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Bosque

Es emocionante el borbotón de preguntas que se suceden en el 'Diario de cine' de Jonas Mekas

Fotograma de 'Reminiscencias de un viaje a Lituania' (1972), de Jonas Mekas.
Fotograma de 'Reminiscencias de un viaje a Lituania' (1972), de Jonas Mekas.

En su Diario de cine. El nacimiento del nuevo cine norteamericano (Mangos de Hacha), donde el autor, el cineasta, escritor y crítico estadounidense de origen lituano Jonas Mekas (Semeniskiai, 1922) reúne todas las columnas que publicó, entre 1958 y 1971, en Village Voice, hay una, fechada el 2 de marzo de 1964 y que destaca ahora en su Introducción a la edición que comentamos, donde no solo anuncia en falso que dejará de escribirlas, sino que acompaña esta declaración con una sorprendente digresión estética: “Aún el arte puede esclavizar al hombre, quitarle la libertad. Hoy presiento que solo es sagrado el arte que no tiene ideas, que no tiene pensamientos, significados, contenido, el arte que es, simplemente, hermoso, que no tiene otro propósito que el de su belleza; que simplemente es, como los árboles”. Considerado como uno de los más conspicuos y respetados creadores cinematográficos underground, aunque esta defensa de un arte natural, incontaminado, digamos, puro, puede ser interpretada de muy diversas maneras, no deja, en efecto, de ser sorprendente en alguien como Mekas, tan aparentemente vanguardista e intelectualizado. A mí, por lo menos, me dejó meditabundo.

Por de pronto, me hizo pensar en lo que escribió ambivalentemente Platón sobre el arte, que lo calificó como un peligro para la sociedad y, a la vez, como la única vía de salvación. Esta contradicción se refleja en el Fedro, donde hace esa enigmática afirmación de que “la poesía de los locos eclipsa a la de los sensatos”; vamos: que la inspiración como posesión divina del poeta tiene más valor que cualquier esfuerzo por estudiar la correcta aplicación de las reglas en la composición del poema. Desde otra perspectiva, Aristóteles también señaló la mayor profundidad y excelencia de la poesía sobre la historia, pues la segunda narra lo ocurrido, mientras la primera lo que podría llegar a ocurrir; algo así como que la inspiración poética siempre nos dirá más y mejor sobre el humano acontecer que la simple expiración documental.

Saltar desde hoy hasta la era precristiana no es caprichoso en plena crisis del arte, porque es volver al momento de su creación desde el momento de su declive; vamos: es un decir, porque el arte, como casi todo lo humano mortal, decae desde justo el momento de su invención. Y también porque estamos deslindando en la actualidad qué es el arte y qué queremos que sea, si un instrumento para expresar lo particular e intransferible que perfora y oxigena la tupida red comunitaria, o, por el contrario, el de la policía que rellena los amenazantes agujeros del compactado bien común; o sea: si nos conformamos o no con nuestras mentiras circunstanciales; si queremos hacernos preguntas o si tenemos respuestas para todo; si, en definitiva, queremos entronizar al Platón de la inspiración o al de la expiración, el que apuesta por la poesía o por la historia, el que nos quita o nos da la razón.

La higienización de los productos artísticos hasta su total despojamiento de trazas orgánicas los ha convertido en signos informativos descodificables mediante claves sociales puntuales, adelgazando al máximo su densidad, cual si fueran crucigramas que funcionan con respuestas preconcebidas inventariables. De esta manera, su enigmático desafío consiste en hallar la respuesta correcta. Algo que excita nuestro ingenio, nos distrae de lo real y consigue entretenernos; algo, en suma, programado y mecánico. Sin misterio, sin un “más allá” de sí mismo, como quien mira un dedo y no adónde apunta. Porque, sin la inquisitiva inspiración, no es que el arte decaiga: simplemente se agota y expira.

En este contexto, me resulta emocionante el borbotón de preguntas inesperadas que se suceden en los comentarios de Mekas en su Diario de cine y, en especial, la resaltada cita de su texto de introducción, en la que suspira por la incomprensible belleza de un árbol oculto entre la tupida densidad del indiferenciado bosque, atisbado desde la lejanía y mediante un simple vistazo.

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