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PURO TEATRO
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Con un par (o varios)

'Llibert', escrita y protagonizada por Gemma Brió, es una de las grandes sorpresas de la temporada Nacida en el 'off' (Almería Teatro), ahora conmueve al público en la Biblioteca de Catalunya

Gemma Brió y, a la derecha, Tàtels Pérez, en una escena de 'Llibert'.
Gemma Brió y, a la derecha, Tàtels Pérez, en una escena de 'Llibert'. Felipe Mena

Llibert, el debut como dramaturga de la actriz Gemma Brió, es una de las funciones más duras, conmovedoras, valientes y poderosas que he visto últimamente. El teatro se inventó para cosas así, nacidas de la necesidad vital, de la urgencia expresiva. Como nadie quería producir este espectáculo, el equipo buscó financiación por micromecenazgo y lo presentaron el pasado noviembre en el Almería Teatro de Barcelona, puro off, casi de puntillas. Llenaron y quedó gente fuera, pero, por suerte, La Perla 29 les ha acogido por tres semanas (ojalá prorroguen) en la cripta de la Biblioteca de Catalunya. Llibert narra 15 días en la vida de una pareja que ha tenido un hijo con daños cerebrales irreparables, un hijo condenado a ser un muerto en vida. Tres actrices en escena. Gemma Brió interpreta a Ada, la madre, y recorre un escarpado zigzag de emociones: la explosión de felicidad inicial, los diagnósticos equivocados, la esperanza menguante y la dolorosa certeza de que lo mejor es que muera, pues cuando unos padres dan a su hijo el nombre de Liberto es una ironía atroz que el destino quiera hacerle vivir en la peor de las prisiones.

Brió es la voz que narra su desventura, que se debate entre esos estados cambiantes de hora en hora, que dibuja fugas imaginarias, atenazada por la espera y las telarañas burocráticas. Una voz dulce y rebelde, que le canta a su hijo Cachito de Nat King Cole a guisa de nana, y Sin embargo te quiero cuando recibe la noticia fatal, y La Internacional para animarle al combate; una voz furiosa como la de Antígona, enfrentándose luego al segurata del aeropuerto que no le deja pasar la caja con el cuerpo, pero que sabe agradecer la entrega vocacional de los médicos y las enfermeras cómplices; una voz sarcástica (“Parece que hay un compló de la Generalitat contra la infancia: han decidido no pagar horas extras ni a maestros ni a pediatras”); una voz que escupe invectivas empapadas en humor vitriólico (“Si tiene medio cerebro, siempre podrá ser empresario teatral”) en la línea de la memorable A day in the death of Joe Egg, de Peter Nichols; una voz desesperada que no quiere rendirse.

Llibert es una de las funciones más duras, conmovedoras, valientes y poderosas que he visto últimamente

No menos compleja es la labor de Tàtels Pérez, que encarna a la volcánica Etna, su mejor amiga, y a Vicente, el compañero de Ada (de presencia más fugaz, porque la madre es el centro absoluto del relato), y a los amigos, y al personal hospitalario, y al mismísimo san Pedro a las puertas del cielo. Mürfila, tercera en concordia, es actriz, cantante y guitarrista, y su espléndido trabajo consiste en sembrar, hacer crecer o subrayar atmósferas con su voz y su música: un repertorio que va desde Top of the world, de los Carpenters, himno a la maternidad feliz; pasando por la versión casi punk de Wild thing, un trallazo eléctrico cuando el cielo comienza a cargarse de nubes oscuras, hasta el responso de Always on my mind (que nunca podré volver a escuchar igual que antes) atravesando la escena final como una aguja de hielo en la nuca.

Me gusta mucho la forma de Llibert. El patrón de este tipo de duelos suele seguir una estructura de voz única y cronológica, como El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, pero aquí hay avances en el tiempo (el episodio del aeropuerto), multiplicidad de voces, narración en segunda persona, interpelaciones al público (que pasan a ser personajes/interlocutores), vuelos de la imaginación y canciones que (pura esencia de musical) prolongan lo que la palabra no llega a expresar. Pegas (mínimas): algún enmarañamiento y, para mi gusto, el cliché reduccionista de confundir a Dios con lo peor de su iglesia.

Norbert Martínez, el director, imprime un ritmo y una intensidad constantes, que evitan cualquier hamacamiento en el dolor. Parece ser, por desgracia, que ese terrible infortunio les sucedió a Gemma Brió y a su compañero, pero no han querido comerciar promocionalmente con ese dolor llevando el agua confesional a su molino, lo que subraya, por si hiciera falta, la honestidad de la propuesta. Comprendo el interés periodístico (y del propio público) porque ante el vínculo autobiográfico, el coraje parece duplicarse: hay que tener mucho valor, pensamos, para revivir tamaña desventura cada noche, aunque tal vez la repetición contribuya a cauterizar la herida. En todo caso, no es ese el asunto. La autora daba en el clavo al plantear en una entrevista reciente: “¿Cambiaría algo si dijera que todo es inventado? ¿El espectáculo perdería verdad?”. Porque aquí no se trata de celebrar tan solo su coraje humano, sino, sobre todo, de aplaudir su valor artístico.

Hace falta un corazón fuerte para abordar esa historia y también para verla en escena. La tensión emocional sube muchos grados en el último tercio, cuando Ada y Vicente se atreven a desear la muerte del hijo, pero topan con la ley, que les aboca a algo mucho más espantoso: la espera del empeoramiento. En esa última parte me pregunté: ¿es necesario que asistamos a la agonía del niño? ¿No es ir demasiado lejos, no se roza ahí un poco la obscenidad? Preguntas, creo yo, legítimas, es decir, de legítima defensa. Luego pensé que una de las razones de la fuerza, del impacto de Llibert, es que va muy lejos, más allá de lo imaginable, de lo representable, y con una absoluta naturalidad, sin ponerse escarapelas transgresoras. Esa parte me pareció durísima, en términos humanos y dramáticos, pero mi respeto es absoluto, porque en ningún momento te hace poner en duda su decencia. Creo que no hay explotación sentimental porque Llibert es una tragedia, y toda tragedia necesita una verdadera catarsis para llegar a la confortación, a la comunión del sentimiento. Catarsis a caballo de emociones entrelazadas, superpuestas: dolor rabioso por esa muerte y por el hecho de que sus padres (ya nosotros, pues miramos y lloramos con sus ojos) hayan de contemplarla; liberación cuando la pobre criatura (“¡Vuela, Llibert, vuela!”) escapa de la indigna vida que le esperaba. Y pienso que, en definitiva, el hecho de mostrar esa agonía quizá sirve para apoyar la reivindicación de la eutanasia que propone la autora: evidenciar lo que podría haberse evitado con una simple inyección. Suelo ponerme en pie para aplaudir cuando termina una función que me ha sacudido, pero esta vez me quedé clavado en la butaca. No olvidaremos Llibert.

Llibert. De Gemma Brió. Dirección: Norbert Martínez. Intérpretes: Gemma Brió, Tàtels Pérez, Mürfila. Biblioteca de Catalunya. Barcelona. Hasta el 27 de abril.

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