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España, la Gran Guerra de espías

Un ensayo destapa la masiva infiltración de los servicios secretos de los países que combatieron entre 1914 y 1918 y rompe con el falso mito de la neutralidad

Un submarino alemán inspecciona el transatlántico español Infanta Isabel de Borbón frente a Cádiz en marzo de 1918.
Un submarino alemán inspecciona el transatlántico español Infanta Isabel de Borbón frente a Cádiz en marzo de 1918.

Si los Estados tuviesen dignidad, podría decirse que la de España se arrastró por el fango entre 1914 y 1918. Los servicios secretos de los países en guerra perforaron cada minúsculo espacio de la política, la economía y la sociedad hasta llegar a doblegar las decisiones oficiales. La prensa aceptó sobornos para vocear la propaganda de cada bando. La exportación de materias primas básicas para la guerra (piritas, wolframio, plomo...) dependía de extranjeros. En las costas se desplegó una guerra submarina que no respetó neutralidades (los alemanes hundieron en distintos mares más de 12,5 millones de toneladas de barcos mercantes, incluidos varios españoles). Mientras la población purgaba, unos pocos se enriquecían gracias al contrabando y esos negocios que florecen cuando la legalidad se marchita. La cacareada neutralidad era una fachada de cartón-piedra.

Al frente de aquel Estado en manos ajenas, había un rey, Alfonso XIII, atrapado entre un sueño (ser el mediador de la paz del nuevo mundo) y una pesadilla (ser la víctima de una conspiración internacional para derrocarle). “El régimen está pensando en sí mismo, en llegar a mañana, en su propia supervivencia. Ningún país de alrededor habría tolerado una violación permanente de la soberanía del Estado. Nadie con responsabilidad de Gobierno está a la altura de su dignidad. Y Alfonso XIII, que no era tonto ni idiota, se daba cuenta de que había una clase social desesperada que reclamaba su sitio y que la guerra podría acelerar el proceso. El rey no piensa en que España está tomada por espías, piensa solo en que pueden querer cargárselo”, señala Fernando García Sanz (Segovia, 1962), el historiador que ha condensado en un ensayo de 429 páginas, España en la Gran Guerra (Galaxia Gutenberg), más de una década de investigación.

Pilar Millán Astray, pintada por Julio Romero de Torres.
Pilar Millán Astray, pintada por Julio Romero de Torres.

Ser un país infiltrado de cabo a rabo tiene una gran ventaja para los investigadores. La reconstrucción histórica de García Sanz debe mucho a la documentación confidencial que se conserva en archivos de las potencias aliadas. “Los españoles ignoraban que sus claves habían sido reventadas desde antes de la guerra. Se interceptaban todos los telegramas y comunicaciones, incluidos los del rey Alfonso XIII”, desvela el autor, que dirige la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma, el único centro de humanidades en el extranjero del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

Por su ensayo desfilan personajes novelescos como la escritora y hermana del fundador de la Legión, Pilar Millán Astray, que colaboró con los alemanes. “Mata Hari fue una tontería al lado de muchas mujeres que se dedican al espionaje. Algunas fueron tan buenas que ni hoy sabemos de su participación”. Pilar Millán Astray, viuda, con tres hijos y una economía precaria, se puso al servicio del espionaje germano en Barcelona. Entre sus piezas ilustres destacó el embajador británico en España, sir Arthur Henry Hardinge, a quien conoció en el hotel Colón. “Aprovechando las ausencias del hotel del diplomático, consiguió entrar en la habitación y copiar los documentos secretos que encontró en su cartera”, detalla el libro. Cada entrega se compensaba con mil pesetas, un dineral entonces. Pero Pilar Millán Astray no era un verso suelto. Los servicios secretos de unos y otros contaron con profesionales de cualquier índole —de fogoneros y camareras a carabineros y senadores— llevados por diferentes motivaciones —algunos sufrieron chantajes por su homosexualidad o sus adicciones y otros se prestaron por simpatías ideológicas—, aunque la crematística predominó sobre las demás.

“Se interceptaban todos los telegramas, incluidos los del rey Alfonso XIII”

En aquella sociedad donde casi todos tenían un precio (los periodistas, los comisarios de policía como el germanófilo Manuel Bravo Portillo o el aliadófilo Francisco Martorell, los gobernadores civiles...), solo un colectivo permaneció impasible a las tentaciones: “En toda España, la Guardia Civil era incorruptible, y se movía sobre todo por un férreo espíritu de disciplina”. En el libro se rescata el testimonio de un agente francés: “Siguiendo órdenes tiran hoy contra los socialistas y mañana tirarán, también siguiendo órdenes, contra los reaccionarios con la misma convicción”.

Pilar Millán Astray se puso al servicio de los alemanes en Barcelona

Mientras los Estados combatientes creían que la Gran Guerra sería una guerrita, apenas nadie reparó en España. El juicio cambió cuando se vislumbró el largo conflicto. “Los neutrales son muy importantes para el esfuerzo de la guerra. España se hace imprescindible. Era imposible que fuera neutral. Teníamos las materias primas y una ubicación estratégica”.

El afán de atesorar información masiva arranca entonces. Y los países como Suiza o España son sus grandes escenarios. Aunque los aliados ganaron la guerra, García Sanz concluye que en España “perdieron la guerra de la propaganda. Los alemanes dieron importancia a España desde el principio. Su propaganda era sencilla: Francia y Reino Unido han sido tradicionales enemigos de España e Italia atenta contra el Papa… Es un mensaje eficaz porque es visceral. Los aliados hablaban de libertad y democracia. Era un producto más difícil de vender en España porque había que creerlo”.

El desenlace de la historia está a la altura del papel español. A pesar de haber sido un frente en la batalla de la información y una prestadora de servicios, “el país no logró el reconocimiento internacional”. Ni Alfonso XIII fue el mediador que soñó ser ni España accedió al selecto club de las potencias. Y ahí sigue.

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