, en una las mejores y broncíneas estatuas del escultor valenciano. De igual modo, llevan el nombre de Goya una estación de Metro y una calle, la arteria más comercial del barrio de Salamanca, jalonada por una enorme testa del aragonés. Cines, teatros, colegios e institutos han exhibido en Madrid el nombre del pintor universal a lo largo de dos siglos.

De apellido originario del País Vasco, Goya llega a Madrid con apenas veinte años. Procede de la villa zaragozana de Fuendetodos, donde nace en 1746 en el seno de una familia hidalga que ha perdido la documentación probatoria de su condición social. Este hecho causaría en él un persistente trastorno. Observador y creativo, vital y laborioso, será mandadero infantil entre molinos en su pueblo, con un amor duradero hacia la vida campestre que plasmará en muchas de sus obras. Sin embargo, será ciudadana y madrileña gran parte de su vida. Tras un viaje a Italia, en Madrid residirá en domicilios de calles como las de Fuencarral, esquina a San Onofre; la de Valverde y la de Santiago. Frecuentará todos los ambientes, desde los populares de la Pradera de San Isidro, que inmortalizará con sus pinceles —perfilando al mismo tiempo la histórica línea de paisaje de la ciudad hacia Poniente— hasta los palacios de los nobles como el de El Capricho, de los duques de Osuna, cerca de Barajas, o el de Boadilla del Monte, donde retratará al infante interiormente exiliado Luis Antonio de Borbón, a su esposa, la marquesa de Vallábriga, y a la condesa de Chinchón, esposa de Godoy.

En Madrid se casará Goya en 1776 con Josefina Bayeu, familiar de una saga de artistas de Cámara que, pese a exprimirle laboralmente —otra de las causas de sus pesares— le entroncarán con la Casa Real, no sin antes haber consumido años de aprendizaje pictórico en los que dibujará cuantiosos cartones, de corte aún barroco, para tapices de la real fábrica situada, entonces, en el barrio de la Justicia. También en Madrid tendrá Goya a sus hijos, de los que únicamente sobrevivirá Javier; trabará asimismo amistad con su íntimo confidente Zapater y con el dramaturgo Leandro Fernández Moratín, vecino de la calle de San Juan, con los que coincidirá más adelante en el exilio bordelés por su mutua condición de afrancesados. Fue Moratín quien contó que su amigo pintor formó parte de una cuadrilla de toreros, presumiblemente para huir de la justicia durante su mocedad, consecutivamente a un episodio de violencia. Expresivo y sociable, en el dibujo, la pintura y el grabado descubrirá Goya la vía de salida de su poderoso estro artístico, proceso alterado intermitentemente, a partir de 1790, por una acentuada bipolaridad de cuño depresivo que le alejará de los pinceles durante dos años.

Frecuentará todos los ambientes, desde los populares hasta los palacios de los nobles

El éxito llegará a sus puertas en Madrid, cuando Goya sea ya un avezado cuarentón. Sus mejores retratos llevarán la impronta madrileña, como el que representara a Carlos Gutiérrez de los Ríos, séptimo conde, y luego primer duque, de Fernán Núñez, excelente diplomático, quien fuera regidor perpetuo de la ciudad. En este retrato, que figura entre los mejores del mundo al decir de críticos de arte como José Camón Aznar, que fue pintado en 1803, muestra la particularidad de representar al aristócrata con atuendo de majo. Ataviada asimismo de maja retratará magistralmente, en otro memorable lienzo que hoy cabe admirar en la National Gallery de Londres, a Isabel Lobo Velasco, rondeña afincada en Madrid, musa de los constitucionalistas por su excelsa belleza y casada con el ministro de Ultramar, Antonio Porcel. Fue Porcel mentor de la importantísima Ley de Prensa e Imprenta previa a la Constitución de Cádiz de 1812, prócer igualmente efigiado en Madrid por el artista aragonés, si bien como cazador, en un cuadro perdido en un incendio en Buenos Aires, como ha documentado el estudioso José Valverde.

Goya fue un devoto aficionado a la caza. El Monte de El Pardo, histórico vivero cinegético de Madrid, atrajo su afición cazadora; su saber sobre este mundo de presas y armas lo plasmó el pintor con guiños como el de incluir las distintivas y minúsculas marcas de los armeros en todos los lienzos donde figuraba un monarca o un noble provistos de escopeta, según ha subrayado Álvaro Soler, conservador de la Real Armería del Palacio Real de Madrid.

En las sangrientas jornadas de mayo de 1808, con la invasión napoleónica de Madrid y los feroces enfrentamientos tras el alzamiento popular contra los ocupantes, Francisco de Goya, que residía en Madrid desde 1766 e, ininterrumpidamente, a partir de 1781, se ausenta de la ciudad y no pintará las conmovedoras escenas de aquellos acontecimientos —Los fusilamientos del Tres de Mayo y La carga de los mamelucos, lienzos ambos de alcance universal— hasta unos años después. Y ello tras haber formado parte inicialmente de la corte de José I, el rey impostor, instalado a sangre y fuego por su hermano Napoleón Bonaparte en Madrid. Goya engrosaría la comitiva de varios miles de familias españolas que se exiliaron a Francia tras la salida de José Bonaparte. De poco antes data una alegoría del reinado josefino, sucesivamente repintada por Goya con lemas políticos distintos, a tenor de la evolución de los acontecimientos en Madrid. Este curioso cuadro, que posee un medallón central a modo de cuba, se conserva en el hoy Museo de Historia, en la calle de Fuencarral, en un palacio anteriormente llamado del Hospicio, con pórtico churrigueresco de Pedro de Ribera y cornisa heráldica.

Tras lograr el perdón de Fernando VII, el rey encomienda a Goya la hechura de un retrato de lord Wellington, aliado de España en su lucha contra Napoleón. Cuenta la leyenda que ambos personajes, pintor y general, los dos de recio temperamento y conocedores de las armas, durante las obligadas poses del efigiado que el retrato demandaba se enzarzaron en una discusión que estuvo a punto de acabar a tiros.

Tras lograr el perdón de Fernando VII, el rey le encomendó un retrato de lord Wellington, aliado de España

Madrid fue también el lugar donde Goya pudo satisfacer su afición a los toros y sería en la plaza situada junto a la Puerta de Alcalá, edificada en 1754 con planos de Ventura Rodríguez, trazador de las fuentes de Neptuno y Cibeles, y Francisco Moradillo, rehabilitador de las Comendadoras, donde el aragonés presenciaría la cogida mortal del diestro matador Pepe Hillo, el 11 de mayo de 1801. La plaza fue demolida en 1874. Tras protagonizar en Madrid un —al parecer tórrido— romance con María Teresa Pilar Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, XIII duquesa de Alba, prolongado en el coto de Doñana, Goya, encandilado por la dama tonadillera, sufrió amargamente su muerte un año después: se asegura que fue ella quien posó como maja en sus dos célebres lienzos.

Andarín impetuoso, oteador de caza, charlista, Goya pateó Madrid de arriba abajo, desde el Palacio Real hasta el río, en cuya ribera, sobre una ermita neoclásica, pintó los frescos sobre el  milagro del portugués San Antonio de Padua, considerados como obra maestra. Otra prodigiosa obra, La última comunión de san José de Calasanz, fue pintada para la sede de las Escuelas Pías de la calle de la Farmacia, si bien sería trasladada a otra sede colegial de la calle de Gaztambide, cerca del barrio de Argüelles.

Pese a la trepidante vida seguida por Francisco de Goya en Madrid, tanto en la Corte —donde retrató a Carlos III y a la familia real de Carlos IV, más la de Fernando VII— como en los mentideros, donde abundaban las tan caras para él escenas populares, la sordera, severa a partir de 1791, había ido dejando a Goya en una situación de progresivo aislamiento. Sepultado en una cadena de depresiones de creciente gravedad, tanta que, según su biógrafo, el psiquiatra ecléctico, Francisco Alonso Fernández, "estuvieron a punto de conducirle a la muerte en torno al año 1792", Goya se sobrepuso, pero pasó a realizar pinturas negras, con tramas, colores y composiciones de este tenor como El naufragio y El carro de los locos. Para Alonso Fernández, "Goya fue un pintor de estados de ánimo" que alternaría estilísticamente sus obras desde un expresionismo inicial a un delicado impresionismo, como en La lechera de Burdeos.

"Pudo superar a la enfermedad gracias a la extraordinaria sociabilidad y comunicabilidad que conservó a lo largo de toda su vida", explica el doctor Alonso Fernández, quien ha trazado en torno al artista aragonés un cuadro maniaco-depresivo, hoy más propiamente llamado trastorno bipolar, para singularizar sus dolencias psíquicas. Al decir de críticos y estudiosos, el pintor universal plasmó las fantasmagorías inducidas por su enfermedad sobre los muros de una casa por él adquirida en una entonces apartada quinta de la ribera del Manzanares, encaramada sobre un altozano y unida a un caserón de labor sobre un paraje conocido como Las Huertas de Ramón, hoy en el barrio de Aluche. Antes de habitarla, la quinta ya se llamaba de El Sordo. La casa, demolida en mayo de 1908, sería inicialmente heredada por su hijo Javier Goya, primero, y por su nieto, el marqués del Espinar, después, hasta que fue vendida al barón de Erlanger. Fue este aristócrata quien decidió arrancar de los muros de la casa las llamadas Pinturas negras, 14 piezas cargadas de patetismo, que fueron copiadas en 1876 por el pintor Martínez Cubells y así rescatadas.

La capital fue el lugar donde pudo satisfacer su afición a los toros

Junto con Los desastres de la guerra y Los Caprichos, las pinturas negras de la quinta de Goya configuraron la irrupción del inconsciente en su obra, hito considerado revolucionario en la historia del arte pictórico y en la literatura, como preludio del subjetivismo y del romanticismo, así como evidente manifestación de lo que vendría a ser el objeto de la práctica psicoanalítica. El gran enigma vivido por Goya en Madrid, semejante al que caracteriza algunas variantes de la psicosis y que genera un extraño vértigo en quienes contemplan sus obras más tortuosas, es aquel que se plantea al surgir la duda sobre quién hablaba realmente a través de sus más atormentadas pinturas: si lo hacía él mismo, fruto de una titánica expresividad en pugna contra la depresión y llevada hasta su extremo, o bien si la respuesta a tal demanda se abisma por muy otros y tortuosos derroteros, como señalaron durante siglos las medievales posesiones diabólicas.

Como colofón de su agitada vida, Goya muere en el exilio voluntario de Burdeos en 1828 de un ictus apoplético consecutivo a un prolongado estado de euforia. Muy poco antes había protagonizado un viaje en diligencia hasta su amado Madrid, ya con ochenta años de edad, con posterior retorno a la ciudad francesa. Su cadáver, decapitado al parecer por una macabra novatada estudiantil, no sería repatriado a Madrid hasta finales del siglo XIX. Un hito con su nombre y el de sus compatriotas Meléndez Valdés, Leandro Fernández Moratín y Donoso Cortés recuerda el primer lugar madrileño, hoy cenotafio, en el que estuvo sepultado, el cementerio sacramental de San Isidro, no lejos del nicho donde permanece enterrada la duquesa de Alba, cuya autopsia reveló, por cierto, que le faltaba un pie.

Tiempo después de aquella primera inhumación, los restos de Goya fueron trasladados a la ermita de San Antonio de la Florida, bajo los deslumbrantes frescos que la coronan. La ermita se halla a un suspiro del recoleto cementerio donde reposan los restos de los patriotas fusilados por la soldadesca napoleónica en la montaña del Príncipe Pío la noche del 2 y la madrugada del 3 de mayo de 1808. Desde los prodigiosos trazos de sus pinceles y las umbrías masas cromáticas de sus pinturas más atribuladas, Goya parece hacer suyo el lema de Miguel de Cervantes: Post tenebras spero lucem.

Más información