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REPORTAJE

No hay olvido para Lobo

Un nuevo museo aspira a sacar del ostracismo al escultor zamorano fallecido hace 20 años

Premio Nacional de las Artes, fue ninguneado en el franquismo por su ideología republicana

La escultura 'Courseulles' (1964-68), bronce situado delante del castillo de Zamora. Ver fotogalería
La escultura 'Courseulles' (1964-68), bronce situado delante del castillo de Zamora.

Baltasar Lobo no sospechaba que aquel sería el último día de su vida como escultor. Salió de su taller parisiense y no regresó. El escultor nacido en Cerecinos de Campos (Zamora) el 22 de febrero de 1910 falleció a los 83 años, el 4 de septiembre de 1993. En su estudio quedaron pinceles resecos, dibujos, sus tornos y hasta una pieza a medio acabar. Un lustro después se empaquetó casi todo para España gracias a una comisión de expertos presidida por el arquitecto zamorano Francisco Somoza y tras pagar al fisco francés unas deudas de herencia. "Fue emocionante entrar en su taller y ver que todo estaba como él lo había dejado, respirar aquel aire", dice Somoza.

Ahora se han cumplido 20 años de la muerte de Lobo, al que Francisco Calvo Serraller, crítico de arte de EL PAÍS, definió como "uno de los mejores escultores españoles del siglo XX". De carácter introvertido, solitario, exiliado en 1939 por su compromiso con la República, Lobo ocupa un lugar de honor en el salón de los olvidados del arte español. Sin embargo, ahora podrá salir del ostracismo con el gran museo que se prevé albergue, dentro de un año, en la ciudad castellanoleonesa, casi la mitad de sus 700 piezas (entre esculturas y dibujos), de las que ahora solo pueden verse unas 80 en la Casa de los Gigantes, acondicionada para este fin por Somoza.

En ese edificio se exponen esculturas y fotos del artista que ayudan a conocer su dura vida. Las cualidades que demostró para la talla desde niño le llevan a aprender el oficio en un taller en Valladolid y luego, con 17 años, a Madrid, con una beca en la Academia de Bellas Artes. El adolescente Lobo lo deja a los tres meses "porque le resulta aburrido", apunta Somoza. Sin embargo, resulta clave sus visitas al museo Arqueológico, donde "las esculturas ibéricas le muestran el camino a la abstracción, a definir sus piezas con unas líneas".

Interior del museo de Baltasar Lobo en Zamora. ampliar foto
Interior del museo de Baltasar Lobo en Zamora.

Las imágenes de Lobo muestran a un hombre sencillo, vestido con camisa blanca y pantalón oscuro, muy moreno, que trabaja con un pañuelo en la cabeza. También se expone su cartilla de miliciano en un batallón anarquista en la Guerra Civil, un compromiso que se refleja en sus carteles de propaganda y en dibujos de revistas que denuncian la explotación que sufren los obreros. Las bombas de aquel conflicto mataron a su padre y destrozaron el estudio que tenía en Madrid con casi toda su producción, "excepto unas carpetas con dibujos". Lobo, como otros miles de españoles, cruza la frontera. "Un hombre que ni había visto el mar", cuenta Somoza, llega a París en 1939 con Mercedes Guillén, su culta y bella mujer. Allí, la pareja es acogida en el barrio de Montparnasse por varios artistas, sobre todo Picasso y los escultores Julio González y Henri Laurens. Este último será clave para que el zamorano se integre en la vanguardia artística de París.

Sus cualidades desde niño para la talla le llevan a aprender el oficio en Valladolid

Lobo soporta las penalidades del desarraigo con estoicismo y abnegación. "Con frecuencia compra un par de piezas en una frutería junto a su estudio y se las come mientras trabaja, sin salir en todo el día". Su esfuerzo comienza a tener recompensa. La exposición en la galería Vendôme, en 1945, junto a nombres como Matisse, Picasso, Leger… es un aldabonazo a su carrera. En 1951, una galería de Estocolmo le propone su primera exposición individual, a la que seguirán otras en Praga, Oslo, Bruselas, Caracas, Zúrich y una retrospectiva en Madrid en 1960; además de colectivas en Tokio, París, Berlín… En el estilo de Lobo predominan las maternidades en bronce, "una veta en la que ve la posibilidad de relacionar madre e hijo, el ser activo y el débil, que necesita protección", apunta Somoza. Las féminas sensuales y curvilíneas protagonizan su producción. Así lo demuestran Mujer ante el espejo (1940) y Pensativa de rodillas (1967). Calvo Serraller, catedrático de Arte, describe su obra como de "hermosa simplicidad que con el tiempo se hizo compositivamente más compleja". A la par, Lobo desarrolla su habilidad como ilustrador en ediciones de Platero y yo y en la Antología poética de su paisano León Felipe.

Con la vuelta de la democracia a España, Lobo pisó de nuevo su tierra pero se sentía extraño, más parisiense que zamorano. "Allí tenía su vida, Francia le había dado todo lo que aquí se le había negado", explica Somoza. En la capital gala, mientras está en la consulta del dentista, le sorprende la concesión del Nacional de Artes Plásticas en 1984. El jurado del galardón habla de "recuperación histórica" para un escultor del que destaca "la calidad plástica" de sus piezas y "su papel en el ámbito del arte europeo como proyección de la inmigración cultural española". Lobo trabaja hasta el último día de su vida. Es enterrado en el cementerio de los artistas, Montparnasse, y sobre su lápida, una de sus obras, El peregrino, simbólica para un exiliado como él.

El ayuntamiento prevé que el nuevo museo multiplique por diez sus visitantes

Ahora la obra de Lobo revivirá en el museo que se erigirá en el Ayuntamiento viejo de Zamora, un edificio renacentista en la histórica plaza Mayor, que rescatará obras almacenadas en el museo Provincial. El consistorio quiere que este emplazamiento sea un imán para turistas. "El actual museo recibe unas 7.000 visitas al año. Queremos que en unos años esa cifra se multiplique por diez", asegura el concejal de Turismo, Francisco Javier González, que cuantifica el coste del nuevo centro en unos 400.000 euros. "Cuando abra, la idea es intercambiar piezas con centros de otros escultores como Chillida o Julio González. Que la obra de Lobo esté en constante viaje". En definitiva que, como dice Calvo Serraller, se conozca en España "a un artista siniestra y contumazmente olvidado".

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