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El hombre que fue jueves
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Sondheim, el maestro

Marcos Ordóñez
Stephen Sonheim en una imagen del documental.
Stephen Sonheim en una imagen del documental.

En Canal + he visto, genuflexo, Six by Sondheim, un estupendo documental de HBO sobre “el padre del musical moderno”, como acertadamente le llamó Frank Rich, el gran crítico de The New York Times, aquí en funciones de productor ejecutivo. Lo ha escrito y dirigido James Lapine, su libretista en Sunday in the park with George, Into the woods y Passion, y recoge, entre otras maravillas, algunas entrevistas y material de archivo procedentes de Sondheim on Sondheim, el paseo por su vida y obra que Lapine armó en 2010, en Studio 54. Primera evidencia: el salto casi cuántico entre el artista juvenil, ultraneurótico, crispado, envuelto en una permanente nube de humo, y el maestro maduro, sereno, con el aura y las maneras de un monarca antiguo. Siempre ha sido Sondheim muy elusivo acerca de su vida privada, y justamente por eso destacan dos confesiones (terrible la primera, sorprendente la segunda) dichas como al desgaire, y a las que quizás un psicoanalista encontraría un vínculo: descubrimos que su madre le dijo (por carta): “Sólo lamento una cosa en mi vida, y es haberte tenido” y que él no tuvo una relación estable hasta cumplidos los sesenta. Cuenta luego que fue feliz en la academia militar a la que le enviaron sus padres tras divorciarse (“Allí nació o creció”, cuenta, “mi pasión por las reglas y la disciplina”) y, sobre todo, que encontró un nuevo hogar en la casa vecina de Oscar y Dorothy Hammerstein. Y un mentor inigualable: Oscar Hammerstein le enseña a estructurar canciones y musicales, le pone en contacto con Bernstein y Robbins para que escriba las letras de West Side story y, poco antes de morir, como recuerda Sondheim con lágrimas en los ojos, tiene la grandeza de entregarle una foto donde escribe "Para Stevie, mi amigo y maestro".

James Lapine ha elegido seis composiciones que sintetizan otros tantos periodos de su trayectoria y huyen de lo previsible. Todas son notables, pero mi póquer de ases lo forman, por orden de aparición, 1) Larry Kert, que fue el primer Tony de West Side Story, canta Something's coming desde una filmación televisiva de 1957; 2) Dean Jones, el Bobby original de Company, sirve un ardiente Being alive, rescatado de las sesiones de grabación del Cast album que rodó D.A. Pennebaker, 3) la resplandeciente filmación, a cargo del propio Lapine, de Opening doors (Merrily we roll along) con Darren Criss, Jeremy Jordan, America Ferrera, Laura Osner y, sorpresa, el propio Sondheim interpretando el papel del productor, y 4) el extrañísimo clip de Todd Haynes, con Jarvis Cocker cantando I'm still here, de Follies, en un espectral club nocturno poblado de mujeres maduras y tristísimas.

En el último tercio aparece el Sondheim literalmente magistral (“la enseñanza es para mí una profesión sagrada y una necesidad: no podría vivir sin ella”) con una escena en la que le explica a un joven alumno, de modo claro y minucioso, la esencia de My friends, la canción de las navajas de Sweeney Todd. “Me convierto en un actor”, concluye, “cada vez que escribo canciones. Un actor que entra en cada personaje e intenta atrapar un monólogo o una conversación”. La única pega de Six by Sondheim es que solo dure una hora y media. ¡Ojalá fueran 12 capítulos! (Por cierto, se sigue emitiendo en el Plus hasta el 1 de febrero).

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