Cuando el sol salió por fin en el Este

Muchas voces de la Europa Oriental vivían en el exilio aquel 9 de noviembre. Otras se habían forjado en la clandestinidad. El derrumbe de las dictaduras liberó la escritura

Praga, diciembre de 1989. El escritor Václav Havel, futuro presidente de la República Checa, saludaba desde un balcón.
Praga, diciembre de 1989. El escritor Václav Havel, futuro presidente de la República Checa, saludaba desde un balcón. Petar Kujundzic (Reuters)

Los años noventa acababan de estrenarse y Sofía y otras ciudades de Bulgaria eran un hervidero de actos y manifestaciones. Los búlgaros, cuenta el escritor Georgi Gospodinov, llevaban años cargados de “electricidad estática”. Y empezaban a liberarla. Para él, como para muchos, salir a la calle para protestar, para reunirse, para hacerse oír era algo tan nuevo que asustaba. Hacía sólo unos meses que los escombros del muro de Berlín habían alcanzado Sofía, precipitando, un día después, la caída del régimen comunista del ya tocado Todor Zhivkov. Y esa sensación de libertad en un país que había vivido 35 años de dictadura era algo inédito. “Me recuerdo en una de mis primeras manifestaciones, intentando levantar los brazos para animar. Nunca lo había hecho y apenas podía separarlos del cuerpo. Tenía miedo. Mientras alzaba la mano y luego el codo, poco a poco, no dejaba de mirar alrededor por si alguien me estaba haciendo una fotografía o espiando”, cuenta. Novelista, poeta y columnista, Gospodinov (Yambol, 1968), uno de los autores búlgaros más conocidos de su generación, apunta que ese destape no sólo se produjo en las calles, también en la cultura, que empezó a tratar de sanar las cicatrices de la censura y el totalitarismo.

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Lo hizo de distintas formas. Apoyado en una de las columnas de entrada del Museo de la Literatura Rumana de Iasi (noreste de Rumania), el novelista, poeta y dramaturgo Dan Lungu habla de las diferencias entre la literatura de los países que vivieron ese revolucionario otoño. Polonia, Rumania, Bulgaria, Hungría, Checoslovaquia… “No existe un género llamado escritura de Europa del Este”, incide. “Estamos hablando de varios Estados, de varias generaciones de autores, de diferentes culturas y géneros; aunque sí hay un denominador común: todos descubrimos la libertad de estilo casi a la vez. Y surgió una literatura reconstruida después de la libertad”, dice. Lungu (Soy un vejestorio comunista), que ha reunido en Iasi, en el Festival Internacional de Literatura y Traducción (Filit), a numerosos autores del Este —desde Gospodinov y Norman Manea hasta la premio Nobel rumana Herta Müller—, explica que, tras años de metáforas y círculos para eludir la asfixiante censura, muchos autores abrazaron un lenguaje directo. Incluso áspero; descarnado.

Para algunos esa liberación, el desnudo, llegó tras el Muro. Hace 25 años. Otros no necesitaron ese punto de inflexión, se habían curtido en las publicaciones clandestinas. O lo habían alcanzado, de lleno, fuera. Muchas de las grandes voces de la cultura de Europa Oriental habían tenido que exiliarse. El polaco Adam Zagajewski (Lwów, actualmente L’viv, Ucrania; 1945) abandonó su país en 1982, perseguido por el régimen militar del general Wojciech Jaruzelski. Relata que el día que cayó el Muro estaba en París. “Fue bastante memorable. Mi mujer y yo estábamos cenando con algunos amigos, entre los que estaban el conocido poeta americano C. K. Williams y el filósofo franco-búlgaro Tzvetan Todorov. La televisión nos arruinó la cena: no podíamos apartar los ojos de la pantalla. Ahí vimos en directo, entre la confusión y la alegría, cómo el símbolo sombrío de la división del mundo se hundía, vimos gente feliz cruzando la línea mágica que hasta entonces había sido sinónimo de la pena de muerte. Y de repente esto, alegría, champán. Inolvidable”, rememora.

Zagajewski (Dos ciudades, Deseo, Tierra de fuego), considerado como uno de los grandes poetas contemporáneos, apunta que lo ocurrido aquel 9 de noviembre no afectó a su escritura. El Muro, dice, cayó para distintas personas en distintos momentos. Para él se había derrumbado mucho antes. “En los años setenta me consideré un escritor, un poeta que luchó contra la realidad política de su país. El Muro tenía que deshacerse y se deshizo a través del aprendizaje y de la participación en las publicaciones clandestinas. Y a principios de los ochenta, la brutalidad del periodo de la ley marcial en Polonia tuvo el efecto de retirar la máscara. Cuando me instalé en París tenía la sensación de que el Muro era sólo un fantasma. Al menos en el sentido intelectual, el comunismo estaba muerto mucho antes de aquella cena arruinada por la televisión”, sostiene.

Hacía sólo unos meses que los escombros del muro de Berlín habían alcanzado Sofía, precipitando, un día después, la caída del régimen 

La rumana Herta Müller (Ni’chidorf, 1953) también se forjó en boletines clandestinos antes de publicar, en 1982, su primer volumen —mutilado por la censura— en una Rumania enloquecida por la lupa constante de la policía de inteligencia de Nicolae Ceausescu, la Securitate. Cinco años después, la escritora, perteneciente a la minoría germanófona, tuvo que salir del país ante el acoso del régimen. Fue a Alemania. Y allí, en Berlín, estaba aquel mes de noviembre de 1989, al caer el Muro. Cuenta la premio Nobel (2009) que cuando llegó estaba tan destrozada que no podía haber escrito de otra cosa que de lo vivido durante tres décadas de represión. “Sobre todo los primeros años, cuando yo sabía que el régimen de Ceausescu aún estaba en el poder y que decenas de personas que conocía y amaba no habían logrado escapar. No podía escribir sobre cualquier cosa. Era eso o no escribir en absoluto”, dice en una conferencia en el Teatro Nacional de Iasi. Alumbró ‘En tierras bajas o El hombre es un gran faisán en el mundo, entre otros, en los que, de manera lírica y seca, retrata la sociedad bajo la dictadura de Ceausescu.

El conducator rumano fue ajusticiado junto a su esposa, Elena, el día de Navidad de 1989. Las imágenes de sus cadáveres dieron la vuelta al mundo. “Fue como una tragedia medieval”, apunta Ismaíl Kadaré (El palacio de los sueños). Y en una aisladísima Albania —lo estaba incluso dentro del bloque comunista—, Berlín quedaba muy lejos. Rumanía no tanto, quizá por las formas –Rumania fue la única revolución de aquel otoño en la que hubo sangre--. Lo ocurrido con Ceausescu, aunque no fue un punto de inflexión para la literatura del país, sí “afectó mucho” al régimen, remarca el autor de El gran invierno y Premio Príncipe de Asturias en 2009. “Pero la tragedia albanesa es más espectacular que todo eso, más teatral y terrible, porque estábamos rodeados de nuestros propios muros. Algunos cayeron, otros no”, comenta Kadaré (Gjirokastra, 1936) desde Tirana, donde pasa largas temporadas desde que se exilió a París en 1990. Entonces ya había muerto el tirano Enver Hoxha y el país salía de su reclusión, pero Kadaré, que había retratado la oscuridad del régimen en varias de sus obras, creía que el cambio no era real. Y salió para contarlo.

El derrumbe del bloque comunista dio lugar a numerosas autobiografías, poesía y novelas con reminiscencias del pasado reciente, apunta Lungu. Una forma, voluntaria o no —algunos autores refieren esa intención de cambio social; otros creen que no es su función, sino que escriben de lo que conocen—, de recuperación de la memoria histórica. “Es una literatura que trabaja con la empatía, que cuenta las historias de las personas, héroes o no; fuertes o débiles”, apunta el búlgaro Gospodinov (Una novela natural). “En esta parte del mundo tenemos muchas historias bajo la alfombra, hemos vivido en una cultura del silencio que aún permanece. Por eso es tan importante mostrar esas pequeñas historias personales, incluso cotidianas, que no se contaron. Cualquiera puede comprenderlas, haya vivido lo mismo o no. Sólo las historias personales son universales”, sigue. Vidas, quizá, como la de su abuela, a la que recuerda leyendo en voz baja la censurada Biblia a la luz de una vela. Susurrando, susurrando, mientras recorría sus renglones con el dedo.

Estamos hablando de varios Estados, de varias generaciones de autores, de diferentes culturas y géneros; aunque sí hay un denominador común: todos descubrimos la libertad de estilo Dan Lungu

Pero la literatura de la zona no puede resumirse como un conjunto de obras de reacción, narración o de recuerdo de la época del telón de acero. Es mucho más. “Si bien es cierto que durante años se habló mucho sobre ese tiempo, ahora el mundo globalizado ha ampliado esas miradas”, dice la escritora y reportera polaca Malgorzata Rejmer (Varsovia, 1985), que ha viajado por Europa del Este para publicar una serie de libros que retratan la sociedad: Bucarest, Albania, Bosnia… Rejmer explica que su generación ni siquiera ha construido ya su identidad en torno al Muro.

Ahora, analiza la consultora rumana Ioana Ioftide, que inicia su camino en la promoción cultural, se publica mucha ficción. También, indica Lungu, libros de historia: “En Rumania, por primera vez, se están publicando obras que analizan la década de los cincuenta, los años negros, uno de los periodos más desconocidos de la dictadura comunista. Es triste que hayan tenido que pasar 25 años para poder hablar de ello, pero se ha hecho”.

Sobre la firma

María R. Sahuquillo

Corresponsal en Moscú, desde donde cubre Rusia, Ucrania, Bielorrusia y el resto del espacio post-soviético. Antes, fue enviada especial para grandes coberturas y se ocupó de los países de Europa Central y Oriental. Ha desarrollado casi toda su carrera en EL PAÍS y además de temas internacionales está especializada en asuntos de igualdad y sanidad.

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