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Loïe Fuller, la Méliès de la danza

Una exposición recupera la figura y los inventos de la revolucionaria bailarina y coreógrafa

Ideó con telas, luz y movimiento el mítico baile de serpentina

Thérèze Rentz baila 'La Loïe Fuller a caballo' en el Cirque Molier en 1904. Ver fotogalería
Thérèze Rentz baila 'La Loïe Fuller a caballo' en el Cirque Molier en 1904.

Bailarina, coreógrafa, inventora, científica, comisaria de arte, cineasta, empresaria, feminista, lesbiana sin tapujos… en realidad sobran etiquetas y basta una sola imagen para arrodillarse ante la apabullante figura de Loïe Fuller (Illinois, 1862-París, 1928). Su pequeño y robusto cuerpo moviendo metros y metros de seda blanca en su danza serpentina no solo revolucionó la historia de las artes escénicas sino que elevó el envolvente gesto a icono femenino. Fuller, algo así como la George Méliès de la danza, desarrolló con sus experimentos infinidad de ilusiones ópticas. Sus juegos de vestuario y de luz —con dos varillas como extensión de sus brazos, moviendo en círculos gigantes las telas que abrían y cerraban su cuerpo— no solo representaron la metamorfosis de la crisálida en mariposa, el nacimiento de la ninfa de Aby Warbug, sino que lograron equiparar el movimiento humano a la armonía de la naturaleza. La mujer terrenal y voladora.

La exposición Escenarios del cuerpo. La metamorfosis de Loïe Fuller, que mañana se inaugura en La Casa Encendida de Madrid, nos ofrece un viaje a su fértil fantasía y a la enorme influencia que tuvo en todas la artes, de la moda al cine, a través de casi 140 piezas entre fotografías de época, esculturas, dibujos, películas y hasta pañuelos. Llegadas desde Nueva York, Viena o París bajo la coordinación de la comisaria Aurora Herrera —quien en 2009 ya ofreció en el mismo espacio otra gran retrospectiva dedicada a otro innovador del espacio escénico, el británico Edward Gordon Craig— las piezas recorren la vida de una mujer tan adelantada a su tiempo que cuando a finales de los años veinte le detectan un cáncer de pecho se fotografía mutilada, trascendiendo con su radical gesto todo el dolor de su cuerpo y haciendo trizas un tabú estético que aún hoy persiste. “Ahora se la considera una bailarina pero su origen fue el vodevil, su formación venía del arte escénico popular”, recuerda Aurora Herrera, para quien esas raíces en la cultura popular son fundamentales para comprender el fondo de su agitación escénica. “A veces, para ser original basta con volver al origen de las cosas”, explica la comisaria en referencia a cómo Fuller incorporó el teatro de barraca a sus exquistas propuestas escénicas.

Fotografía de Isaiah West Taber de Loïe Fuller bailando. Paris, Musée d'Orsay
Fotografía de Isaiah West Taber de Loïe Fuller bailando. Paris, Musée d'Orsay

“Una gran bailarina no necesita música”, escribió Fuller, “porque la música limita sus movimientos y no le proporciona libertad; y hasta la bailarina más grande necesita la mayor cantidad de libertad posible”. En esa libertad de movimiento se inscribe la pieza que sirve de colofón a la exposición: una película de quince minutos dirigida y “bailada” por La Ribot. Con música de Carles Santos, cámara en mano, la bailarina ofrece un ejercicio “de luz, movimiento y sonido” . “Hago lo que ella hacía con las varillas, uso la cámara como la prolongación de mi propio cuerpo. Fuller dejó la puerta abierta a la abstracción. Traspasó las disciplinas”, añade.

La primera vez que Loïe Fuller pisó un escenario fue con dos años. Recitó una poesía en el Progressive Lyceum de Chicago con tanta gracia que ya no abandonaría las tablas. A partir de ese instante su vida es un crecendo artístico que le hace tocar todos los palos:Shakespeare, canto, ópera... se inicia en la danza de la falda, inspirada en el can-can. La enorme influencia de Fuller en su tiempo se puede ver en la cantidad de bailarinas que la imitaron y los artistas que se inspiraron en ella: Mallarmé, Valéry, Rodin, Toulouse-Lautrec, el propio Méliès.

La artista reivindicaba “brincar, saltar, rebotar, girar, retorcerse, balancearse, deslizarse…” rompiendo todas las reglas posibles. En el recorrido, ocho enormes telones se ondulan y reproducen las maravillosas películas de época con sus coreografías (ella jamás se filmó porque pensaba que el cine no hacia justicia a sus movimientos) mientras un vestido blanco despliega sus enormes alas. Olas de tela gigantes que funcionan también como pantalla de vivos colores, el efecto se multiplica gracias a uno de los dispositivos escénicos inventados por ella. Un juego de espejos, de capas y de sueños, capaz de despertar con un simple truco de feria la imaginación más adormecida.

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