Clase con un tiburón de Hollywood

Harvey Weinstein, el productor más temido, dirigirá ahora su primera película

EL PAÍS

Vestido con americana negra, vaqueros y camisa blanca, sin corbata, caminando con parsimonia hacia el escenario, después de que el presentador le anunciara como “uno de los hombres de negocios más importantes de Hollywood”. De esta guisa entraba Harvey Weinstein (Nueva York, 1952) a un abarrotado auditorio de Zúrich para una de esas raras ocasiones en las que el productor más temido de la meca del cine se pone frente al público para hablar de sí mismo. “Las películas que más recuerdo de mi infancia son Hércules encadenado y Fiel amigo. Esta última sí que me afectó y recuerdo discutir con mi padre sobre la suerte que correría el perro. Lo realmente importante es que me lesioné cuando tenía 10 u 11 años y tuve que dejar de ir a la escuela porque me movía como Quasimodo en El jorobado de Notredame. Entonces el bibliotecario me introdujo en el mundo de los libros y empecé a leer todo lo que caía en mis manos, incluyendo a los clásicos rusos (aunque nunca entendí a Dostoievski, sigo sin entenderlo). Cuando volví a la escuela había leído todo lo que uno puede imaginarse. Podía haber escogido escribir libros pero en lugar de eso preferí llevarlos a la gran pantalla”, se arrancó Weinstein en el Festival Internacional de Cine de Zurich para explicar el porqué de su temprana pasión por el séptimo arte.

El co-fundador de la legendaria Miramax (junto a su hermano Bob) no se cortó a la hora de entrar al trapo: “Algunos me llaman Harvey manostijeras, pero eso son chorradas. Jamás me he peleado con un guionista, siempre ha sido con directores que yo creía que no respetaban la visión del escritor. Es muy fácil arruinar un buen guion con malas decisiones y eso no puedo permitirlo. Cuando le preguntas a alguien que haya colaborado conmigo cómo produzco una película te contará que dirijo ocho películas al mismo tiempo: paso mucho tiempo en los rodajes para comprobar que todo salga bien. Ese trabajo incluye asegurarme que la visión del escritor es protegida”. Pero Weinstein, cuyas películas suman más de 300 nominaciones a los Oscar (entre ellas Pulp fiction, El lector, Tigre y dragón, Sexo, mentiras y cintas de vídeo o las aún por estrenar Agosto, Mandela o Grace de Mónaco), y más de 70 estatuillas, sabe que lo de su fama es harto conocido y espera —con una sonrisa en los labios— las consecuencias de su mal karma: “Voy a dirigir mi primera película, Mila 18, y Martin Scorsese, quien quiere producirla, me ha asegurado que convertirá el filme, de tres horas, en un cortometraje de diez minutos[RISAS]. Hay cola para producir esa película. No podéis imaginaros lo larga que es”.

El neoyorquino, conocido por un estilo agresivo-agresivo a la hora de negociar los derechos de cualquier película o de promocionarla, ve en los Oscar de este año “la carrera más reñida que jamás he presenciado” y eso que él tiene un (claro) favorito: “La película más extraordinaria que he visto en 2013 es Prisoners, con Hugh Jackman y Jake Gyllenhaal”. Pero añade: “No debería decir esto porque es de Warner Brothers y esos tipos son muy aficionados a intentar jugármela aunque yo siempre acabe jugándosela a ellos[RISAS]”. Weinstein relata el episodio con The butler (El mayordomo), cuando Warner lo demandó por el uso del título obligándole a renombrar el filme Lee Daniel's The butler para no coincidir con una pieza anterior de los estudios de Burbank. “Gracias a la publicidad de la demanda conseguimos que un 40% más de espectadores fueran al cine”. El asunto así acabó entre carcajadas.

Weinstein no quiso irse sin hablar de su descubrimiento más célebre: Quentin Tarantino. “Él es un genio, cuando te da un guion inmediatamente ves la película. La gente dice que yo lo he hecho famoso pero en realidad es Quentin el que me ha hecho famoso a mí. Sin sus películas, o las de Steven Soderbergh, mi compañía nunca hubiera llegado a ser lo que es”. Había pasado más de una hora y el tipo más intimidante de la historia del Hollywood moderno tenía en el bolsillo a toda la audiencia que le aplaudió como a una estrella de rock: en eso, como en muchas otras cosas, Suiza queda muy lejos de Hollywood.

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